13/12/10

Al cobijo de lo invisible vuelan las cometas...

Odiaba las cometas. De pequeña tuvo varias, todas muy bonitas, y cada cual mejor que la anterior, pero no quería jugar con ellas. No le obedecían, no era dueña de su vuelo, se desesperaba viéndolas caer en picado una y otra vez, o enredándose con las de otros niños, o simplemente no despegando. No le gustaba el ruido que producían allá arriba, como haciendo palmas con las alas, sumisas ante el embiste de cada ráfaga de aire, obedientes a cada empujón inesperado que las tumbaba de nuevo. Malditas cometas que aún siendo maltratadas por el viento lo celebraban danzando enloquecidas. Un día de cielo perfecto, azul y sin pizca de viento lo entendió todo. Entendió que las comentas necesitaban del viento para volar, que les daba vida el mismo monstruo invisible que las llevaba al suelo sin piedad. Le empezaron a gustar sus escapadas, sus quiebros, los bailes desincronizados y su sumisión al Dios Eolo. Entendió su libertad dependiente de los soplos del cielo, sus ansias de ser acunadas para poder seguir volando. Las cometas le enseñaron que no es necesario estar solo para ser libre, y que a veces la propia soledad lo impide, que necesitamos que el viento nos ayude a volar, el mismo viento que nos obliga a mantener los pies en el suelo a golpe de trompicones cariñosos.

Ni somos libres, ni nacemos libres ni hemos sido educados para serlo. Nos encanta autoengañarnos  y en nuestros sueños nos imaginamos así, tomando decisiones a diestro y siniestro, sin condicionantes externos que no podamos controlar, siendo dueños de nuestro futuro, queriendo creer que lo fuimos de nuestro pasado. No lo seremos y no lo fuimos. Estamos sometidos a casi todo y desde casi siempre, empezando por nuestra propia necesidad de dependencia. Somos individuos sociales y socializados y eso es parte incuestionable de nuestro desarrollo emocional y vital. Pero la relatividad de las cosas hace que tengamos que reconocernos unos privilegiados. No somos libres pero algunos de nosotros al menos tenemos la posibilidad de decidir qué tipo de dependencia queremos tener, una dependencia que personalmente no estoy dispuesta a asumir es a ser feliz "por calendario"...

Llega la Navidad. Muchos de vosotros ya sabéis de mi escaso apego a esta época del año que trae siempre demasiadas nostalgias y ausencias. Para compensarlo también se acompaña de miles de sonrisas infantiles, de miradas ilusionadas que alumbran cada rincón de cada ciudad, de cada pueblo, de cada casa, y que brillan mucho más que las miles de luces de las calles, calles decoradas al antojo de unos pocos, neones que desbordan nuestros paseos convertidos durante un tiempo en caminos  inventados de baldosas amarillas y colores irreales. Esas sonrisas son la parte amable de la parodia descabellada que es para mí la Navidad. Enfrente está la otra cara, la cara oculta, la cara que queremos esconder tras tantas luces tintineantes. No puedo haber luces sin sombras y aún sabiendo que lo que veo también es real no puedo alejar de mi mente otra realidad confusa, oscura, gris, que no brilla, que no sonríe cuando la miras a la cara y que está ahí, a muchos kms o al lado de mi casa. Está en Haití, que se muere a golpe de miserias, o en Julio, el indigente de mi calle que siempre que paseo al perro le regala una caricia nacida de sus manos arrugadas y temblorosas. Está también en las Favelas del lejano Brasil o tras la pareja que cada mañana veo salir del albergue de Cáritas. Está en los cascos azules de Afganistán o en el día a día de esa monja que me encuentro tantas noches tras dar las cenas a los yonkis más 'afortunados" de mi ciudad. Está en las decenas de polacos muertos de frío o en la mujer que llora sentada en un banco frente al hospital porque su hijo está peor cada día y esperar a saber cuándo se morirá es más angustioso que saber que va a hacerlo.

Hay sombras por todas partes que viven al abrigo de un telón infranqueable de dolor. Me impiden mirar hacia las luces porque a menudo lo recubren todo, pero si lo hago, si me doy la vuelta y me pongo de espaldas me ahoga una sensación de hipocresía y mediocridad, de injusticia y de rabia al son de los villancicos y su eterno fun fun fun.... Cierro los ojos y me imagino que no hay luces, así todas las sombras desaparecen con ellas. De esa manera soporto mejor la idea de que cuando los abra de nuevo ni estarán todos los que yo quisiera abrazar, ni llegarán a cumplirse todos los deseos que deseemos, ni habrá paz ni buena voluntad en todo el mundo y que seguirá habiendo miles de niños que no pueden jugar. No he dicho tener juguetes, he dicho jugar.

No me gusta este post porque refleja lo que tanto odio de mí que es el descontento que me produce no entender lo que me rodea ni pensar que pueda llegar a entenderlo jamás. No me gusta este post porque me confirma algo que me temo me acompañará siempre y es que no se puede ser libre en soledad y hay mucha gente sola. No me gusta este post, pero tenía que escribirlo porque es necesario desprenderse de aquello que nos marchita el ánimo y hacerlo escribiendo es un modo tan sano como cualquier otro...

A pesar de todo os deseo que estos días sean especiales, y los que vengan luego... también.. y que los niños puedan seguir elevando cometas siempre que quieran...

PD: A vosotros, os guste más o menos la Navidad, ¿hay algo que os marchite el ánimo?

18/11/10

Monólogos lunáticos

El mundo que habitamos está lleno de millones de seres imperfectos. La teoría de los conjuntos hace que el resultado de sumar elementos imperfectos sea ni más ni menos que la perfecta imperfección. Es lo que hay. Mi imperfección congénita está asumida, como el color de mis ojos o el tono de mi voz. Es un problema de "fabricación". Viene de serie. Soy imperfecta pero a pesar de eso (o por esa razón) no me deprime saberlo. No me hace feliz, pero tampoco me quita el sueño. Aún así, en según qué momentos, algunas circunstancias me hacen pensar si en lugar de imperfecta no soy simplemente infantil, inmadura, ingenua... . Recientemente alguien me ha hecho una de las preguntas más increíbles que he oído en toda mi vida: "¿Por qué sonríes tanto? No es LO NORMAL. La gente ya no se ríe por casi nada..." ¡¡¡¡ ?¿?¿?¿??? ?¿??!!!! Patidifusa me quedé ante la preguntita. No sé si le he contestado, no estoy segura de haberlo hecho, pero no creo. No veo solidez en el razonamiento de que reirse sea o no sea lo normal.

Algo debe de fallar. Algo no está bien ahí afuera para que me hayan preguntado esto y no (por ejemplo) cómo puede ser que a un Nobel de la Paz le llegue el premio en la cárcel, otra se pase media vida encerrada en su casa de Birmania y otro se lo den a un presidente por prometer abandonar una guerra que aún no ha abandonado y cerrar una cárcel que aún no ha cerrado. Eso es lo que NO ES NORMAL, sonreír sí. No está de moda disfrutar de las cosas y yo estoy desfasada. Pues vale. ¿Explicación? Ninguna. No todo es explicable, otra certeza que tampoco me quita el sueño. Puede que la razón de que "sonría demasiado" (nunca se me hubiera ocurrido que ese verbo pudiera ir seguido de ese adverbio) es que estoy aprendiendo a aceptar que a pesar de que yo me empeñe en ver el arco iris es impepinable que está ahí porque antes ha llovido, y lo sé y no me importa, o puede que sea porque además de reir también sé llorar y consigo equilibrar mi "buen rollito" de vez en cuando, sin vergüenza, sin miedo a parecer  una floja o una cobarde. Sé que no lo soy. No entiendo lo de tener miedo a cada paso, a equivocarse, a acertar, a tomar decisiones, a lo que pase, a lo que no... .  No entiendo esos miedos que a menudo nos hemos inventado probablemente para no hacer frente a las incertidumbres. A mí las incertidumbres me atraen como un imán aunque al final me dé de bruces contra el suelo y se me escurran las sonrisas por la cara, y me las tenga que maquillar para salir a la calle. Supongo que nadie ha nacido para ser un héroe, yo menos que nadie, pero hay que ser valiente para ser realmente libre. Así es el mundo.

