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14/2/13

De puntillas




En cierto modo manipulas tus recuerdos a tu antojo y si eres consciente de ello encuentras una cierta decepción en lo que resulta ser el relato de tu vida. Es así. Cuando se desdibuja en tu memoria la imagen de algunos momentos perdidos y difusos los perfilas con rapidez para que se vuelvan nitidos y al hacerlo los mejoras casi siempre para que el recuerdo se torne agradable, maquillaje vital que todos utilizamos alguna vez. Pero a veces no es necesario. A veces sólo tienes que cerrar los ojos y recordar ese beso de puntillas, porque es fácil recordar si no se olvida.

5/10/10

De tardes de verano, juegos infantiles y pianos de cola....


Interior del Kodak Theatre.
Los Ángeles. Julio 2010

Suena vibrante la música del piano. Sobre él tus manos huesudas y hermosas de dedos largos, arrugados y firmes. Lo acaricias hasta convertir el contacto en música con apenas un leve roce. Cada tarde, todas las tardes, me transportas entre notas traviesas que juegan hasta componer acordes perfectos. Teclado en una línea perfecta de ébano y marfil. Damero en fila india de blancas y negras. Poderosa fuerza, intensidad sutil. El escenario completo es inmenso antes mis ojos de niña a la altura de 1 metro del suelo. Sobre la chimenea un reloj de cuco con cuco, marcando el péndulo un tic tac hipnotizante. Cortinones bermellón cubriendo las gigantescas ventanas sobre unas altísimas paredes. Un leve rayo de luz indiscreto asomando entre las rendijas. Camino invisible transitado por miles de motitas de polvo que yo confundo con hadas, ejército de seres diminutos que también quieren volar y acaban cayendo sobre las teclas, que los acunan. Toda la estancia huele a humo de pipa, rosas, libros y partituras. No sé en qué orden. Tu mecedora es mi trono, convertida yo en princesa del reino de los sonidos. "Adivina, adivinanza..." Lo hemos convertido en un juego secreto en el que sólo jugamos las dos. Tengo cinco años y tú casi ochenta. Yo no sé nada y tú te empeñas en que lo sepa todo. Así que tú tocas y yo adivino la obra. Es perfecto. Me siento la persona más importante del mundo, el centro del universo, una privilegiada habitante de un mundo paralelo que nadie más que nosotras conoce. Y así pasamos horas entre sonidos asombrosos, frenéticos, lánguida melancolía a veces y maravillosas melodías siempre mientras mi rostro de niña embobada por los sonidos que acaricias te hace sonreír.

Mi vida está repleta de momentos imprescindibles que dormitan en el olvido de mis recuerdos. A veces los rescato del túnel en el que habitan y entonces reescribo mi biografía. Somos lo que vivimos, ¿no se dice asi?

Apenas tenía cuatro o cinco años. Las imágenes son confusas, diría que en blanco y negro. Creo que ya no me acuerdo de su cara. Ya no veo con nitidez su sonrisa, tan bella, que acabó desdibujándose. Siempre pasa cuando el tiempo se empeña en ganar batallas. Pero la agudeza sonora de la música siempre araña recuerdos de mi inconsciente más lejano. Suena el piano de nuevo y sus notas todavía me recuerdan a esas tardes compartidas en la casa del pueblo, refugio contra el calor del verano; el verano me recuerda a la luz del mediterráneo; el mediterraneo a Gabrielle Salvatore y su maravilloso mundo griego; Grecia me regala el sonido del acordeón... y el acordeón me lleva sobre corcheas y semicorcheas hasta París, ciudad favorita de mi abuela, de mi padre y ahora mía. Me deslizo a escondidas entre las sombras del Sena para navegar hasta Île de la Cité, y me elevo flotando sobre pentagramas a las gárgolas en busca de Quasimodo. ¿Juegos musicales? ¿Sueños  infantiles? Un poco de todo...

