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7/1/11

El perfil de los molinos


Moulin la Galette-Montmartre-París
(un atardecer cualquiera)

A veces cuando sueño te salgo a buscar para caminar sola junto a ti, me alejo para poder estar más cerca, me callo para decir lo que siento y cierro los ojos para verte. Sólo dormida puedo tocarte cuando no estás. Elevo mis manos hacia el cielo compartido contigo y atrapo las nubes que los pájaros me acercan para usarlas como almohada y abrazarme a ella para abrazarte a ti. A veces cuando sueño escucho atenta para no tener que confesar lo que en realidad quiero oír. Escribo el futuro sobre recuerdos de mi pasado sin tinta, sin papel, sin trazos que delaten el temblor de mis dedos cuando te pienso. Lo hago cantando. Permuto las letras por las notas, las palabras por la música, bailo sobre el suelo que no toco, no es preciso caminar mientras sueño. Llego sin moverme a cualquier sitio, y consigo modificar los perfiles hasta dibujar tu rostro. Coloreo el blanco y negro mientras sueño, o el verde se convierte en azul intenso, como la mar, nuestro refugio. Respiro fuerte, muy fuerte, inspiro hasta que me duele el pecho para apropiarme de cada olor, de cada sonido, de cada silencio y así perpetuar cada instante definido para ti que solamente yo he vivido. A veces cuando sueño veo un desfile de deseos acunados por el sonido de una voz que no conozco y que sé que es tuya. En este mundo que no existe pero que yo habito a escondidas cantamos susurrando nuestra canción eterna que las olas nos ayudan a componer. A veces en mis sueños dejo de soñar y eso es justo cuando despierto...

Mi regalo de Reyes favorito no tiene gran valor pero es muy valioso, no llegó envuelto en un bello papel de colores pero es de colores sobre papel. No puedo viajar con él pero me con él he disfrutado del mejor viaje que recuerdo haber hecho en toda mi vida. Mi regalo de Reyes favorito hace mucho tiempo que me ha sido entregado pero siempre me ilusiona saber que aún lo tengo. Él me ha enseñado a hacer lo más parecido a vivir que a veces podemos: SOÑAR, soñar siempre. Mi regalo de Reyes favorito es un libro (¡cómo no!) de El Quijote, versión ilustrada, con tapas de cuero blanco (ya más cuero que blanco) y unos dibujos preciosos. que me regaló mi abuelo allá por el siglo pasado, cuando yo creía, como el inefable caballero, que los molinos de viento en realidad eran gigantes. Hoy ya no veo gigantes en los molinos, aunque, si entorno suavemente los ojos,... tal vez...

Mi regalo de Reyes favorito sigue siendo ése ¿cuál es el vuestro?


5/10/10

De tardes de verano, juegos infantiles y pianos de cola....


Interior del Kodak Theatre.
Los Ángeles. Julio 2010

Suena vibrante la música del piano. Sobre él tus manos huesudas y hermosas de dedos largos, arrugados y firmes. Lo acaricias hasta convertir el contacto en música con apenas un leve roce. Cada tarde, todas las tardes, me transportas entre notas traviesas que juegan hasta componer acordes perfectos. Teclado en una línea perfecta de ébano y marfil. Damero en fila india de blancas y negras. Poderosa fuerza, intensidad sutil. El escenario completo es inmenso antes mis ojos de niña a la altura de 1 metro del suelo. Sobre la chimenea un reloj de cuco con cuco, marcando el péndulo un tic tac hipnotizante. Cortinones bermellón cubriendo las gigantescas ventanas sobre unas altísimas paredes. Un leve rayo de luz indiscreto asomando entre las rendijas. Camino invisible transitado por miles de motitas de polvo que yo confundo con hadas, ejército de seres diminutos que también quieren volar y acaban cayendo sobre las teclas, que los acunan. Toda la estancia huele a humo de pipa, rosas, libros y partituras. No sé en qué orden. Tu mecedora es mi trono, convertida yo en princesa del reino de los sonidos. "Adivina, adivinanza..." Lo hemos convertido en un juego secreto en el que sólo jugamos las dos. Tengo cinco años y tú casi ochenta. Yo no sé nada y tú te empeñas en que lo sepa todo. Así que tú tocas y yo adivino la obra. Es perfecto. Me siento la persona más importante del mundo, el centro del universo, una privilegiada habitante de un mundo paralelo que nadie más que nosotras conoce. Y así pasamos horas entre sonidos asombrosos, frenéticos, lánguida melancolía a veces y maravillosas melodías siempre mientras mi rostro de niña embobada por los sonidos que acaricias te hace sonreír.

Mi vida está repleta de momentos imprescindibles que dormitan en el olvido de mis recuerdos. A veces los rescato del túnel en el que habitan y entonces reescribo mi biografía. Somos lo que vivimos, ¿no se dice asi?

Apenas tenía cuatro o cinco años. Las imágenes son confusas, diría que en blanco y negro. Creo que ya no me acuerdo de su cara. Ya no veo con nitidez su sonrisa, tan bella, que acabó desdibujándose. Siempre pasa cuando el tiempo se empeña en ganar batallas. Pero la agudeza sonora de la música siempre araña recuerdos de mi inconsciente más lejano. Suena el piano de nuevo y sus notas todavía me recuerdan a esas tardes compartidas en la casa del pueblo, refugio contra el calor del verano; el verano me recuerda a la luz del mediterráneo; el mediterraneo a Gabrielle Salvatore y su maravilloso mundo griego; Grecia me regala el sonido del acordeón... y el acordeón me lleva sobre corcheas y semicorcheas hasta París, ciudad favorita de mi abuela, de mi padre y ahora mía. Me deslizo a escondidas entre las sombras del Sena para navegar hasta Île de la Cité, y me elevo flotando sobre pentagramas a las gárgolas en busca de Quasimodo. ¿Juegos musicales? ¿Sueños  infantiles? Un poco de todo...

