
Mis sueños son en blanco y negro. Os preguntaréis en qué me baso, dado que soñamos (sobre todo) mientras dormimos. Pues en que no recuerdo haber visto un color en ellos, y suelo recordar muchos de mis sueños diarios. No tengo ningún problema con esto. El problema es cuando sigo viendo, ya despierta, mi alrededor en blanco y negro. Es como si de pronto el resto de los colores no existiese. Eso me pasa pocas veces, sí, pero me pasa. Y normalmente ocurre cuando vivo situaciones incomprensibles para mí.
No dejo de preguntarme por qué es tan complicado a veces entender el lenguaje, la conducta, las prioridades y pensamientos humanos (me incluyo). Tal vez es que sea marciana. Que soy algo lunática lo he reconocido siempre, pero ¿marciana? Eso ha sido todo un descubrimiento.
Maldita Navidad. Es probable que estar ociosa, estado habitual en esta época, me esté pasando factura. Desde niña he sido así: cuando mi cuerpo baja el ritmo, mi cabeza y su hermano corazón, invariablemente, entran en una especie de frenética actividad. Resulta agotador, lo reconozco. Quizá es en estas circunstancias cuando debería comenzar una "huelga cerebral" de las que muchos otros hace ya tiempo tienen varios masters, y bien que les va. Pero no puedo. Llevo demasiados años de enfados contínuos con mi cabeza híperactiva y mi corazón hípersensible. Sé que no voy a cambiar, por tanto, ¿para qué engañarme? Es una guerra perdida. En contrapartida, también es justo reconocer que semejantes imperfecciones me han servido en muchas ocasiones para, al menos, tener claras algunas cosas que parece que el resto de la humanidad (inteligente y evolucionada) que me rodea no siempre tiene en cuenta. Concluyo que en parte es bueno esto de sentirme en blanco y negro. De los momentos bajos es de los que realmente he aprendido cosas, tanto de los demás como de mí misma. A veces es un alto precio pero nada es gratis en la vida. Puede ser ésta una conclusión absurda, propia de mi chifladura, que por cierto no tengo claro si es "de manual" o simplemente aún no tiene nombre científico. Pero os dejo aquí alguno de esos aprendizajes forzosos:
-Una sonrisa embellece el rostro. A mí, por supuesto, me gusta estar guapa, por lo que intento llorar lo menos posible pero como necesito hacerlo (por una fuga en el proceso de fabricación) intento que sea a solas y preferiblemente con la luz apagada, así no me veo llorar.
-Una buena conversación es como una buena comida: alimenta el alma, se digiere bien y nunca llega a saciar; las "charletas/sermones/conferencias" son, por el contrario, como una comida a deshora y excesiva: a mí me producen empacho cerebral. Mejor hablar lo justo y parar de cuando en cuando para que nuestro interlocutor no sienta la necesidad de una "siesta" en nuestra presencia.
-Cada día tengo más claro que cuando te acercas mucho a algo dejas de verlo y si te hablan muy alto dejas de entender, por tanto: es muy recomendable ver las cosas con la suficiente perspectiva y hablar en frecuencias bajas.
-Hay algo que hago constantemente: dudar. No me gusta, pero creo que a veces son más peligrosas las certezas... ¿ o no? No lo sé, es una DUDA que tengo.
-Las personas son como son y lo son estén con quién estén. Se pueden adaptar, amoldar, disimular, pero al final se les ve el plumero. Prefiero aceptar eso que convivir eternamente rodeada de (malos) actores.
-Para muchas personas la palabra "escuchar" resulta ser una perfecta desconocida. Es casi seguro que alguien les intentó explicar el significado mientras ellos estaban demasiado ocupados "hablando".
-Es tan importante saber valorar un triunfo como saber enfrentarse a una derrota. Normalmente no sabemos hacerlo porque nos pasamos mucho tiempo aprendiendo a afrontar lo segundo.
-No me da miedo equivocarme. Me asusta, sin embargo, no darme cuenta de que lo estoy haciendo.
-Cuanta más gente conozco, menos conozco a las personas.