Suena el piano de nuevo aunque ya no oigo el tic tac oscilante y acompasado del reloj, ni vuelan hadas sobre el rayo de luz que ya no entra por las rendijas. Empezando a desmentir convicciones concluyo que el piano sólo sonará igual si ella vuelve para tocarlo. Eso ya no podrá ser. Pero no importa. Siempre podré recordar el "Adivina, adivinanza..." y todos esos momentos que la vida me ha permitido compartir a su lado. Siempre podré volver al túnel para explorar mis recuerdos.

PD: ¿tenéis momentos imprescindibles que creíais olvidados? ¿me los contáis?

26/6/10

Todo el tiempo del mundo


Perpetuando la memoria a cada instante, definiendo un destino a corto plazo, adueñándose del mundo paso a paso. Saltos pequeños impulsados por pequeñas piernas. Asemeja que tuvieses almohadillas en los pies; un correr aprisa que dibuja distancias cortas recorridas. No hay reloj. No hay horarios cuando el tiempo lo marcan tu risa y el juego, cuando cada segundo es una carcajada y cada minuto un descubrimiento. Saltas, corres, brincas en tu mundo imaginario. Sola, pero con miles de amigos. Cerca de allí, en un banco destino al mágico castillo, tu muñeca te sonríe. Lo hace siempre y mientras lo hace se cumplen todos tus sueños. Se aparece un arco iris invisible de globos de colores. Se ilumina el cielo. Los ruidos se apagan, de repente, en un acuerdo no escrito entre el cielo y el suelo para dar paso a la música, una música que oyen muy pocos. Tú la oyes, y le has puesto letra y la tarareas..., tu muñeca sólo sonríe. Como no puede saltar como tú, sonríe. Sonríe y vive en su cuerpo inanimado a través de ti. Tu actitud desafiante, valiente ante la incertidumbre de no saber qué pasará mañana porque no te importa, porque no lo piensas, porque lo que tenga que pasar será una sorpresa segura, porque todo el tiempo es tuyo. Alcanzarás cualquier meta no propuesta porque vives envuelta en la seguridad  plena de que todo lo imposible no lo es. Mientras tu muñeca ría todo el aire es tuyo. 

Se ha convertido en parte de mi rutina diaria. De un tiempo a esta parte casi todos los días nos cruzamos. Somos tres: la niña más bonita del mundo, su madre (tambien probablemente la madre más bonita del mundo) y yo. Cada día, si nada interfiere, coincidimos en la misma calle y a la misma hora. Ha convertido mi muy habitual desgana matutina de bostezos quejicas en un optimismo inexplicable. La niña no camina, baila. Sus pies, acompasando el ritmo de todo lo demás, convierten una acera gris en el camino de las baldosas amarillas. No habla con su madre, sólo la mira y sonríe. Y sonríe siempre. Y siempre que sonríe ilumina todo lo que se le acerca. Su madre se ilumina, su vida se ilumina y mi mirada también. Deseo cada día que esa niña se coma el mundo a sonrisas y que lo haga sin prisa, que no crezca demasiado pronto, para que no se marchite esa forma de vivir, para que esa niña esté siempre en mis mañanas de desgana y bostezos.

Sé que es fugaz la belleza de esta escena, como lo es su infancia, y sé que es fugaz porque sólo es posible esa felicidad completa, sincera, sin disfraces, con la posesión de la inocencia, de una muñeca preciosa y todo el tiempo del mundo. Ser niño debería ser una obligación, no un derecho. Y las muñecas deberían sonreír. Siempre.

Echo en falta cada día a esa niña que hubo y que aún quiere estar...