A los que me leéis (si aún me lee alguien), pediros perdón por desaparecer y luego volver para fustigaros con estos sermones. Sé que lo mío en este blog son simples monólogos virtuales en un trozo de papel inexistente. No es más que una libreta personal expuesta a todo el que quiera entrar a cotillear, un escaparate a todos de un mundo que en realidad sólo me importa a mí, porque el mundo para cada uno es como lo vive y no como lo viven los demás. A menudo me planteo si un blog como éste tiene sentido y por qué aún lo tengo, más cuando es una evidencia que el mundo del blog, sin saber muy bien el motivo, parece estar en desuso, marchitándose cada día un poco. Será sencillamente que me gusta estar aquí de vez en cuando, o que soy una egocéntrica incorregible. Puede que un pequeño toque de egocentrismo mueve a todos los que tenemos un sitio en internet.  Tampoco pasa nada. No creo que ser egocéntrico sea lo peor que nos puede pasar siempre que no mueva toda nuestra existencia. Mi blog es una forma un tanto extraña de contar lo que siento, a través de él sé que no me conocéis pero sabéis cosas de mí. No sé si me arriesgo demasiado.

Podría hacer el ejercicio de pensar en qué cosas a mí no me gustan / no entiendo. ¡Qué desilusión! porque  son muchas, pero como también sé que no me gusta el aburrimiento lo dejo aquí, para no aburrirme de aburriros, y seguiré pensando en las cosas que nunca me dije, que casi siempre son las más importantes. Dejaré mi lista de cosas NO NORMALES para otro momento/ día / entrada / post/ divague /vida...

Hoy no os pregunto nada (porque al fin y al cabo esto es un monólogo) pero si queréis comentar algo estaré encantada de leeros  :)

5/10/10

De tardes de verano, juegos infantiles y pianos de cola....


Interior del Kodak Theatre.
Los Ángeles. Julio 2010

Suena vibrante la música del piano. Sobre él tus manos huesudas y hermosas de dedos largos, arrugados y firmes. Lo acaricias hasta convertir el contacto en música con apenas un leve roce. Cada tarde, todas las tardes, me transportas entre notas traviesas que juegan hasta componer acordes perfectos. Teclado en una línea perfecta de ébano y marfil. Damero en fila india de blancas y negras. Poderosa fuerza, intensidad sutil. El escenario completo es inmenso antes mis ojos de niña a la altura de 1 metro del suelo. Sobre la chimenea un reloj de cuco con cuco, marcando el péndulo un tic tac hipnotizante. Cortinones bermellón cubriendo las gigantescas ventanas sobre unas altísimas paredes. Un leve rayo de luz indiscreto asomando entre las rendijas. Camino invisible transitado por miles de motitas de polvo que yo confundo con hadas, ejército de seres diminutos que también quieren volar y acaban cayendo sobre las teclas, que los acunan. Toda la estancia huele a humo de pipa, rosas, libros y partituras. No sé en qué orden. Tu mecedora es mi trono, convertida yo en princesa del reino de los sonidos. "Adivina, adivinanza..." Lo hemos convertido en un juego secreto en el que sólo jugamos las dos. Tengo cinco años y tú casi ochenta. Yo no sé nada y tú te empeñas en que lo sepa todo. Así que tú tocas y yo adivino la obra. Es perfecto. Me siento la persona más importante del mundo, el centro del universo, una privilegiada habitante de un mundo paralelo que nadie más que nosotras conoce. Y así pasamos horas entre sonidos asombrosos, frenéticos, lánguida melancolía a veces y maravillosas melodías siempre mientras mi rostro de niña embobada por los sonidos que acaricias te hace sonreír.

Mi vida está repleta de momentos imprescindibles que dormitan en el olvido de mis recuerdos. A veces los rescato del túnel en el que habitan y entonces reescribo mi biografía. Somos lo que vivimos, ¿no se dice asi?

Apenas tenía cuatro o cinco años. Las imágenes son confusas, diría que en blanco y negro. Creo que ya no me acuerdo de su cara. Ya no veo con nitidez su sonrisa, tan bella, que acabó desdibujándose. Siempre pasa cuando el tiempo se empeña en ganar batallas. Pero la agudeza sonora de la música siempre araña recuerdos de mi inconsciente más lejano. Suena el piano de nuevo y sus notas todavía me recuerdan a esas tardes compartidas en la casa del pueblo, refugio contra el calor del verano; el verano me recuerda a la luz del mediterráneo; el mediterraneo a Gabrielle Salvatore y su maravilloso mundo griego; Grecia me regala el sonido del acordeón... y el acordeón me lleva sobre corcheas y semicorcheas hasta París, ciudad favorita de mi abuela, de mi padre y ahora mía. Me deslizo a escondidas entre las sombras del Sena para navegar hasta Île de la Cité, y me elevo flotando sobre pentagramas a las gárgolas en busca de Quasimodo. ¿Juegos musicales? ¿Sueños  infantiles? Un poco de todo...

Suena el piano de nuevo aunque ya no oigo el tic tac oscilante y acompasado del reloj, ni vuelan hadas sobre el rayo de luz que ya no entra por las rendijas. Empezando a desmentir convicciones concluyo que el piano sólo sonará igual si ella vuelve para tocarlo. Eso ya no podrá ser. Pero no importa. Siempre podré recordar el "Adivina, adivinanza..." y todos esos momentos que la vida me ha permitido compartir a su lado. Siempre podré volver al túnel para explorar mis recuerdos.

PD: ¿tenéis momentos imprescindibles que creíais olvidados? ¿me los contáis?

1/9/10

Ligera de equipaje: mi moleskine y un lápiz


El post de hoy va de usar la imaginación,  de ver la importancia de lo irrelevante, de dejarse llevar por desvaríos gratuitos. El post de hoy es irreflexivo pero he reflexionado para poder escribirlo. ¿Incoherente? probable. ¿Por qué no serlo? No es un defecto, es una forma de ser y hace mucho que he aprendido a aceptar que cada uno es como es, yo incluída. 

Imaginemos por un momento que te preguntan: "Si te reencarnases en un animal ¿en cuál te gustaría?" Yo creo que tengo claras mis preferencias: ¡me gustaría ser un delfín! Es, junto con el caballo, mi favorito por ser un animal que representa para mí dos de las cosas que más valoro: la libertad y la inteligencia. Ahora bien, si en la pregunta cambian animal por cosa entonces seguro que me convertiría automáticamente en una Samsonite Cabin Roller y lo haría por simbiosis.

Ocupo muy poco espacio en la Tierra pero reconozco que se me hace pequeña. En mis vacaciones a menudo hago más kilómetros que el Transiberiano, y ésos son muchos kilómetros, os lo aseguro. Eso genera, por descontado, situaciones divertidas, momentos imborrables y sensaciones nuevas, pero también sucesos extraños y desagradables. No hablo sólo de lo incómodo de los tiempos de espera, de problemas de conexión sin conexión y demás inconvenientes sobrevenidos casi a diario, sino más bien de esa sensación constante de ser "emigrante con papeles". Igualmente yo disfruto con esto. Es sabido por quienes me conocen que a mí me apasiona viajar.

