23/5/09

El libro de la memoria


Una lengua de madera rodea todo lo que puedo ver a mi alrededor. Suelo, techos y paredes se confunden entre sí en una combinación perfecta de texturas y colores. Un ejército alineado de butacas, del color de la regaliz, salpican el espacio que me separa de la magia, formando entre sí varios semicírculos concéntricos...

Se apagan las luces poco a poco, como si cientos de luciérnagas traviesas jugaran al escondite. Mientras, respetuosamente, formando parte del guión, el público guarda silencio y los últimos murmullos ahogados parecen irse apagando a la vez que las luciérnagas se esconden. Los rezagados siguen entrando, intentando no hacer ruido y pasar desapercibidos. No lo consiguen. Cuando hay silencio el simple roce de un pie sobre la alfombra resulta molesto. La presencia de una orquesta invisible se adivina por los acordes discordantes de algo que no es música aunque suenen notas. Corcheas, semicorcheas y pentagramas parecen saludarnos sin el ritmo adecuado. Por fin se abre el telón, la orquesta despierta y comienza la función.

Me gusta sentir lo que siento cada vez que voy al teatro. Es como si creyera que parte de mi vida se fuera a representar allí. En cierto modo así es. Casi siempre hay algo que identifico conmigo. Una frase, una reflexión, un silencio. La vida es el teatro por excelencia, teatro puro, que no es lo mismo que decir que es puro teatro. Así de revoltosos son los adjetivos según dónde se nos presenten en una frase. La vida es una secuencia de escenas encadenadas que conforman una obra más o menos extensa. El género: indefinido. Hoy toca comedia, mañana drama, incluso un musical, ¿por qué no? De todo un poco. Es lo más probable. Nos vestimos cada mañana queriendo ser actores principales. A veces seremos simples secundarios. Otras meros espectadores. Delante del público, o detrás de las cortinas cada uno de nosotros forma parte del espectáculo.

En esta historia sin título que es nuestra vida tal vez nos hagan llorar por exigencias del guión, y nos duela, y nos abrumen los problemas; tal vez los sueños, como decía Calderón, se vayan quedando sólo en eso, en sueños. Los días a menudo serán cortos, algunas noches eternas; puede que el dolor nos persiga, o lo que es peor, nos alcance; que las alegrías sean esquivas, y el pasado más doloroso esté presente, mientras el futuro te observa, pusilánime, desconfiado y huidizo, aburrido de no llegar nunca porque no le dejas un hueco ni le marcas caminos en un mapa que te empeñas en no abrir. Puede que el tiempo pase mientras no pasa nada más que el tiempo. Que los deseos se diluyan y las sombras de la noche atraigan todos los miedos, y nos lleven impasibles al borde del vacío en días alternos. Aún así la obra continuará. Contigo o sin ti. Se abrirá el telón para continuar esa obra sin argumentos que cada día se representa ante tus ojos.

Tengo que dar las gracias por estar, y por poder estar, y sobre todo porque cada día pueda formar parte de ese maravilloso espectáculo. Doy las gracias porque en la concha del apuntador no hay nadie y soy libre de elegir qué frase va a continuación, sea o no sea la adecuada, y también podré elegir la banda sonora, y qué nota tocará la orquesta en cada momento. Aunque desafine la orquesta sé que tocará para mí. Puede que necesite muchos ensayos, que no estrene la obra mientras no esté segura de que el desenlace será el deseado, o que me arriesgue e improvise. Haz lo mismo que yo. Si te decides, si te atreves, y cierras los ojos y en lugar de esperar a escribir guiones maravillosos te conformas con guiones admisibles es que has decidido vivir. Pues vive todo lo que puedas, pero haz intermedios. Todos necesitamos descansar. Pensar. Callar. Es en ese paréntesis donde los silencios dicen más que todas las escenas escritas.

Quizá incluso tengas éxito y oirás aplausos. Mira a tu alrededor y escucha atento porque, si te concentras lo suficiente, los escucharás y son todos para ti. Pero sé humilde. No somos dueños del pasado ni del presente ni del futuro, sólo somos sus testigos. No quieras estar bajo la luz de los focos todo el tiempo. Estar en la penumbra puede ser muy apetecible. Cuando algo te deslumbra no ves lo que hay frente a ti, y todo lo que pase te lo perderás. Si la historia no te gusta, no tengas miedo de cambiar de guión ni tachar lo que esté mal escrito. Busca en todas partes, en cualquier lugar, y acepta todos los decorados, incluso aunque no sean los más vistosos. Los arcos iris más bellos necesitan de las nubes. Si te quedas sin argumentos de repente, no te preocupes. Acude al libro de la memoria. Muchas veces los mejores textos están escritos ya ahí.

Para algunos el telón no se abrirá nunca, se pasarán toda la obra entre bambalinas, bien queriendo hacerlo, bien porque no han tenido la posibilidad de elegir. Si te toca ese papel no lo rechaces, porque en este teatro sí que es cierto que lo importante es participar. Intenta mejorar, ensaya, destaca entre los demás para que quien dirige todo esto se fije en ti, pero no envidies a aquellos que siempre salen en los carteles. Como decía Bonaparte, un admirado personaje para mí, 'La envidia es una declaración de inferioridad'. No te sientas inferior. Nunca.

Ayer he ido al teatro. Como siempre que lo hago recuerdo que hace mucho tiempo, como tantas otras niñas, también quería ser artista. Me he quedado en espectadora y no lo soy, pero ¿importa mucho? creo que no. En cierto modo, a medida que el tiempo pasa y me separa de mis sueños de infancia he llegado a pensar que algo de artista tenemos todos, porque el simple hecho de vivir ya es todo un arte.