3/4/10

Un yonki, un perro y los Ferrero Rocher


"Chocolate" de elusive-art


No tengo manos libres en mi coche. Si lo tuviera es poco probable que el móvil sonara mientras conduzco, pero no lo tengo. Es por eso que siempre habrá alguien que se empeñe en llamarme cada vez que arranco y me incorporo a la carretera. Podría intentar contestar en movimiento, peligroso equilibrio entre móvil, volante y mi más que dudosa visión espacial, pero reconozco que soy más amiga de los riesgos controlados que de las conductas suicidas por eso no lo hago nunca. Ayer no fue una excepción. Tan pronto oí la melodía de mi móvil aproveché que estaba en una zona de fácil aparcamiento y orillé el coche hacia la derecha. Sólo entonces vi quién me llamaba: era mi hermano. Quería recordarme algo que bien me podría haber recordado por la noche (que nos veríamos) pero como ha contratado una de esas tarifas planas de "llama-y-no-pagues-ni fines de semana-ni festivos-ni domingos-ni fiestas de guardar"  usa el teléfono para casi todo. Y allí estaba yo, a pleno sol en un día que amaneciera lluvioso, embutida en mi plumífero negro, achicharrándome por momentos. Mi hermano es pelín charlatán. Yo no tenía prisa y él muchas ganas de hablar, así que decidí cruzar a la acera de enfrente, donde desde hace años hay un bonito paseo a orillas del río con sus bancos, arbolillos, cisnes y demás fauna. Salí del coche, lo cerré y, cuando ya me disponía a cruzar vi cómo del coche que estaba aparcado detrás del mío (coche claramente abandonado si tenemos en cuenta que no tenía ruedas) se abrió la puerta de atrás y salió él: un muchacho flaco, sucio y bajito de edad indefinida, tatuada su cara por problemas  pasados, un presente indeseable y un futuro más que  incierto, un verdadero yonki de los de manual. Cara enrojecida, granulada y huesuda, su rostro era todo pómulos y ojos, casi sin nariz ni dientes y con el pelo largo, revuelto y enredado. Tras él un enorme (y sucio) perro de Yonki. No es necesario decir que, a pesar de no inmutarme, casi me dio un soponcio.

En la carretera había mucho tráfico pero por ninguna de las aceras pasaba un alma. Mientras me recomponía del susto oía la voz de mi hermano al otro lado del teléfono. Miré hacia ambos lados, distraídamente, pero no dejaban de pasar coches y por tanto no podía cruzar, y antes de darme ni cuenta aquel muchacho, mediante señas, me preguntó si tenía un cigarrillo. También mediante señas le contesté que no, que no fumaba. No le mentí, aunque supongo que pensó que sí lo hacía. Entre dientes dijo algo que no intenté ni adivinar; podría ser 'gracias' o 'vete al carajo',  e inmediatamente se metió de nuevo en el coche. Por fin, conseguí cruzar. Ya más tranquila  y como si por el simple hecho de cruzar pasase del infierno al cielo me relajé un poco. De pronto empezó a aparecer gente por todas partes. Vi cómo se acercaban por el paseo un padre y sus hijos en sus respectivas bicis; a unos pocos metros de mí, cerca de un puente de madera, había un pescador  solitario con una radio encendida; más allá una pareja que hacia footing..., y mientras, mi hermano seguía hablando hasta que, atropelladamente, me dijo que tenía que colgar, que le sonaba el teléfono fijo. Así que regresé a mi coche, al otro lado de la carretera.

Intentando no parecer una fisgona ni siquiera miré para el coche/casa abandonado. Estaba ya abierto el mío cuando de nuevo se abrió la puerta de atrás. Como en un flash back aquel hombre sucio, flaco y bajito y su sucio, enorme y hermoso perro salieron de nuevo. Inconscientemente me quedé mirándoles y los vi acercarse. el muchacho delante y su perro detrás. Se pararon frente a mí y aquel hombre me tendió las manos a modo de bandeja. Cuando me fijé bien no daba crédito. Sobre aquellas manos sucias como su mirada con unas uñas negras como los ojos del perro aparecieron unos preciosos bombones Ferrero Rocher. A pesar de que me quedé petrificada por la sorpresa reaccioné bastante bien. Sonreí nerviosa, y dándole las gracias cogí uno. Se ofendió. " Coge los cuatro. No me los rechaces". Y me los dio TODOS. Allí me quedé, rígida como un palo de escoba, con mis  manos a modo de bandeja ocultas tras aquellos bombones dorados que, como por arte de magia, surgieron de un coche mugriento y abandonado en manos de un hombre tan poco dulce en apariencia. El yonki me sonrió, hizo algo parecido a una reverencia y de nuevo desapareció tras la puerta trasera de su coche-cama, con su perro casi más grande que él pero no más grande que su corazón.