Anoche vi (de nuevo) UP in the air, con G.Clooney. Estaba cómodamente arrebujada en mi sofá disfrutando de uno de mis actores favoritos y me puse a pensar que si hubiese un remake con protagonista femenina podría presentarme al casting sin ensayar siquiera. Me saldría el papel con total naturalidad. Para quien no la haya visto la recomiendo. El mensaje positivo que yo extraigo de ella es: "Cuanto más tiempo viajes más ligero debe ser el equipaje". El negativo: "Tal vez un buen día no tengas un lugar al que volver".

Nuestra vida, a medida que nos hacemos adultos debería ocupar menos espacios y hacer que lo imprescindible cupiera en una maleta. Ni que decir tiene que de niño es imposible. Demasiados sueños, batallas, amigos invisibles y castillos con príncipes y dragones, demasiadas cosas por hacer, demasiado tiempo al otro lado del calendario. Cuando eres niño en ese mundo paralelo hay demasiada logística alrededor. Pero a medida que pasa el tiempo lo importante mengua. Cuando haces con cierta frecuencia algo aprendes a simplificar (bueno, no siempre se consigue, en mi caso lo sigo intentando con esto de escribir) y no lo haces reflexivamente, sino obligatoriamente, porque cada vez el tiempo que tienes es menos.

El contenido habitual de mi maleta es ropa cómoda, a ser posible inarrugable y preferiblemente la justa, un libro y poco más. "Casi" seguro que si algo se queda atrás podré encontrarlo en destino. Casi. Nunca me he encontrado en un hotel mi sofá, mi albornoz ni mi moleskine negra. Por suerte esta última ocupa poco, pero el resto no. Por eso cuando vuelvo, siempre cansada, lo primero que hago es extender mi mantita de Patchwork, abrazarme a mi cojín favorito y vaguear durante el resto del día. 



¿Y vosotr@s? ¿Qué lleváis en la maleta?

29/7/10

Viaje al país de las maravillas


Estatua de José de Creeft
Alicia en el país de las maravillas.
Central Park. NY. Julio 2010

Años enteros se nos desbordan por los pasillos de la memoria. Recorren vestíbulos sin puertas y se topan con paredes transparentes que atraviesan sin esfuerzo para finalmente irse sin apenas hacer ruido. Presencias débiles de invisibles contornos, fantasmas de relojes quebrados.  No hay constancia de que algo haya pasado si no logró habitar ni un instante un lugar de dimensiones tan diminutas como el archivo de los recuerdos. Hay días que se desintegran con la caída del sol. Amanecen pero no están, y si no los vives no han existido. La vida no es una acumulación de tiempos, ni un desfile de semanas, ni crece apilando calendarios en los cajones. La vida se nutre de sentimientos, de instantes, de colores, de tactos y contactos; se olvidan enormes abrazos  y se recuerdan leves caricias que el paso del tiempo no puede borrar aunque apenas hayan llegado a tocar los bordes diluidos de nuestros poros. A veces, en un segundo, se olvida una vida entera. A veces se borra todo, se parte de cero, y nuestra biografía se centra para siempre en los instantes pequeños y concretos, colándose hasta nuestra alma a través de una puesta de sol, un sonido o una mirada. Compro minutos eternos a cambio de horas baldías y días sin sueños.

:) He vuelto, mis queridos lunáticos. He llegado de un largo y cansado viaje arrastrando conmigo todos los síntomas del turista. Me siento agotada, deprimida y eufórica. No necesariamente en ese orden, por suerte.

He estado de vacaciones y he cumplido uno de los... 80 sueños que me quedan por cumplir: viajar por EEUU. Un país de países, de dimensiones extraordinarias, con cuatro husos horarios y millones de personas llegadas de todo el mundo ¿Qué os puedo decir? Demasiadas impresiones si pretendo usar pocas palabras. He cruzado (literalmente) el país de las oportunidades en la época de las rebajas. He derrumbado mitos, he anulado prejuicios y tópicos que la distancia genera cuando lo que se nos enseña no es lo que hay que ver. Gente afable por todas partes, divertida mezcla de culturas, y un humor endiabladamente contagioso que yo no había previsto. He cumplido expectativas ya de entrada muy optimistas.  He vivido varios minutos eternos allí, muchos diría yo. Es probable que más de los que esperaba. Me gustaría poder compartirlos todos pero, me "eternizaría" si os los cuento todos. Haré un resumen, de ésos que tan mal se me dan y tanto os gustan a vosotros :)

Lista (resumida) de mis minutos eternos favoritos:

-NY: el instante en el que me acerqué al World Trade Center. Fue el minuto más doloroso. Han pasado casi 9 años desde que se derrumbaron los gigantes del skyline de Manhattan, pero aún se callan las voces al pasar por allí. Os lo juro que es así. Te rodea de repente un halo de tristeza y un escalofrío te eriza por dentro con una mezcla de respeto, dolor, indignación y duelo.

-Las Vegas: el paseo aéreo por el Gran Cañón del Colorado ha sido el minuto más espectacular. Si alguien ha estado allí sabrá a lo que me refiero, y si no, casi mejor no me molesto en explicarlo, porque es cercano a lo imposible hacerlo. Inmensidad, un calor brutal (no sé si el cielo existe, el infierno sí), y de banda sonora la música del desierto, que la tiene. "Accidente" geográfico le llaman los científicos. ¡Si todos fuesen así!

-Los Ángeles: aquí, por descontado, el minuto más 'glamouroso', pisando la alfombra roja frente al Kodak Theatre, la misma que minutos después acogía la presentación de la última película de Dicaprio,  más alto de lo esperado y más rubio de lo que aparenta.

-Santa Mónica: el minuto más veraniego. Una zambullida en una playa interminable de arenas blancas y suaves, a pies del Océano Pacífico, topónimo bastante inadecuado por cierto si hablamos de unas olas que se empeñaron en que me bañara hasta las arterias.

-Carmel: el minuto más patriótico. Un grupo de mejicanos nos saludó cantando el "Yo soy español, español, español"; mientras hablaba con simpatía del pulpo Paul, nos contaban la reunión familiar en la que unas 30 personas  habían visto juntas la final del mundial (con banderas de España incluídas, "de las del toro"- insistían) y nos felicitaron como si el partido lo hubiésemos jugado nosotros.

-San Francisco: el minuto más frío lo viví mientras esperaba para  subirme al tranvía más televisivo. En pleno julio unos 10 grados centígrados con una humedad relativa del 85% es frío hasta para una norteña como yo, pero el turista es de otra piel, y desafia al viaje, y como tal soporté estoicamente un trayecto por descontado precioso (la ciudad lo es entera) aunque con la incomodidad de ir demasiadas almas en muy pocos metros.

-Chicago: el minuto más ventoso y  la mayor sorpresa del viaje. El ascensor se para en el piso 100 de la Torre Sears. Desde ahí puedes abrazar al lago Míchigan, reluciente alfombra de agua. Una ciudad enorme con un perfil impresionante y rebosante de amabilidad por todas partes. Hermosa.

Y podría seguir durante horas y contar más minutos eternos, minutos divertidos, curiosos, entrañables, pero alguien me dijo una vez que cuanto más digas con menos palabras mejor se te entiende/atiende. Igual no era así pero la memoria es mentirosa, ya se sabe.

Si existiera la justicia (que no existe) todo el mundo debería tener la oportunidad de, al menos una vez en la vida, disfrutar de ese mini mundo, de poder llevarse en la maleta una mezcla explosiva y caótica de souvenirs, ropa sucia y horas sin dormir junto a unos cuantos preciosos minutos eternos que ayuden a seguir ilusionado en cumplir más sueños. Al final de eso trata la vida.

PD: ¿me contáis vuestros planes/aventuras de este verano?

