26/3/10

El uso del tiempo


Vista desde el Museo d'Orsay hacia Montmartre.

Te esperé demasiado. No me importó que el reloj  marcara un tiempo vacío tras su tic tac sin estéreo. Te esperé mientras el sol, ya ausente, desdibujaba contornos y la luna pintaba de azul el manto que viste la tierra, estampado en sombras diluidas del verde. Te esperé. Por momentos, algún rayo impertinente me negaba la posibilidad de ver. Aún cegada por la luz seguí esperando. Pero no te vi, como no vi la noche que presurosa me rodeaba. Me sentí de pronto sola y tuve miedo pero, a pesar del miedo, te seguí esperando. El ruido lejano de la vida se convirtió en silencio, ese compañero que se torna indeseable cuando acompaña a la muerte de la esperanza. Se convirtió mi espera en desconcierto. Penumbra sentimental. En medio de la nada mi alma se derrumbó, agonizante de sueños. No tendría que esperarte ni haber dejado que el tiempo marchitara mis ganas de tenerte. Pero seguí aquí y me cobijé entre abrazos que hacía ya tiempo que no me abrazaban. No te voy a mentir. De tanto esperarte, si un día por fin llegas, yo me habré alejando de ti para siempre.

A veces nos empeñamos en creernos el refranero. "Todos los caminos conducen a Roma" y "Quién bien te quiere te hará llorar". No es así. A Roma sólo llegas si tienes tiempo (y dinero) y desde luego de camino al supermercado de mi calle NO ESTÁ. En cuanto a quereres y llorares, sin comentarios. La frase se explica por sí sola. Si alguien te quiere ha de quererte "bien", de lo contrario mejor no mentar el verbo. Majaderías diversas de la cultura popular enfocada al "No se consuela el que no quiere". 

 No es suficiente con tener paciencia para no perderla, ni tener esperanza para no desesperarse. No es suficiente con concentrarse mucho en hacer algo para que salga bien, ni desear algo con todas tus fuerzas para que suceda. Algunos problemas pueden arreglarse, otros no. Es entonces cuando debe entrar en funcionamiento la aceptación de la derrota y evitar dramas muchas veces innecesarios. El desasosiego de no llegar a un objetivo no debe condicionar toda nuestra vida. Si conseguimos 'equilibrar el desequilibrio' que nos generan las promesas incumplidas será más fácil vivir. Si volcamos nuestras fuerzas en ser felices nadie nos garantizará que podamos conseguirlo, pero yacer rodeados de mentiras, tristezas y autocompasión sólo nos convertirá en unos necios, y nos condena a la cárcel de los resentidos. A ésos nadie les ha garantizado el paraíso y sí una inexorable pérdida del tiempo, y el tiempo tiene la maldita manía de no volver.

No usamos bien el tiempo, más bien lo desgastamos. El tiempo que vivimos se divide entre el que dedicamos a Lo Importante y el que se nos va en resolver Lo Urgente. Lamentablemente pocas veces coinciden  ambos adjetivos en las mismas cosas. Yo me he dado cuenta ya y ahora mi tiempo lo computo de otra manera. Y tú, ¿cuánto tiempo has vivido tú?



16/3/10

La ciudad del caracol


Si hay un lugar donde más que en ningún otro sitio he aprendido a admirar la belleza ése es París. Adoro esta “villa”. Adoro sus colores, sus luces y las sombras que las perfilan. Una ciudad cuyo callejero tiene forma de caracol no puedo dejarte indiferente. Sus trazos son de una estética geométricamente demoledora y a la vez difícil de transitar si quieres recorrerla en superficie. No importa. La consecuencia es que te obliga a meterte en sus entrañas para visitarla, y hasta sus entrañas son bonitas. Los días grises son habituales aquí pero ni siquiera su manto de tristeza empaña la sensación irremediable de estar bajo la bruma de un sueño. Si un sol cabezota se impone sobre la piedra, omnipresente, y lo consigue muchas veces, es como si se maquillase la ciudad y, mires a donde mires, se torna en una postal de tonos sepia y me mimetizo con ella, y me paso horas paseando sus bulevares plagados de cafés que tienen ese regusto a historia y tertulias vespertinas interminables. Puedo sentirla respirar mientras respiro y cómo me observa mientras la observo; oler los puestos de flores y oír la música que a duras penas sobrevive entre el barullo de sus mercadillos; posar la vista en su geometría perfecta de avenidas en radial me hace desear ser pájaro para poder volar su cielo..., pero no lo soy, y mi papel de peatón me limita en mis trayectos y me lleva a ser una visitante subterránea hasta, poco a poco, asomarme al exterior. Cuando por fin acaba mi recorrido por las arterias del coloso se me aparece la Ópera Garnier, dorado monstruo de rostro perfecto. Cierro los ojos para grabar esa imagen por si pudiera desaparecer tanta belleza. Todos deberíamos tener la posibilidad al menos una vez en la vida de pasear estas calles, sin más mapas que la intuición, sin destinos concretos, dejándonos llevar, al compás del único faro del mundo que no avisa a los barcos sino a los aviones y a los caminantes. La Ciudad de la Luz la llaman. Entre otras mil luces que parpadean incesantes el coloso de hierro justifica dicho nombre,  majestuosa torre que bien pudiera ser el guardián de la ciudad mientras duermen sus gentes y guía de los errantes que no consiguen dormir. Estés donde estés siempre te guiña el ojo y gracias a ella sabes que no estás perdida, a pesar de que puedas sentirte así.