A ver cómo demonios hago para, a partir de ahora, comer un Ferrero Rocher y no acordarme de este hombre. Aunque, pensándolo bien, ¿por qué no recordar las cosas bonitas que te pasan en la vida?

5/3/10

La fragilidad



Tal vez algún día no me gusten mis comidas favoritas, ni me tome la medicación que me ha prescrito el médico y que, según sus palabras, hará mucho bien a mi ya debilitada salud; tal vez algún día tarde demasiado en llegar a casa porque no estoy del todo segura de si se llega antes desde la circunvalación o yendo hacia la rotonda; tal vez algún día esos rostros que al llegar me observen, enternecidos por una lágrima inminente, no me produzcan ningún tipo de sentimiento que no sea la propia sorpresa de que un desconocido sienta tanto cariño por mí y tenga la incómoda manía de llevarme de la mano a todas partes; tal vez llegue un día en el que me lavaré los dientes tres veces antes de irme a dormir y me acostaré demasiado tarde porque antes debo comprobar otras cinco que la ventana de mi habitación está convenientemente cerrada y alejada del molesto ruído de afuera;  tal vez algún día leeré el mismo libro durante un año entero porque no consiga pasar de la página 10 sin tener que retomar el principio de la historia, o estrene ropa que aparece cada día en mi armario sin que yo tenga en la mente haber ido a comprarla; tal vez algún día el color rojo no tenga nombre y el sonido del teléfono me desconcierte porque me resulte desconocido. ¿¡Quién lo sabe!? Pero si eso pasa, si algún día no soy sino el reflejo de una vida sin recuerdos y mi único tiempo verbal sea el presente, ojalá entonces alguien se dé cuenta de que, aunque yo ya no lo tenga entre mis recuerdos, los suyos dibujan fotogramas en los que yo aparezco cada minuto durante mucho tiempo. 

¡Qué mal utilizamos la memoria! ¡Qué poco valoramos los recuerdos importantes! somos asesinos de lo hermoso y ensalzamos los rencores, las "encomiendas" (innecesarias) que no se pueden demorar, los asuntos urgentes y las tonterías diversas. No tenemos ni un minuto para el cariño, pero no nos importa gastar años enteros en recordar algo que nos hizo daño. Os invito a reflexionar y establecer vuestra lista de recuerdos y, si os sobran unos pocos minutos, ver este video. Tal vez algún día alguien os la agradecerá..., o no.

5/5/09

Érase una vez...

Érase una vez una tarde luminosa. Caminaba despacio, como se camina cuando no tienes prisa por llegar y te mueves lenta, tan lenta que tus pies parecen acariciar el suelo en lugar de tocarlo. Eran casi las cuatro. 'Me queda más de una hora' - pensé -. Con tantos minutos excedentes decidí que lo mejor era hacer tiempo. ¡Qué paradoja! El lenguaje es tozudo a veces y nosotros unos engreídos. Me sobraba una hora y me puse a hacer tiempo. Los humanos y sus maravillosos poderes. Como si el tiempo se pudiese hacer. Todo el mundo sabe que es él quién te hace a ti, a base de días vividos e instantes malgastados. Sin pensarlo apenas mi cuerpo decidió que se iba a pasear conmigo. Me dejé llevar, sin resistencia ni destino concreto, y acabé alejándome del barullo del centro de la ciudad.

Hay un paseo fluvial muy apetecible donde yo vivo. Podía caminar un rato por allí e ir andando a la cita de las cinco. Me pareció una buena idea. Llegué enseguida y me puse a observarlo todo. El río discurría manso, calmo, como dormido. Normal. Se despertaba de la siesta.