Cuando eras un niño y creías que todo es posible ¿qué querías ser de mayor?

5/5/09

Érase una vez...

Érase una vez una tarde luminosa. Caminaba despacio, como se camina cuando no tienes prisa por llegar y te mueves lenta, tan lenta que tus pies parecen acariciar el suelo en lugar de tocarlo. Eran casi las cuatro. 'Me queda más de una hora' - pensé -. Con tantos minutos excedentes decidí que lo mejor era hacer tiempo. ¡Qué paradoja! El lenguaje es tozudo a veces y nosotros unos engreídos. Me sobraba una hora y me puse a hacer tiempo. Los humanos y sus maravillosos poderes. Como si el tiempo se pudiese hacer. Todo el mundo sabe que es él quién te hace a ti, a base de días vividos e instantes malgastados. Sin pensarlo apenas mi cuerpo decidió que se iba a pasear conmigo. Me dejé llevar, sin resistencia ni destino concreto, y acabé alejándome del barullo del centro de la ciudad.

Hay un paseo fluvial muy apetecible donde yo vivo. Podía caminar un rato por allí e ir andando a la cita de las cinco. Me pareció una buena idea. Llegué enseguida y me puse a observarlo todo. El río discurría manso, calmo, como dormido. Normal. Se despertaba de la siesta.

Mi río no es navegable, pero tampoco inútil. A escasos metros de mí estaba siendo recorrido por una pareja de elegantes y presumidos cisnes que parecían caminar sobre sus aguas de un color indefinido, difuso y molesto. Enfrente encontré el motivo: el sol brillaba sobre él, imponente y lejano, hasta convertirlo en una inmensa y curvada bandeja de plata. Decidí alzar la vista. Sobre ese sendero de agua el cielo era de un color azul blanquecino. No. Quizá era blanco desteñido en azul. Las nubes parecían estelas de aviones invisibles. No. Quizá las estelas de aviones parecían nubes. No es relevante. Lo cierto es que, fuese como fuese el techo sobre aquel camino acuoso, era el paraguas de una tarde perfecta. La luna se mostraba esponjosa. Tenía un mordisco. 'Probablemente ha sido el sol, por haberte asomado demasiado pronto'. Me reí de mis propios pensamientos, como tantas veces, y seguí mi paseo involuntario.

De repente oí tu nombre. Me giré. Te busqué con la mirada, pero no te vi, ni vi a quien pudiera nombrarte. Aparentemente allí no había nadie más que yo. Me asusté y descubrí que, como un latigazo, me escocía el corazón. Así debe de ser cómo escuecen las llagas de la añoranza. Menos mal que mis inseparables gafas oscuras escondieron unos ojos empañados en nostalgia y empeñados en derretirse sin mi permiso. Los ojos derretidos no funcionan, así que los míos dejaron de hacerlo. No veía nada en el exterior. No había río, ni sol, ni luna, ni cisnes elegantes. No había un techo azul, ni blanco, ni nubes. Ya sólo veía, como en un barrido de imágenes imperfectas, escenas efímeras, momentos, lugares y tu cara en todas ellas. Sin saber muy bien cómo conseguí que se paralizasen. Y ahí estaban: unas zapatillas de baile azules, tus mejores zapatillas. Y pude verte girar como una peonza, insegura, buscando el equilibrio (sin conseguirlo) de un cuerpo demasiado desgarbado y flaco, pero con una mirada triunfal por ser la dueña de aquellas bonitas zapatillas. Las mías eran rosas. Tú siempre te reías por eso. Sí. Mi madre siempre fue más cursi que la tuya.

Durante un rato me acompañaste. Tú estabas allí junto al río, bailando a trompicones. Oía tu voz: "Nunca podré hacerlo bien" - insistías cada tarde, derrotada. No fue así. Bailabas mejor que yo. Me imaginaba a tu lado, como tantas otras veces, camino de nuestra clase de ballet. Yo iba sola desde mi casa a la tuya, a unos pocos metros. Me esperabas siempre en la acera, sentada en aquel murete de una obra eternamente inacabada. Luego poníamos rumbo a la academia. Así durante muchos años. Muchos. Un día cambiamos la academia por la discoteca, pero seguimos bailando juntas. Lo hemos hecho desde muy niñas y hasta hace muy poco.

Seguí caminando sin darme ni cuenta, pero dejé de verte bailar cuando oí mi nombre. A la vez, desapareció tu imagen y volaron tus zapatillas azules. Eran ya las cinco y casi había llegado a mi cita. Mi amiga me encontró cerca de la terraza en la que habíamos quedado. "¿Has venido caminando?" - me preguntó - Le mentí. Le dije que sí. Para qué explicarle que no, que en realidad había llegado bailando, acariciando las calles, casi de puntillas, y contigo a mi lado.

En ese momento caí en la cuenta de que, aunque me sobre una hora, y aunque me ponga a hacer tiempo, no puedo conseguir lo que me gustaría, que es regalártelo a ti y así poder verte girar sobre aquellas zapatillas azules, riéndote de mis cursis zapatillas rosas de niña pija. No pude evitar enfadarme un poco al pensar en lo injusta que es a veces la vida. Debería estar prohibido irse así, sin un último baile ni un tiempo de despedida. Debería ser un derecho despedirse y una obligación acudir al abrazo de quien se va. ¡Quién sabe! Tal vez también por eso para mi serás siempre inolvidable.

PD: Dedicado a Cris, mi compañera de baile (y de pies doloridos) durante tantos años quien, a pesar de que siempre llegaba tarde, se ha ido demasiado pronto.