Para el que me lea habitualmente sobra decir que podría extenderme hasta el infinito, pero ¡qué demonios! es Navidad, no quiero ser cruel. Así pues, os cedo la palabra. ¿Vosotros también tenéis aprendizajes forzosos que queráis compartir? Ojalá la respuesta sea un sí. Me ahorraría el (seguro carísimo) psicoanalista.
No dejo de preguntarme por qué es tan complicado a veces entender el lenguaje, la conducta, las prioridades y pensamientos humanos (me incluyo). Tal vez es que sea marciana. Que soy algo lunática lo he reconocido siempre, pero ¿marciana? Eso ha sido todo un descubrimiento.
Maldita Navidad. Es probable que estar ociosa, estado habitual en esta época, me esté pasando factura. Desde niña he sido así: cuando mi cuerpo baja el ritmo, mi cabeza y su hermano corazón, invariablemente, entran en una especie de frenética actividad. Resulta agotador, lo reconozco. Quizá es en estas circunstancias cuando debería comenzar una "huelga cerebral" de las que muchos otros hace ya tiempo tienen varios masters, y bien que les va. Pero no puedo. Llevo demasiados años de enfados contínuos con mi cabeza híperactiva y mi corazón hípersensible. Sé que no voy a cambiar, por tanto, ¿para qué engañarme? Es una guerra perdida. En contrapartida, también es justo reconocer que semejantes imperfecciones me han servido en muchas ocasiones para, al menos, tener claras algunas cosas que parece que el resto de la humanidad (inteligente y evolucionada) que me rodea no siempre tiene en cuenta. Concluyo que en parte es bueno esto de sentirme en blanco y negro. De los momentos bajos es de los que realmente he aprendido cosas, tanto de los demás como de mí misma. A veces es un alto precio pero nada es gratis en la vida. Puede ser ésta una conclusión absurda, propia de mi chifladura, que por cierto no tengo claro si es "de manual" o simplemente aún no tiene nombre científico. Pero os dejo aquí alguno de esos aprendizajes forzosos:
-Una sonrisa embellece el rostro. A mí, por supuesto, me gusta estar guapa, por lo que intento llorar lo menos posible pero como necesito hacerlo (por una fuga en el proceso de fabricación) intento que sea a solas y preferiblemente con la luz apagada, así no me veo llorar.
-Una buena conversación es como una buena comida: alimenta el alma, se digiere bien y nunca llega a saciar; las "charletas/sermones/conferencias" son, por el contrario, como una comida a deshora y excesiva: a mí me producen empacho cerebral. Mejor hablar lo justo y parar de cuando en cuando para que nuestro interlocutor no sienta la necesidad de una "siesta" en nuestra presencia.
-Cada día tengo más claro que cuando te acercas mucho a algo dejas de verlo y si te hablan muy alto dejas de entender, por tanto: es muy recomendable ver las cosas con la suficiente perspectiva y hablar en frecuencias bajas.
-Hay algo que hago constantemente: dudar. No me gusta, pero creo que a veces son más peligrosas las certezas... ¿ o no? No lo sé, es una DUDA que tengo.
-Las personas son como son y lo son estén con quién estén. Se pueden adaptar, amoldar, disimular, pero al final se les ve el plumero. Prefiero aceptar eso que convivir eternamente rodeada de (malos) actores.
-Para muchas personas la palabra "escuchar" resulta ser una perfecta desconocida. Es casi seguro que alguien les intentó explicar el significado mientras ellos estaban demasiado ocupados "hablando".
-Es tan importante saber valorar un triunfo como saber enfrentarse a una derrota. Normalmente no sabemos hacerlo porque nos pasamos mucho tiempo aprendiendo a afrontar lo segundo.
-No me da miedo equivocarme. Me asusta, sin embargo, no darme cuenta de que lo estoy haciendo.
-Cuanta más gente conozco, menos conozco a las personas.
Para el que me lea habitualmente sobra decir que podría extenderme hasta el infinito, pero ¡qué demonios! es Navidad, no quiero ser cruel. Así pues, os cedo la palabra. ¿Vosotros también tenéis aprendizajes forzosos que queráis compartir? Ojalá la respuesta sea un sí. Me ahorraría el (seguro carísimo) psicoanalista.