Mi río no es navegable, pero tampoco inútil. A escasos metros de mí estaba siendo recorrido por una pareja de elegantes y presumidos cisnes que parecían caminar sobre sus aguas de un color indefinido, difuso y molesto. Enfrente encontré el motivo: el sol brillaba sobre él, imponente y lejano, hasta convertirlo en una inmensa y curvada bandeja de plata. Decidí alzar la vista. Sobre ese sendero de agua el cielo era de un color azul blanquecino. No. Quizá era blanco desteñido en azul. Las nubes parecían estelas de aviones invisibles. No. Quizá las estelas de aviones parecían nubes. No es relevante. Lo cierto es que, fuese como fuese el techo sobre aquel camino acuoso, era el paraguas de una tarde perfecta. La luna se mostraba esponjosa. Tenía un mordisco. 'Probablemente ha sido el sol, por haberte asomado demasiado pronto'. Me reí de mis propios pensamientos, como tantas veces, y seguí mi paseo involuntario.

De repente oí tu nombre. Me giré. Te busqué con la mirada, pero no te vi, ni vi a quien pudiera nombrarte. Aparentemente allí no había nadie más que yo. Me asusté y descubrí que, como un latigazo, me escocía el corazón. Así debe de ser cómo escuecen las llagas de la añoranza. Menos mal que mis inseparables gafas oscuras escondieron unos ojos empañados en nostalgia y empeñados en derretirse sin mi permiso. Los ojos derretidos no funcionan, así que los míos dejaron de hacerlo. No veía nada en el exterior. No había río, ni sol, ni luna, ni cisnes elegantes. No había un techo azul, ni blanco, ni nubes. Ya sólo veía, como en un barrido de imágenes imperfectas, escenas efímeras, momentos, lugares y tu cara en todas ellas. Sin saber muy bien cómo conseguí que se paralizasen. Y ahí estaban: unas zapatillas de baile azules, tus mejores zapatillas. Y pude verte girar como una peonza, insegura, buscando el equilibrio (sin conseguirlo) de un cuerpo demasiado desgarbado y flaco, pero con una mirada triunfal por ser la dueña de aquellas bonitas zapatillas. Las mías eran rosas. Tú siempre te reías por eso. Sí. Mi madre siempre fue más cursi que la tuya.

Durante un rato me acompañaste. Tú estabas allí junto al río, bailando a trompicones. Oía tu voz: "Nunca podré hacerlo bien" - insistías cada tarde, derrotada. No fue así. Bailabas mejor que yo. Me imaginaba a tu lado, como tantas otras veces, camino de nuestra clase de ballet. Yo iba sola desde mi casa a la tuya, a unos pocos metros. Me esperabas siempre en la acera, sentada en aquel murete de una obra eternamente inacabada. Luego poníamos rumbo a la academia. Así durante muchos años. Muchos. Un día cambiamos la academia por la discoteca, pero seguimos bailando juntas. Lo hemos hecho desde muy niñas y hasta hace muy poco.

Seguí caminando sin darme ni cuenta, pero dejé de verte bailar cuando oí mi nombre. A la vez, desapareció tu imagen y volaron tus zapatillas azules. Eran ya las cinco y casi había llegado a mi cita. Mi amiga me encontró cerca de la terraza en la que habíamos quedado. "¿Has venido caminando?" - me preguntó - Le mentí. Le dije que sí. Para qué explicarle que no, que en realidad había llegado bailando, acariciando las calles, casi de puntillas, y contigo a mi lado.

En ese momento caí en la cuenta de que, aunque me sobre una hora, y aunque me ponga a hacer tiempo, no puedo conseguir lo que me gustaría, que es regalártelo a ti y así poder verte girar sobre aquellas zapatillas azules, riéndote de mis cursis zapatillas rosas de niña pija. No pude evitar enfadarme un poco al pensar en lo injusta que es a veces la vida. Debería estar prohibido irse así, sin un último baile ni un tiempo de despedida. Debería ser un derecho despedirse y una obligación acudir al abrazo de quien se va. ¡Quién sabe! Tal vez también por eso para mi serás siempre inolvidable.