26/6/10

Todo el tiempo del mundo


Perpetuando la memoria a cada instante, definiendo un destino a corto plazo, adueñándose del mundo paso a paso. Saltos pequeños impulsados por pequeñas piernas. Asemeja que tuvieses almohadillas en los pies; un correr aprisa que dibuja distancias cortas recorridas. No hay reloj. No hay horarios cuando el tiempo lo marcan tu risa y el juego, cuando cada segundo es una carcajada y cada minuto un descubrimiento. Saltas, corres, brincas en tu mundo imaginario. Sola, pero con miles de amigos. Cerca de allí, en un banco destino al mágico castillo, tu muñeca te sonríe. Lo hace siempre y mientras lo hace se cumplen todos tus sueños. Se aparece un arco iris invisible de globos de colores. Se ilumina el cielo. Los ruidos se apagan, de repente, en un acuerdo no escrito entre el cielo y el suelo para dar paso a la música, una música que oyen muy pocos. Tú la oyes, y le has puesto letra y la tarareas..., tu muñeca sólo sonríe. Como no puede saltar como tú, sonríe. Sonríe y vive en su cuerpo inanimado a través de ti. Tu actitud desafiante, valiente ante la incertidumbre de no saber qué pasará mañana porque no te importa, porque no lo piensas, porque lo que tenga que pasar será una sorpresa segura, porque todo el tiempo es tuyo. Alcanzarás cualquier meta no propuesta porque vives envuelta en la seguridad  plena de que todo lo imposible no lo es. Mientras tu muñeca ría todo el aire es tuyo. 

Se ha convertido en parte de mi rutina diaria. De un tiempo a esta parte casi todos los días nos cruzamos. Somos tres: la niña más bonita del mundo, su madre (tambien probablemente la madre más bonita del mundo) y yo. Cada día, si nada interfiere, coincidimos en la misma calle y a la misma hora. Ha convertido mi muy habitual desgana matutina de bostezos quejicas en un optimismo inexplicable. La niña no camina, baila. Sus pies, acompasando el ritmo de todo lo demás, convierten una acera gris en el camino de las baldosas amarillas. No habla con su madre, sólo la mira y sonríe. Y sonríe siempre. Y siempre que sonríe ilumina todo lo que se le acerca. Su madre se ilumina, su vida se ilumina y mi mirada también. Deseo cada día que esa niña se coma el mundo a sonrisas y que lo haga sin prisa, que no crezca demasiado pronto, para que no se marchite esa forma de vivir, para que esa niña esté siempre en mis mañanas de desgana y bostezos.

Sé que es fugaz la belleza de esta escena, como lo es su infancia, y sé que es fugaz porque sólo es posible esa felicidad completa, sincera, sin disfraces, con la posesión de la inocencia, de una muñeca preciosa y todo el tiempo del mundo. Ser niño debería ser una obligación, no un derecho. Y las muñecas deberían sonreír. Siempre.

Echo en falta cada día a esa niña que hubo y que aún quiere estar...

10/6/10

Tal vez un día lluevan libros..


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Se me han caído encima mil palabras desde el cielo. Verdades ocultas entre mentiras disfrazadas que juegan al escondite tras las esquinas de los pensamientos. Me han rozado el cabello y se han escurrido, huidizas, burlonas y en silencio transitaron hasta mis bolsillos vacíos para caerse... de nuevo. Yacen ahora en el suelo. Bajo mis pies, sobre mis huellas. Las arrastro con cuidado evitando que puedan borrarse. Y me las quedo. Y me las llevo hasta mi escritorio y las disperso entre mis dedos traviesos. Recompongo los pedazos y ato sílabas huérfanas de palabras, remiendo letras rotas e invisibles que yo veo. Cuando ya creía que estaba todo hecho bailan las palabras frente a mi cuaderno. Y se me escurren... de nuevo, deslizando carcajadas, convirtiendo mil palabras en mil sueños. Lo hacen a un ritmo que no controlo. Se autodefinen, me utilizan, y dibujan sentimientos, pensamientos y obviedades, utilizando la prosa y el verso. No tengo miedo. Las atrapo y guardo palabras para más tarde, por si acaso un día me quedo sin adjetivos, sin verbos, sin argumentos. Creo que sé por qué escribo. Creo que es porque si no lo hago no digo lo que siento, y si no digo lo que siento es casi como mentir. Yo intento poder decir que (casi) nunca miento.

Tal vez un día lluevan libros, y sea aquí dentro. Tal vez se caigan sobre mi escritorio y de nuevo comience el puzzle, y de nuevo comience el juego. Tal vez pueda confundirme con las palabras que han traspasado mis pupilas al otro lado, emborronando los pensamientos para convertirlos en letras que, mojadas por la lluvia, yo ya no tengo... 

22/5/10

La elegancia de las mariposas


Uno de los ejercicios más enriquecedores que existen es PENSAR. A muchos de nosotros en un momento concreto (o en muchos momentos concretos) se nos reseca el cerebro de tanto hacerlo, y digo muchos porque otros ya nacen con el cerebro deshidratado. Una lástima.

No sé al resto de la humanidad pero a mí cada vez me desconcierta más el comportamiento de mis congéneres. Me resulta muy difícil identificarme con mi propia especie. Al final no va ser una metáfora que soy una lunática, lo que va ser una metáfora es que sea humana. Me da vergüenza tener que reconocer que ya no espero mucho de casi nada ni nadie, aunque no me preocupa en absoluto. Ya es una evidencia asumida, y he aprendido a golpe de desconciertos que cuando empiezas a asumir un problema, y sólo entonces, ese problema empieza a tener posibilidad de solucionarse.

Mediocridad, mentiras, despropósito, hipocresías, intereses... Somos como alimañas en busca de un pequeño reducto de propiedad privada y eterna en la tierra. Pobres ingenuos. Pocas cosas hay más efímeras que nuestras propias vidas. Aún así nos declaramos la guerra constantemente, y todos somos enemigos de todos. En esa búsqueda absurda de ser EL MEJOR nos enzarzamos en mil batallas. Con el enemigo ni agua. Es de sentido común. No existe la palabra coherencia, solidaridad, honradez, honestidad. ¿Para qué compartir? Por compartir no se comparte ni el saludo. A ver cuántos de vuestros vecinos, compañeros de súper o convecinos de calle o trabajos os hablan sin que parezca que le debéis una reverencia.

Si hubiera algo de cierto en que sufrimos a lo largo de nuestra existencia varias reencarnaciones yo supongo que antes de mujer fui santa. De lo contrario no se comprende que todavía pueda sonreír rodeada de tanta tontería. Es cierto, sonrío más que respiro. Puede que sea mi escudo. Puede que sea mi máscara para que no me descubran que en realidad no entiendo nada, y que lo que veo alrededor no me gusta. Puede que sea como un maquillaje que, con una sonrisa de payaso, oculta la tristeza de constatar que se me agotó la paciencia y la empatía, esa escasa virtud de la que todos debemos disponer para vivir sin demasiados quebraderos de cabeza ni decepciones constantes. Desde ya me refugio en la indiferencia pero todos sabemos que la indiferencia no hace compañía. Maldita sea. "Habemus problema" (¿cómo se dirá esto en latín?) Aunque, como siempre, no queda más remedio que seguir adelante, socializar mi descontento con todos los demás descontentos que, contados a cuentagotas, quedan ahí afuera... ¿estáis ahí afuera?

Si de algo estoy segura es de que la crisis que nos acompaña en el desayuno, comida y cena nos debería servir de aliciente/acicate para darnos cuenta de que en realidad somos muy vulnerables ante todo lo que nos ocurra y  aprendamos de una maldita vez a valorar (en términos de relatividad razonable) lo que importa y lo que no.