Me gusta todo de París, pero si tuviera que elegir un lugar para un café es su corazón: Montmartre, uno de mis rincones preferidos. Es tan difícil ascender esa escalera hacia el cielo que podría afirmar que Sacré Coeur es sólo una alucinación. Miro hacia las ventanas de las casas que rodean La Place de Tertre y tras cada ventana me imagino el estudio de un pintor bohemio y loco, y no necesariamente en ese orden. Todo es un ir y venir de pintores y turistas posando en espera de una obra maestra. No saben que la obra maestra está allí, a su alrededor. De regreso busco la casa de Van Gogh. Aparece como de incógnito en una pequeña cuesta, humilde como fue la vida del delirante pintor de pelo de fuego, y me lo imagino con sus 37 años de vida sin vida, tal vez ocasionalmente visitando alguno de los molinos y sus picantes camareras. Molinos: ¿que pensaría D. Quijote de éstos si pudiera verlos?

Resulta caro vivir aquí pero en contrapartida es gratis admirar su belleza, que te atropella constantemente y encuentras por todas partes. Es desconcertante cómo sorprende cada vez. Podría ser que mi sentimiento hacia esta ciudad tenga un matiz subjetivo, pues mucho antes de conocerla ya me fascinaba. Su historia, sus pintores, su música, me hacían pensar en una ciudad elegante, moderna, exquisita, viva, pero sobre todo en una ciudad donde el arte te da abrazos cariñosos aunque no quieras. Puede que tenga una opinión subjetiva porque siempre formó parte de la lista “Sueños a cumplir durante mi vida” sumergirme en sus avenidas y disfrutar de una ópera en la ciudad. Puede que sea subjetivo porque a mí me entusiasman los museos y la arquitectura, y la concentración de estilos arquitectónicos que tiene esta ciudad es apabullante…, pero no lo es. No lo es porque desde la distancia que da el paso del tiempo a mí me siguen llegando en perfecta sintonía recuerdos de mis paseos allí, de mis atardeceres junto al río y de las visitas al oasis de la cultura que son el Louvre o el D'orsay, y no lo es porque asoma, invariablemente, la sensación de sentirme como en una película, y yo me convierto en Amelié Poulain, y mis notas en mi Moleskine de bolsillo se convierten en sus fotos rotas, y quiero ver esa película una y otra vez.

Volveré y cuando lo haga será probable que me acompañe una lluvia menuda que me recuerde a mi tierra y me haga sentir como en casa (aunque con más frío). Entonces es casi seguro que me pierda de nuevo por los alrededores del barrio latino. Pasearé por las orillas de una universidad poderosa; iré a la Place Saint Michel y comeré en uno de esos restaurantes en el cual, por fin, alguien hablará mi idioma; si me queda tiempo cruzaré el puente hacia Notre Dame y volveré a intentar averiguar por qué siempre tengo la sensación de que está torcida la fachada; de camino a los Campos Elíseos me preguntaré también cuántos de los candados del Pont des Arts ya no tienen ningún significado para algunos corazones.

Cuando, al final, con los pies palpitantes de la caminata abandone la calle, sonará en el hilo musical "Les feuilles mortes" y entonces todo tendrá sentido. Tanto arte en tan poco espacio ¿debería estar prohibido? Tajantemente: no.

5/3/10

La fragilidad



Tal vez algún día no me gusten mis comidas favoritas, ni me tome la medicación que me ha prescrito el médico y que, según sus palabras, hará mucho bien a mi ya debilitada salud; tal vez algún día tarde demasiado en llegar a casa porque no estoy del todo segura de si se llega antes desde la circunvalación o yendo hacia la rotonda; tal vez algún día esos rostros que al llegar me observen, enternecidos por una lágrima inminente, no me produzcan ningún tipo de sentimiento que no sea la propia sorpresa de que un desconocido sienta tanto cariño por mí y tenga la incómoda manía de llevarme de la mano a todas partes; tal vez llegue un día en el que me lavaré los dientes tres veces antes de irme a dormir y me acostaré demasiado tarde porque antes debo comprobar otras cinco que la ventana de mi habitación está convenientemente cerrada y alejada del molesto ruído de afuera;  tal vez algún día leeré el mismo libro durante un año entero porque no consiga pasar de la página 10 sin tener que retomar el principio de la historia, o estrene ropa que aparece cada día en mi armario sin que yo tenga en la mente haber ido a comprarla; tal vez algún día el color rojo no tenga nombre y el sonido del teléfono me desconcierte porque me resulte desconocido. ¿¡Quién lo sabe!? Pero si eso pasa, si algún día no soy sino el reflejo de una vida sin recuerdos y mi único tiempo verbal sea el presente, ojalá entonces alguien se dé cuenta de que, aunque yo ya no lo tenga entre mis recuerdos, los suyos dibujan fotogramas en los que yo aparezco cada minuto durante mucho tiempo. 

¡Qué mal utilizamos la memoria! ¡Qué poco valoramos los recuerdos importantes! somos asesinos de lo hermoso y ensalzamos los rencores, las "encomiendas" (innecesarias) que no se pueden demorar, los asuntos urgentes y las tonterías diversas. No tenemos ni un minuto para el cariño, pero no nos importa gastar años enteros en recordar algo que nos hizo daño. Os invito a reflexionar y establecer vuestra lista de recuerdos y, si os sobran unos pocos minutos, ver este video. Tal vez algún día alguien os la agradecerá..., o no.