PD: Dedicado a Cris, mi compañera de baile (y de pies doloridos) durante tantos años quien, a pesar de que siempre llegaba tarde, se ha ido demasiado pronto.

19/3/09

¿Y si fuera cierto?


Recuerdo desde muy pequeña que el día del Padre solíamos comer fuera, no exactamente por ser el día del Padre, sino porque a veces era festivo y además el santo de mi abuelo paterno. Siempre que podíamos nos íbamos al pueblo natal de papá, en la costa coruñesa, a pasar el día. Una vez allí él se las ingeniaba para encontrar un puesto o kiosko en el que vendiesen globos de colores. A mí me encantaban. Mi favorito: el rojo. Me pasaba ese día "atada" a un cordel de un globo enorme anudado en mi muñeca de la mano izquierda. Con la derecha me tenía que comer las chuches.

Si bien alguno de esos globos explotaba estrepitosamente por un uso indebido, otros tantos simplemente desaparecían de mi vista volando imparables hacia quién sabe dónde a causa de un descuido o de un nudo mal anudado. Nadie sabía decirme con exactitud dónde acabarían, nadie excepto mi padre que, muy imaginativo, me contaba como si de "un gran secreto" se tratase que, probablemente, estarían en algún lugar allá arriba con el resto de los globos perdidos. Yo me lo creí al principio. Sonaba divertido. Poco a poco ante semejante ocurrencia pensé que mi padre, simplemente, estaba chiflado, y me reía de él.

Vi este video hace un tiempo y pensé ¿y si fuera cierto? ¿y si mi padre tenía razón? Sea como sea, siento haberme reído de él porque está claro que no era el único que creía esto.



14/1/09

Una persona inolvidable


Llevo unos días con problemas de inspiración. No es la primera vez ni será la última. Nos pasa a todos los que escribimos. Bueno, eso creo. Y que quede claro que yo no me considero "escritora", ni siquiera una aspirante a serlo, pero cuando me pongo ante un papel en blanco (siempre escribo sobre papel antes de teclear en el ordenador) he de reconocer que el respeto que le tengo a esto de contar lo que sea: historias, paranoias o poemas, me hace tenerle algo de miedo a las palabras. Entro en el grupo de personas para las que la escritura es más difícil cuanto más te gusta escribir. Sí, es un fastidio.

Supongo que el mes de enero es un mes de velocidad lenta y eso está haciendo de las suyas en mi estado neuronal. Época de rebajas y con el espíritu gris de la crisis mundial económica-política-humanitaria es como si mi cerebro también estuviera en crisis o sintiera que no tengo nada que decir. Suena a solemne tontería: yo, cotorra reconocida y reconocible, ¿callada? Pues sí, para descanso de muchos, porque creo que cuando no se encuentran las palabras adecuadas lo más adecuado es el silencio. Sin embargo no soy especialista en silencios indefinidos porque en esto de escribir me declaro reincidente. Todo lo bueno se acaba, lo siento. Ya estoy aquí de nuevo ¿ Y por qué he salido de mi maravilloso silencio? pues porque se me ha encendido una lucecita. Sí, claro, la de la Luna llena, que es la que me inspira, como podréis suponer, que anteayer estaba inmensa sobre mi ciudad.

En realidad tengo que escribir sobre algo que no quiero olvidar. Un encuentro que tuve la semana pasada. Fue con un buen amigo de mi padre, "de los de juventud" como decía él, de ésos que no ves hace ya muchísimos años pero reconoces de inmediato. Es sorprendente, pero a partir de una edad indefinida (y variable) parece que los mayores no cambian, ¿no creéis? a mí me lo parece.