Menudo cabreo más tonto que tengo. Pero, como siempre, se me pasará en breve. Tengo mis propias estrategias de aislamiento a la estupidez humana. Cuando algo me enerva, me cabrea, me enfada soberanamente, pongo música, como la música que tengo en el blog, y pienso en cosas agradables que me permitan evadirme y escapar de LO MALO, LO INÚTIL, LO ABSURDO. Cierro los ojos, aprieto los dientes y me pongo a IMAGINAR. Imagino el mar, los delfines, la Luna y adorno el cuadro con miles de mariposas, cuya elegancia me permite soñar que (a veces) incluso unas horribles larvas pueden cambiar.

24/4/10

Mi ignorancia y yo



Me reconcome el haberme perdido ese momento único e irrepetible en el que la naturaleza reparte el ADN, ese libro de instrucciones que nos va a marcar toda nuestra vida. Me lo he perdido seguro cuando repartieron los códigos que otorgan la sabiduría suprema. No es tontería lo que digo, aunque parecerlo pueda, porque creo que se hizo en algún momento un "ofertoso". En contrapartida (por suerte) sí que estaba cuando repartieron los códigos de la paciencia. Así es más llevadero soportar mi congénita incultura.

Soy un ejemplo claro de la imperfección humana. Ordenada en exceso y tremendamente despistada, olvidadiza pero con una memoria prodigiosa (según para qué cosas ¡Sería bueno!). Puedo verme todos los documentales de la 2 de TVE sin tener el mínimo pudor en reconocer que me he pasado alguna que otra tarde viendo verdaderos bodrios televisados- Magazines, les llaman, haciéndome dudar de nuevo de los pocos o muchos conocimientos que pueda tener yo de la lengua inglesa- en cadenas de televisión con un aporte cultural más pequeño que un átomo. Soy contradictoria. Me gusta comer bien pero no sé cocinar, y aunque vivo rodeada de números se me dan mal los sudoku. Hablo en público con cierta soltura y soy nula a la hora de dar una conferencia. Soy rarita a la hora de tener que tomar decisiones personales, tan rarita que si viniera un mago bonachón y me diera a elegir entre un chalet en la (para mí) playa más hermosa del mundo" y conocer a Napoleón elegiría lo segundo. Nadie se lo cree, claro, pero siempre digo que tampoco podrán nunca demostrar que miento.

Todo esto viene a colación (palabra preciosa que se ha puesto de moda) porque ayer alguien nos ha explicado a mí y a un surtido grupo de "orejitas" ignorantes temas tan importantes como la diferencias entre el yin, el yan y el yen, la receta del calimocho en Toledo y la razón por la que a Rubalcaba no le queden bien los trajes. Claro, de entre las pocas cosas que sé también sé educación y, estoicamente, me he quedado calladita, con dificultad, cierto, porque mi boca se empeñaba en quedarse abierta asombrada de poder participar de semejante regalo. Después de tanta información me he sonrojado ante mi propia ignorancia, porque en estos tiempos que corren, en los que todos estamos a un clic de toda la información del mundo gracias a internet y su "contrastada"  rigurosidad (?) yo me siento una idiota día sí y día también. Descubro cosas que ni me hubiera imaginado, conozco lugares que no sabía ni que existían y cada descubrimiento es bienvenido. Pero para otros no existe esa posibilidad. Otros son los más sabios, los más cultos, y los "más mejores". No todo el mundo es tan zoquete como la que suscribe. Los hay más listos que el hambre. No sé si hay estadísticas al respecto, que de todos es sabido que hay estadísticas de lo más sibilinas, pero si las hubiera seguro que nos ganaban por goleada a los demás, a los del "club de los tontos". Si no puedes con tu enemigo únete a él, dicen. Pues nos uniremos, porque creo que ganan por abrumadora mayoría. Los acepto, aunque no los envidio (¿ya he dicho que soy rarita?) No, no los envidio, porque a mí me parece que lo bueno de la ignorancia es que te permite aprender constantemente, que el no saber implica que es fácil que algo te sorprenda. Oí en un programa de ésos tan aburridos/culturales de la 2 (no recuerdo quién lo decía. Mi memoria selectiva ataca de nuevo) que si alguien le confesaba que no había leído aún el Quijote le contestaba: "Enhorabuena. Eso quiere decir que aún tiene pendiente en su vida el placer de leer el Quijote". Pues eso digo yo.

Resumiendo (que si me pongo también sé): me aburren soberanamente los monólogos plagados de lecciones magistrales. Si quisiera oirlos me iría a una de esas conferencias monotemáticas y aburridas que, de cuando en cuando, cubren las butacas vacías de algunos auditorios, o me apuntaría a una de las magníficas reuniones que habitualmente se convocan en mi propia empresa y  las cuales, con la mucha/poca educacíón que tengo, declino (si puedo).

Me declaro ignorante confesa, si es que se puede redactar semejante aseveración. Estoy dispuesta a presidir un "Cub de Ignorantes Titulados". Tal vez lo haga, porque por suerte para la humanidad  ahí afuera hay miles de millones de humanos listos, muy listos, en todas las profesiones y puestos, que ya se encargarán de que el saber o no saber miles de millones de cosas sea lo que nos diferencia a la raza humana de los extraterrestres, aunque mientras tanto la tierra se queje de que le estamos haciendo pupa, sus familias se vayan al carajo y no sepan qué es disfrutar de unas vacaciones en La India o el África Subsahariana porque hay nosécuántas miles de posibilidades de que te pongas malito en el viaje.
 
Gracias a mi ignorancia, a que siempre escucho música en mi coche y a que suelo trasnochar, ayer en el camino de regreso a casa he descubierto un grupo que me ha encantado (ver debajo de mi perfil). Disfrutar de la canción y del fin de semana. Yo me pondré a leer la enciclopedia Larousse, que a lo tonto a lo tonto, seguro que más pronto que tarde me pondré en la B de Burro :)

3/4/10

Un yonki, un perro y los Ferrero Rocher


"Chocolate" de elusive-art


No tengo manos libres en mi coche. Si lo tuviera es poco probable que el móvil sonara mientras conduzco, pero no lo tengo. Es por eso que siempre habrá alguien que se empeñe en llamarme cada vez que arranco y me incorporo a la carretera. Podría intentar contestar en movimiento, peligroso equilibrio entre móvil, volante y mi más que dudosa visión espacial, pero reconozco que soy más amiga de los riesgos controlados que de las conductas suicidas por eso no lo hago nunca. Ayer no fue una excepción. Tan pronto oí la melodía de mi móvil aproveché que estaba en una zona de fácil aparcamiento y orillé el coche hacia la derecha. Sólo entonces vi quién me llamaba: era mi hermano. Quería recordarme algo que bien me podría haber recordado por la noche (que nos veríamos) pero como ha contratado una de esas tarifas planas de "llama-y-no-pagues-ni fines de semana-ni festivos-ni domingos-ni fiestas de guardar"  usa el teléfono para casi todo. Y allí estaba yo, a pleno sol en un día que amaneciera lluvioso, embutida en mi plumífero negro, achicharrándome por momentos. Mi hermano es pelín charlatán. Yo no tenía prisa y él muchas ganas de hablar, así que decidí cruzar a la acera de enfrente, donde desde hace años hay un bonito paseo a orillas del río con sus bancos, arbolillos, cisnes y demás fauna. Salí del coche, lo cerré y, cuando ya me disponía a cruzar vi cómo del coche que estaba aparcado detrás del mío (coche claramente abandonado si tenemos en cuenta que no tenía ruedas) se abrió la puerta de atrás y salió él: un muchacho flaco, sucio y bajito de edad indefinida, tatuada su cara por problemas  pasados, un presente indeseable y un futuro más que  incierto, un verdadero yonki de los de manual. Cara enrojecida, granulada y huesuda, su rostro era todo pómulos y ojos, casi sin nariz ni dientes y con el pelo largo, revuelto y enredado. Tras él un enorme (y sucio) perro de Yonki. No es necesario decir que, a pesar de no inmutarme, casi me dio un soponcio.

