Perpetuando la memoria a cada instante, definiendo un destino a corto plazo, adueñándose del mundo paso a paso. Saltos pequeños impulsados por pequeñas piernas. Asemeja que tuvieses almohadillas en los pies; un correr aprisa que dibuja distancias cortas recorridas. No hay reloj. No hay horarios cuando el tiempo lo marcan tu risa y el juego, cuando cada segundo es una carcajada y cada minuto un descubrimiento. Saltas, corres, brincas en tu mundo imaginario. Sola, pero con miles de amigos. Cerca de allí, en un banco destino al mágico castillo, tu muñeca te sonríe. Lo hace siempre y mientras lo hace se cumplen todos tus sueños. Se aparece un arco iris invisible de globos de colores. Se ilumina el cielo. Los ruidos se apagan, de repente, en un acuerdo no escrito entre el cielo y el suelo para dar paso a la música, una música que oyen muy pocos. Tú la oyes, y le has puesto letra y la tarareas..., tu muñeca sólo sonríe. Como no puede saltar como tú, sonríe. Sonríe y vive en su cuerpo inanimado a través de ti. Tu actitud desafiante, valiente ante la incertidumbre de no saber qué pasará mañana porque no te importa, porque no lo piensas, porque lo que tenga que pasar será una sorpresa segura, porque todo el tiempo es tuyo. Alcanzarás cualquier meta no propuesta porque vives envuelta en la seguridad plena de que todo lo imposible no lo es. Mientras tu muñeca ría todo el aire es tuyo.
Se ha convertido en parte de mi rutina diaria. De un tiempo a esta parte casi todos los días nos cruzamos. Somos tres: la niña más bonita del mundo, su madre (tambien probablemente la madre más bonita del mundo) y yo. Cada día, si nada interfiere, coincidimos en la misma calle y a la misma hora. Ha convertido mi muy habitual desgana matutina de bostezos quejicas en un optimismo inexplicable. La niña no camina, baila. Sus pies, acompasando el ritmo de todo lo demás, convierten una acera gris en el camino de las baldosas amarillas. No habla con su madre, sólo la mira y sonríe. Y sonríe siempre. Y siempre que sonríe ilumina todo lo que se le acerca. Su madre se ilumina, su vida se ilumina y mi mirada también. Deseo cada día que esa niña se coma el mundo a sonrisas y que lo haga sin prisa, que no crezca demasiado pronto, para que no se marchite esa forma de vivir, para que esa niña esté siempre en mis mañanas de desgana y bostezos.
Sé que es fugaz la belleza de esta escena, como lo es su infancia, y sé que es fugaz porque sólo es posible esa felicidad completa, sincera, sin disfraces, con la posesión de la inocencia, de una muñeca preciosa y todo el tiempo del mundo. Ser niño debería ser una obligación, no un derecho. Y las muñecas deberían sonreír. Siempre.
Echo en falta cada día a esa niña que hubo y que aún quiere estar...
Echo en falta cada día a esa niña que hubo y que aún quiere estar...