Pues bien, a este amigo de mi padre le saludé yo porque no me reconocía "sin las trenzas", palabras textuales. Realmente en ese instante caímos en la cuenta de que hacía mucho que no me veía. Nos pusimos al día y al final llegamos al tema más común cuando alguien habla de mi padre: su sentido del humor. Cómo se las ingeniaba para contar un chiste o una historia sin reírse ni despeinarse un pelo mientras provocaba en los demás una carcajada interminable. Evidentemente recuerdo muchas cosas de mi padre, y no todas buenas, que las broncas silenciosas de mi padre eran "de mucho miedo", pero si hay algo que recuerdo con total claridad es cómo él, con el semblante tan aparentemente serio, te podía hacer reír. Era fascinante. Recuerdo que muchas noches de verano me escondía tras la puerta del salón (puntualmente, a las nueve y media una servidora estaba ya acostada, que no durmiendo) y a hurtadillas espiaba las tertulias estilo el club de la comedia que mi padre tenía en casa con sus amigos. Alguna vez me pillaron, recibía religiosamente una bronca, que era leve por haber testigos, y que siempre valía la pena. No me enteraba de mucho, es cierto, pero se lo estaban pasando tan bien que yo, por empatía, creía que también. Maravillosa infancia, ¿verdad?

Pero no es esto todo lo que quiero recordar. Lo que quiero recordar es algo que pasó después, cuando nos despedíamos ya. Ese amigo de mi padre, hombre canoso y cansado, con una mirada entrañable, se giró y me dijo: "¿Sabes lo mejor de tu padre? que fue de esas personas que recordarás siempre... Una persona inolvidable..."

Estoy algo sensible últimamente, para qué mentir, pero esta frase casi me hace llorar. Es precioso que te recuerden así. Al menos a mí me lo pareció. Después de esto me he puesto a pensar en qué recuerdos dejaremos en los demás; si se nos recordará mucho, poco o nada; si la gente que vayamos conociendo puede que un día no recuerden ni nuestro nombre; si hablarán de nosotros con cariño o con odio o simplemente no hablarán. No lo sabremos. Quizá es que ni siquiera es importante. No lo sé. Aunque intentemos hacer las cosas bien hay que ser consciente de que no a todo el mundo le podemos traer buenos recuerdos. Si soy sincera creo que me daría un poco igual la estela que haya dejado en los demás, pero lo que no me gustaría es provocar indiferencia, que alguien hablase de mí y dijese: "Pues yo... no la recuerdo"

Supongo que no tiene mucho fundamento científico esto que voy a decir pero lo cierto es que, si alguien que te ha conocido (y no me refiero al vendedor de la O.N.C.E al que una vez le compré un cupón) no te recuerda apenas es como si esa parte de tu vida fuese una pequeña mentira unilateral. ¿Estáis de acuerdo?

Sé que estaba mejor callada en mi maravilloso silencio. Pero, siempre le podemos echar la culpa a la dichosa Luna llena...

3/2/08

Grandes criaturas, pequeños seres..


Nos hemos pasado la vida rodeados de ellos. Formábamos parte, años ha, de esa maravillosa "tribu". Si debo ser sincera hoy me cuesta creer que alguno de los personajes con los que tengo que lidiar a veces lo hayan sido algún día. Seguro que ya sabéis de quienes hablo: sí, me refiero a esos increíbles seres diminutos que normalmente no paran, que a menudo sus ojos, casi de un modo sobrenatural, se duplican en tamaño cuando algo les sorprende, porque todavía no han perdido la capacidad de sorprenderse; de esos loritos que si hablan lo hacen muy alto y que son capaces de ver un cañón de piratas en un tronco hueco.

Ayer parecían haberse duplicado en mi ciudad, ¡palabra!. Y no sé, igual como se movían muy rápido, parecían más, pero estaban por todas partes. Semejaban estar desaforados: muy ruidosos y chillones (¡más chillones de lo habitual!), corrían sin ton ni son y casi siempre hacia ningún sitio (en eso sí me fijé) disfrutando con la sensación de que, por un momento, todo era un gran juego.