En la carretera había mucho tráfico pero por ninguna de las aceras pasaba un alma. Mientras me recomponía del susto oía la voz de mi hermano al otro lado del teléfono. Miré hacia ambos lados, distraídamente, pero no dejaban de pasar coches y por tanto no podía cruzar, y antes de darme ni cuenta aquel muchacho, mediante señas, me preguntó si tenía un cigarrillo. También mediante señas le contesté que no, que no fumaba. No le mentí, aunque supongo que pensó que sí lo hacía. Entre dientes dijo algo que no intenté ni adivinar; podría ser 'gracias' o 'vete al carajo',  e inmediatamente se metió de nuevo en el coche. Por fin, conseguí cruzar. Ya más tranquila  y como si por el simple hecho de cruzar pasase del infierno al cielo me relajé un poco. De pronto empezó a aparecer gente por todas partes. Vi cómo se acercaban por el paseo un padre y sus hijos en sus respectivas bicis; a unos pocos metros de mí, cerca de un puente de madera, había un pescador  solitario con una radio encendida; más allá una pareja que hacia footing..., y mientras, mi hermano seguía hablando hasta que, atropelladamente, me dijo que tenía que colgar, que le sonaba el teléfono fijo. Así que regresé a mi coche, al otro lado de la carretera.

Intentando no parecer una fisgona ni siquiera miré para el coche/casa abandonado. Estaba ya abierto el mío cuando de nuevo se abrió la puerta de atrás. Como en un flash back aquel hombre sucio, flaco y bajito y su sucio, enorme y hermoso perro salieron de nuevo. Inconscientemente me quedé mirándoles y los vi acercarse. el muchacho delante y su perro detrás. Se pararon frente a mí y aquel hombre me tendió las manos a modo de bandeja. Cuando me fijé bien no daba crédito. Sobre aquellas manos sucias como su mirada con unas uñas negras como los ojos del perro aparecieron unos preciosos bombones Ferrero Rocher. A pesar de que me quedé petrificada por la sorpresa reaccioné bastante bien. Sonreí nerviosa, y dándole las gracias cogí uno. Se ofendió. " Coge los cuatro. No me los rechaces". Y me los dio TODOS. Allí me quedé, rígida como un palo de escoba, con mis  manos a modo de bandeja ocultas tras aquellos bombones dorados que, como por arte de magia, surgieron de un coche mugriento y abandonado en manos de un hombre tan poco dulce en apariencia. El yonki me sonrió, hizo algo parecido a una reverencia y de nuevo desapareció tras la puerta trasera de su coche-cama, con su perro casi más grande que él pero no más grande que su corazón.

A ver cómo demonios hago para, a partir de ahora, comer un Ferrero Rocher y no acordarme de este hombre. Aunque, pensándolo bien, ¿por qué no recordar las cosas bonitas que te pasan en la vida?

26/3/10

El uso del tiempo


Vista desde el Museo d'Orsay hacia Montmartre.

Te esperé demasiado. No me importó que el reloj  marcara un tiempo vacío tras su tic tac sin estéreo. Te esperé mientras el sol, ya ausente, desdibujaba contornos y la luna pintaba de azul el manto que viste la tierra, estampado en sombras diluidas del verde. Te esperé. Por momentos, algún rayo impertinente me negaba la posibilidad de ver. Aún cegada por la luz seguí esperando. Pero no te vi, como no vi la noche que presurosa me rodeaba. Me sentí de pronto sola y tuve miedo pero, a pesar del miedo, te seguí esperando. El ruido lejano de la vida se convirtió en silencio, ese compañero que se torna indeseable cuando acompaña a la muerte de la esperanza. Se convirtió mi espera en desconcierto. Penumbra sentimental. En medio de la nada mi alma se derrumbó, agonizante de sueños. No tendría que esperarte ni haber dejado que el tiempo marchitara mis ganas de tenerte. Pero seguí aquí y me cobijé entre abrazos que hacía ya tiempo que no me abrazaban. No te voy a mentir. De tanto esperarte, si un día por fin llegas, yo me habré alejando de ti para siempre.

A veces nos empeñamos en creernos el refranero. "Todos los caminos conducen a Roma" y "Quién bien te quiere te hará llorar". No es así. A Roma sólo llegas si tienes tiempo (y dinero) y desde luego de camino al supermercado de mi calle NO ESTÁ. En cuanto a quereres y llorares, sin comentarios. La frase se explica por sí sola. Si alguien te quiere ha de quererte "bien", de lo contrario mejor no mentar el verbo. Majaderías diversas de la cultura popular enfocada al "No se consuela el que no quiere". 

 No es suficiente con tener paciencia para no perderla, ni tener esperanza para no desesperarse. No es suficiente con concentrarse mucho en hacer algo para que salga bien, ni desear algo con todas tus fuerzas para que suceda. Algunos problemas pueden arreglarse, otros no. Es entonces cuando debe entrar en funcionamiento la aceptación de la derrota y evitar dramas muchas veces innecesarios. El desasosiego de no llegar a un objetivo no debe condicionar toda nuestra vida. Si conseguimos 'equilibrar el desequilibrio' que nos generan las promesas incumplidas será más fácil vivir. Si volcamos nuestras fuerzas en ser felices nadie nos garantizará que podamos conseguirlo, pero yacer rodeados de mentiras, tristezas y autocompasión sólo nos convertirá en unos necios, y nos condena a la cárcel de los resentidos. A ésos nadie les ha garantizado el paraíso y sí una inexorable pérdida del tiempo, y el tiempo tiene la maldita manía de no volver.

No usamos bien el tiempo, más bien lo desgastamos. El tiempo que vivimos se divide entre el que dedicamos a Lo Importante y el que se nos va en resolver Lo Urgente. Lamentablemente pocas veces coinciden  ambos adjetivos en las mismas cosas. Yo me he dado cuenta ya y ahora mi tiempo lo computo de otra manera. Y tú, ¿cuánto tiempo has vivido tú?



16/3/10

La ciudad del caracol


Si hay un lugar donde más que en ningún otro sitio he aprendido a admirar la belleza ése es París. Adoro esta “villa”. Adoro sus colores, sus luces y las sombras que las perfilan. Una ciudad cuyo callejero tiene forma de caracol no puedo dejarte indiferente. Sus trazos son de una estética geométricamente demoledora y a la vez difícil de transitar si quieres recorrerla en superficie. No importa. La consecuencia es que te obliga a meterte en sus entrañas para visitarla, y hasta sus entrañas son bonitas. Los días grises son habituales aquí pero ni siquiera su manto de tristeza empaña la sensación irremediable de estar bajo la bruma de un sueño. Si un sol cabezota se impone sobre la piedra, omnipresente, y lo consigue muchas veces, es como si se maquillase la ciudad y, mires a donde mires, se torna en una postal de tonos sepia y me mimetizo con ella, y me paso horas paseando sus bulevares plagados de cafés que tienen ese regusto a historia y tertulias vespertinas interminables. Puedo sentirla respirar mientras respiro y cómo me observa mientras la observo; oler los puestos de flores y oír la música que a duras penas sobrevive entre el barullo de sus mercadillos; posar la vista en su geometría perfecta de avenidas en radial me hace desear ser pájaro para poder volar su cielo..., pero no lo soy, y mi papel de peatón me limita en mis trayectos y me lleva a ser una visitante subterránea hasta, poco a poco, asomarme al exterior. Cuando por fin acaba mi recorrido por las arterias del coloso se me aparece la Ópera Garnier, dorado monstruo de rostro perfecto. Cierro los ojos para grabar esa imagen por si pudiera desaparecer tanta belleza. Todos deberíamos tener la posibilidad al menos una vez en la vida de pasear estas calles, sin más mapas que la intuición, sin destinos concretos, dejándonos llevar, al compás del único faro del mundo que no avisa a los barcos sino a los aviones y a los caminantes. La Ciudad de la Luz la llaman. Entre otras mil luces que parpadean incesantes el coloso de hierro justifica dicho nombre,  majestuosa torre que bien pudiera ser el guardián de la ciudad mientras duermen sus gentes y guía de los errantes que no consiguen dormir. Estés donde estés siempre te guiña el ojo y gracias a ella sabes que no estás perdida, a pesar de que puedas sentirte así.

