Vista desde el Museo d'Orsay hacia Montmartre.
Te esperé demasiado. No me importó que el reloj marcara un tiempo vacío tras su tic tac sin estéreo. Te esperé mientras el sol, ya ausente, desdibujaba contornos y la luna pintaba de azul el manto que viste la tierra, estampado en sombras diluidas del verde. Te esperé. Por momentos, algún rayo impertinente me negaba la posibilidad de ver. Aún cegada por la luz seguí esperando. Pero no te vi, como no vi la noche que presurosa me rodeaba. Me sentí de pronto sola y tuve miedo pero, a pesar del miedo, te seguí esperando. El ruido lejano de la vida se convirtió en silencio, ese compañero que se torna indeseable cuando acompaña a la muerte de la esperanza. Se convirtió mi espera en desconcierto. Penumbra sentimental. En medio de la nada mi alma se derrumbó, agonizante de sueños. No tendría que esperarte ni haber dejado que el tiempo marchitara mis ganas de tenerte. Pero seguí aquí y me cobijé entre abrazos que hacía ya tiempo que no me abrazaban. No te voy a mentir. De tanto esperarte, si un día por fin llegas, yo me habré alejando de ti para siempre.
A veces nos empeñamos en creernos el refranero. "Todos los caminos conducen a Roma" y "Quién bien te quiere te hará llorar". No es así. A Roma sólo llegas si tienes tiempo (y dinero) y desde luego de camino al supermercado de mi calle NO ESTÁ. En cuanto a quereres y llorares, sin comentarios. La frase se explica por sí sola. Si alguien te quiere ha de quererte "bien", de lo contrario mejor no mentar el verbo. Majaderías diversas de la cultura popular enfocada al "No se consuela el que no quiere".
No es suficiente con tener paciencia para no perderla, ni tener esperanza para no desesperarse. No es suficiente con concentrarse mucho en hacer algo para que salga bien, ni desear algo con todas tus fuerzas para que suceda. Algunos problemas pueden arreglarse, otros no. Es entonces cuando debe entrar en funcionamiento la aceptación de la derrota y evitar dramas muchas veces innecesarios. El desasosiego de no llegar a un objetivo no debe condicionar toda nuestra vida. Si conseguimos 'equilibrar el desequilibrio' que nos generan las promesas incumplidas será más fácil vivir. Si volcamos nuestras fuerzas en ser felices nadie nos garantizará que podamos conseguirlo, pero yacer rodeados de mentiras, tristezas y autocompasión sólo nos convertirá en unos necios, y nos condena a la cárcel de los resentidos. A ésos nadie les ha garantizado el paraíso y sí una inexorable pérdida del tiempo, y el tiempo tiene la maldita manía de no volver.
No usamos bien el tiempo, más bien lo desgastamos. El tiempo que vivimos se divide entre el que dedicamos a Lo Importante y el que se nos va en resolver Lo Urgente. Lamentablemente pocas veces coinciden ambos adjetivos en las mismas cosas. Yo me he dado cuenta ya y ahora mi tiempo lo computo de otra manera. Y tú, ¿cuánto tiempo has vivido tú?
No usamos bien el tiempo, más bien lo desgastamos. El tiempo que vivimos se divide entre el que dedicamos a Lo Importante y el que se nos va en resolver Lo Urgente. Lamentablemente pocas veces coinciden ambos adjetivos en las mismas cosas. Yo me he dado cuenta ya y ahora mi tiempo lo computo de otra manera. Y tú, ¿cuánto tiempo has vivido tú?