Habían descubierto, muchos de ellos por primera vez, que no era necesario llegar al parque que parecía estar tan lejos de sus casas para jugar luego 30 minutos en apenas 50 m2 escasos de tierra y mucha competencia para subir al tobogán. Las calles eran por fin suyas, y esta vez no como resultado de la imaginación de sus mentes infantiles, sino porque la habían invadido sin que nadie “luchara” por dominarlos.

Por un momento desaparecían las reglas. No había coches que esquivar, no había prisas, no había que merendar sin hambre, sentados de medio lado en un banco cochambroso y con un pie destino a "me voy a pillar ese columpio" mientras, perplejos, pensaban "me gusta comer en el parque, no tengo que lavarme las manos...” Hoy no había que llegar a ese mini mundo de juegos, hoy el mundo era un inmenso parque infantil.

No sé si me gustan realmente los Carnavales. Supongo que cuando era niña eran mejores, o quizá no. La palabra es que eran sólo "diferentes". Por aquel entonces yo no era el espectador sino una protagonista más. Ahora mismo disfruto mucho como público. Sin embargo aún me gustaría menguar un poquito para pasar desapercibida y mezclarme para ser uno más en ese fugaz escenario de salón de risas y juegos.

Si alguien me pregunta si me gusta disfrazarme, si me gustan los Carnavales, yo suelo contestar algo de lo que me poco a poco me he ido convenciendo, y es que "no hay respuestas rotundas ante una pregunta". A mí las cosas me gustan cuando me lo paso bien. Ayer contesté tajantemente que me encantan los Carnavales.

MORALEJA: "Debo vivir como un adulto, pero me gusta soñar como un niño"

9/6/07

Clara y María



¿Recuerdas aquellos días? Las tardes eran largas, largas tardes de verano. Nosotras dos siempre juntas, inseparables. Nos parecía que el mundo se limitaba a aquel trocito de tierra que era la casa de los abuelos. Allí compartíamos nuestros secretos y nuestros juegos de niñas queriendo ser adultas. Nos pasábamos horas inventando historias, hablando de nuestras cosas, todas tan importantes, ¿recuerdas? descubriendo sensaciones nuevas y esperando a que se pusiera el sol. Qué rabia cuando anochecía...¡Cómo nos costaba volver a casa!..

Los mayores no lo entendían, no entendían que se pudiera hablar tantas horas, ¿de qué teníamos que hablar? se preguntaban. Según ellos era imposible que tuviéramos algo que contarnos. No tenían ni idea. Tarde tras tarde, día tras día, y no parábamos de hablar. Nos gustaba imaginarnos cómo sería nuestra vida cuando fuéramos mayores como la prima Sara, tu hermana, a la que envidiábamos tanto porque....¡ya tenía novio! ¡Qué suerte! Y pensábamos con la ingenuidad del desconocimiento, que cuando llegara ese momento, nos respetarían por fin y podríamos hacer las cosas sin permiso, sin tener que dar explicaciones a nadie.

Ahora que ya somos mayores, miramos atrás, y en la distancia de todo aquello, nos hemos dado cuenta de que no es exactamente así. Y nos reímos todavía, y con una expresión entre sonrisa y decepción, nos sorprende ver que no han cambiado tanto las cosas. En realidad seguimos pidiendo permiso para lo que hacemos, solo que han cambiado los interlocutores. Ya no son nuestros padres o nuestros tíos, pero seguimos dando explicaciones.

¿Te acuerdas de aquel verano? Fue uno de los mejores veranos de nuestra vida. Y lo fue porque estaba todo por descubrir y teníamos mil proyectos que sabíamos positivamente se podían alcanzar.

Ojalá no perdamos nunca ese recuerdo, para no perder del todo la sensación de que se pueden alcanzar los muchos o pocos sueños que aún nos quedan.

Óleo de Inesca (Ines Corral)