Me gusta todo de París, pero si tuviera que elegir un lugar para un café es su corazón: Montmartre, uno de mis rincones preferidos. Es tan difícil ascender esa escalera hacia el cielo que podría afirmar que Sacré Coeur es sólo una alucinación. Miro hacia las ventanas de las casas que rodean La Place de Tertre y tras cada ventana me imagino el estudio de un pintor bohemio y loco, y no necesariamente en ese orden. Todo es un ir y venir de pintores y turistas posando en espera de una obra maestra. No saben que la obra maestra está allí, a su alrededor. De regreso busco la casa de Van Gogh. Aparece como de incógnito en una pequeña cuesta, humilde como fue la vida del delirante pintor de pelo de fuego, y me lo imagino con sus 37 años de vida sin vida, tal vez ocasionalmente visitando alguno de los molinos y sus picantes camareras. Molinos: ¿que pensaría D. Quijote de éstos si pudiera verlos?

Resulta caro vivir aquí pero en contrapartida es gratis admirar su belleza, que te atropella constantemente y encuentras por todas partes. Es desconcertante cómo sorprende cada vez. Podría ser que mi sentimiento hacia esta ciudad tenga un matiz subjetivo, pues mucho antes de conocerla ya me fascinaba. Su historia, sus pintores, su música, me hacían pensar en una ciudad elegante, moderna, exquisita, viva, pero sobre todo en una ciudad donde el arte te da abrazos cariñosos aunque no quieras. Puede que tenga una opinión subjetiva porque siempre formó parte de la lista “Sueños a cumplir durante mi vida” sumergirme en sus avenidas y disfrutar de una ópera en la ciudad. Puede que sea subjetivo porque a mí me entusiasman los museos y la arquitectura, y la concentración de estilos arquitectónicos que tiene esta ciudad es apabullante…, pero no lo es. No lo es porque desde la distancia que da el paso del tiempo a mí me siguen llegando en perfecta sintonía recuerdos de mis paseos allí, de mis atardeceres junto al río y de las visitas al oasis de la cultura que son el Louvre o el D'orsay, y no lo es porque asoma, invariablemente, la sensación de sentirme como en una película, y yo me convierto en Amelié Poulain, y mis notas en mi Moleskine de bolsillo se convierten en sus fotos rotas, y quiero ver esa película una y otra vez.

Volveré y cuando lo haga será probable que me acompañe una lluvia menuda que me recuerde a mi tierra y me haga sentir como en casa (aunque con más frío). Entonces es casi seguro que me pierda de nuevo por los alrededores del barrio latino. Pasearé por las orillas de una universidad poderosa; iré a la Place Saint Michel y comeré en uno de esos restaurantes en el cual, por fin, alguien hablará mi idioma; si me queda tiempo cruzaré el puente hacia Notre Dame y volveré a intentar averiguar por qué siempre tengo la sensación de que está torcida la fachada; de camino a los Campos Elíseos me preguntaré también cuántos de los candados del Pont des Arts ya no tienen ningún significado para algunos corazones.

Cuando, al final, con los pies palpitantes de la caminata abandone la calle, sonará en el hilo musical "Les feuilles mortes" y entonces todo tendrá sentido. Tanto arte en tan poco espacio ¿debería estar prohibido? Tajantemente: no.

5/3/10

La fragilidad



Tal vez algún día no me gusten mis comidas favoritas, ni me tome la medicación que me ha prescrito el médico y que, según sus palabras, hará mucho bien a mi ya debilitada salud; tal vez algún día tarde demasiado en llegar a casa porque no estoy del todo segura de si se llega antes desde la circunvalación o yendo hacia la rotonda; tal vez algún día esos rostros que al llegar me observen, enternecidos por una lágrima inminente, no me produzcan ningún tipo de sentimiento que no sea la propia sorpresa de que un desconocido sienta tanto cariño por mí y tenga la incómoda manía de llevarme de la mano a todas partes; tal vez llegue un día en el que me lavaré los dientes tres veces antes de irme a dormir y me acostaré demasiado tarde porque antes debo comprobar otras cinco que la ventana de mi habitación está convenientemente cerrada y alejada del molesto ruído de afuera;  tal vez algún día leeré el mismo libro durante un año entero porque no consiga pasar de la página 10 sin tener que retomar el principio de la historia, o estrene ropa que aparece cada día en mi armario sin que yo tenga en la mente haber ido a comprarla; tal vez algún día el color rojo no tenga nombre y el sonido del teléfono me desconcierte porque me resulte desconocido. ¿¡Quién lo sabe!? Pero si eso pasa, si algún día no soy sino el reflejo de una vida sin recuerdos y mi único tiempo verbal sea el presente, ojalá entonces alguien se dé cuenta de que, aunque yo ya no lo tenga entre mis recuerdos, los suyos dibujan fotogramas en los que yo aparezco cada minuto durante mucho tiempo. 

¡Qué mal utilizamos la memoria! ¡Qué poco valoramos los recuerdos importantes! somos asesinos de lo hermoso y ensalzamos los rencores, las "encomiendas" (innecesarias) que no se pueden demorar, los asuntos urgentes y las tonterías diversas. No tenemos ni un minuto para el cariño, pero no nos importa gastar años enteros en recordar algo que nos hizo daño. Os invito a reflexionar y establecer vuestra lista de recuerdos y, si os sobran unos pocos minutos, ver este video. Tal vez algún día alguien os la agradecerá..., o no.

16/2/10

Quejicosos habituales




Hay una actividad sin ánimo de lucro (por ahora) que cada vez está más en auge y en cualquier momento, no muy lejano, saturará el mercado. Hay miles. Están por todas partes y viven en democracia ya que los hay de todas las razas, colores, credos y religiones. Hay un ejército variopinto de soldados del malhumor que se empeñan en hacernos infelices al resto de los civiles. Menuda profesión tan extraña para un tiempo de crisis y paro. He estado pensando (lo justo) acerca de la función en la sociedad de estos especímenes, por si la tuviera y, efectivamente, creo que la tiene. Una de sus actividades fundamentales es hacernos sentir gilipollas al resto de los mortales en ocasiones varias. A saber:

- si sonreímos más de la cuenta.
- si estamos relativamente contentos más tiempo del necesario. 
- si NO damos excesiva importancia a tonterías.
- si no convertimos en tragedia todo aquello que no nos complace...
.... bla bla bla.. etc..etc...etc.

Algunos de estos profesionales de la mala leche presumen de ser realistas rodeados de soñadores ignorantes, que son todos los demás, una servidora entre ellos. Pues vale. 

Para escribir sobre esto que estoy escribiendo curiosamente he tenido que hacer un esfuerzo superior al habitual en esto de las palabras, y es que resulta que yo, por suerte/desgracia, no suelo tener soltura en el arte del quejido. Aún así, como dice el refrán: "Todo es ponerse" y yo hoy... me he puesto. Y ¿por qué hoy? pues por un sms que he recibido esta mañana. Lo transcribo:

 "Qué días más gris, ¿no? creo que hoy no saldré. Luego te lo confirmo..."  

Mi respuesta, también en forma de sms, fue:

"¡Totalmente razonable! Luego hablamos..."

?¿?¿? Recién leído el sms de marras me he puesto a reflexionar sobre la supuesta relación entre que una persona vaya o no a cenar teniendo en cuenta el color del cielo de día. No la encontré. Aún así, en mi afán de comprender lo incomprensible, he recapacitado unos instantes más, desgracidamente sin resultado. Y concluí que la explicación es simple: nos va el rollo éste de quejarnos.

Nos quejamos todos y por todo; nos quejamos de si llueve mucho tiempo, de si hace mucho frío, de si hace mucho calor; nos quejamos por tener que madrugar para ir al trabajo, y por descontado (y lógica) si no tenemos trabajo; nos quejamos si la comida está salada, o si está sosa, si está fría o si quema y tenemos que esperar/soplar un rato para poder comer, ¡qué trajín!; nos quejamos si vamos al cine y la peli es larga, y nos quejamos tambien si la peli es corta, (porque el cine... ¡es caro!); nos quejamos de la factura del móvil pero usamos el móvil hasta para avisar "Estoy en el portal. Baja", mientras nos observa, estupefacto y divertido un pobre y anticuado telefonillo de pared; nos quejamos de lo que consume el coche, y de no tener coche cuando está en el taller; nos quejamos si se nos mueren las plantas, esas hermosas criaturas desagradecidas que alguien felizmente ha inventado pero que tiene el defecto congénito de que hay que regarlas con regularidad, ¡qué invento! no tenemos tiempo (de eso también nos quejamos); nos quejamos de lo caro que resulta tener calefacción, y nos quejamos de que no funcione; nos quejamos de los que opinan diferente, y también de los que no  opinan, porque no se posicionan; nos quejamos de nuestros jefes y de nuestros empleados, y esa queja en vertical sí que es divertida. Se ha dado el caso de que nos quejemos al inmediato superior de algo de lo que se nos ha quejado el inmediato inferior y la respuesta en ambos casos ha sido la misma "Esto es lo que hay"; nos quejamos de los que se quejan siempre, por "quejicas", y de los que no lo hacen nunca, por "sinsangre"... pon el ejemplo que se te ocurra, la cuestión es quejarse.

De toda esta historia saco en conclusión que el deporte nacional ya no es (únicamente) la envidia, que también. El hombre, mal que le pese a Rousseau, no sólo es bueno, sino también quejica por naturaleza. Pero tampoco voy a trivializar sobre esto porque lo cierto es que a veces es normal que aparezca ese bicho que tenemos dentro, y es que no estamos en el mejor de los momentos, es obvio, pero estamos físicamente ubicados en un lugar lleno de privilegios. No estamos rodeados de felicidad, ni de paz y amor para todos los hombres, pero podemos salir a la calle cuando nos venga en gana. No me molestan los quejicas coyunturales pero sí me molestan los quejicas  estructurales, y hay tantos... ¿alguien se ha dado cuenta? yo sí...

16/1/10

Los recuerdos y las pompas de jabón

"Yo amo a los mundos sutiles, ingrávidos y gentiles como pompas de jabón..."

(Antonio Machado)

Me he encontrado con una amiga de la infancia a la que hacía muchos años que no veía. Nos hemos puesto al día en, aproximadamente, unos cuatro o cinco minutos mediante un resumen selectivo de lo que nos ha interesado contar a cada una acerca de sí misma. Es obvio que nadie cuenta lo que no quiere que se sepa y parte de esta obviedad es el hecho de que cuando más se miente acerca de nuestras vivencias es cuando "hurgamos" en nuestros propios recuerdos. Todo aquello que afecte a los demás solemos contarlo de un modo mucho más realista porque podemos conseguir la objetividad, tan difícil cuando contamos algo que nos pasó a nosotros.

La memoria es limitada, no puede recordarlo todo, así que cuando un recuerdo se olvida e intentamos resucitarlo probablemente lo que obtenemos sea una pequeña mentira. Incluso aquello que sí recordamos con relativa facilidad cada vez que lo contamos o que vuelve a nuestra cabeza habremos construído involuntariamente una parte que no es cierta del todo. La memoria se alimenta de recuerdos pero aunque nos creamos todos nuestros recuerdos algunos nunca han pasado. Así es. Siempre he pensado que todas aquellas personas que se atreven a escribir sus memorias son muy osadas. Leo casi cualquier cosa que llega a mis manos, da igual que sean relatos, cuentos, novelas, poesía, editoriales o artículos de opinión. Leo casi todo aquello que en principio consigue despertar mi curiosidad pero hay algo que detesto: los libros titulados "Mis memorias". La memoria es mentirosa. Para leer una mentira prefiero comprar cualquier revista semanal de cotilleo. Alguna encontraré y me saldrá mucho más económico.

Cuando pensáis en los recuerdos más importantes de vuestras vidas ¿de qué os acordáis? A mí me asaltan situaciones muy dispares. Recuerdo aquellas tardes de verano de la infancia, tardes interminables de juegos, de pantalones cortos, de meriendas en la playa y sueños apurados para comenzar de nuevo otro día plagado de pequeñas cosas importantes; recuerdo aquel beso a escondidas, un efímero beso eterno, que me hizo sentir que la tierra se desplomaba bajo mis pies (tal vez se desplomó realmente). Ése será el beso más hermoso a pesar de ser probablemente el más corto de todos los que di; recuerdo aquel primer día en el colegio, de la mano de mamá, sintiéndome una pequeña hormiguita indefensa de entrada al mundo extraño de los mayores. Según me ha contado llevaba mi vestido favorito, un precioso vestido blanco lleno de diminutas flores rojas y encajes, que mi madre me permitió poner con el fin de parar la cascada de lágrimas que empapaba mi tristeza; recuerdo las noches en vela por culpa de aquella asignatura imposible, y aquella otra noche previa a una entrevista de trabajo; recuerdo una madrugada de color azul volviendo a casa con él bajo una lluvia insistente que apenas percibía, y aquellas primeras vacaciones sin la familia, en un camping, a apenas unos kms de casa, aunque a mí me parecía estar en otro planeta. Desgraciadamente no estoy segura de que ésos sean los recuerdos más importantes de mi vida.

A medida que crecemos deberían regalarnos algún tipo de artefacto de control de la memoria para así, si un día alguien nos pregunta cuál es el momento más bonito que recordamos o el peor o quién fue aquella persona tan importante en nuestra vida, la respuesta tuviese un mínimo de veracidad.

Lo cierto es que al final, ¿a quién le importan los recuerdos? la mayoría son demasiado efimeros, muy cuestionables y tan frágiles como una pompa de jabón. Yo desde siempre me quedo con los sueños, que al final son los que nos empujan cada día. Cierto que ya he descartado alguno de mi lista de posibles, esos sueños que se han ido derrumbando porque la vida jugó con ellos y los derrotó, empeñada en ser ella la que controla cada posibilidad de que algo se cumpla o no se cumpla. Pero utilizo un truco: en mi márgen derecho del cerebro, en la parte creativa que todos tenemos, han nacido sueños nuevos, surgidos de la nada y sin esfuerzo los he colocado en los huecos dejados en mi memoria amputada por los "no pudo ser".

¿Os imagináis tener que resumir vuestra vida en unos minutos? ¿Qué recuerdos visualizáis sin esfuerzo? sean inventados o no :)