Suena el piano de nuevo aunque ya no oigo el tic tac oscilante y acompasado del reloj, ni vuelan hadas sobre el rayo de luz que ya no entra por las rendijas. Empezando a desmentir convicciones concluyo que el piano sólo sonará igual si ella vuelve para tocarlo. Eso ya no podrá ser. Pero no importa. Siempre podré recordar el "Adivina, adivinanza..." y todos esos momentos que la vida me ha permitido compartir a su lado. Siempre podré volver al túnel para explorar mis recuerdos.

PD: ¿tenéis momentos imprescindibles que creíais olvidados? ¿me los contáis?

29/7/10

Viaje al país de las maravillas


Estatua de José de Creeft
Alicia en el país de las maravillas.
Central Park. NY. Julio 2010

Años enteros se nos desbordan por los pasillos de la memoria. Recorren vestíbulos sin puertas y se topan con paredes transparentes que atraviesan sin esfuerzo para finalmente irse sin apenas hacer ruido. Presencias débiles de invisibles contornos, fantasmas de relojes quebrados.  No hay constancia de que algo haya pasado si no logró habitar ni un instante un lugar de dimensiones tan diminutas como el archivo de los recuerdos. Hay días que se desintegran con la caída del sol. Amanecen pero no están, y si no los vives no han existido. La vida no es una acumulación de tiempos, ni un desfile de semanas, ni crece apilando calendarios en los cajones. La vida se nutre de sentimientos, de instantes, de colores, de tactos y contactos; se olvidan enormes abrazos  y se recuerdan leves caricias que el paso del tiempo no puede borrar aunque apenas hayan llegado a tocar los bordes diluidos de nuestros poros. A veces, en un segundo, se olvida una vida entera. A veces se borra todo, se parte de cero, y nuestra biografía se centra para siempre en los instantes pequeños y concretos, colándose hasta nuestra alma a través de una puesta de sol, un sonido o una mirada. Compro minutos eternos a cambio de horas baldías y días sin sueños.

:) He vuelto, mis queridos lunáticos. He llegado de un largo y cansado viaje arrastrando conmigo todos los síntomas del turista. Me siento agotada, deprimida y eufórica. No necesariamente en ese orden, por suerte.

He estado de vacaciones y he cumplido uno de los... 80 sueños que me quedan por cumplir: viajar por EEUU. Un país de países, de dimensiones extraordinarias, con cuatro husos horarios y millones de personas llegadas de todo el mundo ¿Qué os puedo decir? Demasiadas impresiones si pretendo usar pocas palabras. He cruzado (literalmente) el país de las oportunidades en la época de las rebajas. He derrumbado mitos, he anulado prejuicios y tópicos que la distancia genera cuando lo que se nos enseña no es lo que hay que ver. Gente afable por todas partes, divertida mezcla de culturas, y un humor endiabladamente contagioso que yo no había previsto. He cumplido expectativas ya de entrada muy optimistas.  He vivido varios minutos eternos allí, muchos diría yo. Es probable que más de los que esperaba. Me gustaría poder compartirlos todos pero, me "eternizaría" si os los cuento todos. Haré un resumen, de ésos que tan mal se me dan y tanto os gustan a vosotros :)

Lista (resumida) de mis minutos eternos favoritos:

-NY: el instante en el que me acerqué al World Trade Center. Fue el minuto más doloroso. Han pasado casi 9 años desde que se derrumbaron los gigantes del skyline de Manhattan, pero aún se callan las voces al pasar por allí. Os lo juro que es así. Te rodea de repente un halo de tristeza y un escalofrío te eriza por dentro con una mezcla de respeto, dolor, indignación y duelo.

-Las Vegas: el paseo aéreo por el Gran Cañón del Colorado ha sido el minuto más espectacular. Si alguien ha estado allí sabrá a lo que me refiero, y si no, casi mejor no me molesto en explicarlo, porque es cercano a lo imposible hacerlo. Inmensidad, un calor brutal (no sé si el cielo existe, el infierno sí), y de banda sonora la música del desierto, que la tiene. "Accidente" geográfico le llaman los científicos. ¡Si todos fuesen así!

-Los Ángeles: aquí, por descontado, el minuto más 'glamouroso', pisando la alfombra roja frente al Kodak Theatre, la misma que minutos después acogía la presentación de la última película de Dicaprio,  más alto de lo esperado y más rubio de lo que aparenta.

-Santa Mónica: el minuto más veraniego. Una zambullida en una playa interminable de arenas blancas y suaves, a pies del Océano Pacífico, topónimo bastante inadecuado por cierto si hablamos de unas olas que se empeñaron en que me bañara hasta las arterias.

-Carmel: el minuto más patriótico. Un grupo de mejicanos nos saludó cantando el "Yo soy español, español, español"; mientras hablaba con simpatía del pulpo Paul, nos contaban la reunión familiar en la que unas 30 personas  habían visto juntas la final del mundial (con banderas de España incluídas, "de las del toro"- insistían) y nos felicitaron como si el partido lo hubiésemos jugado nosotros.

-San Francisco: el minuto más frío lo viví mientras esperaba para  subirme al tranvía más televisivo. En pleno julio unos 10 grados centígrados con una humedad relativa del 85% es frío hasta para una norteña como yo, pero el turista es de otra piel, y desafia al viaje, y como tal soporté estoicamente un trayecto por descontado precioso (la ciudad lo es entera) aunque con la incomodidad de ir demasiadas almas en muy pocos metros.

-Chicago: el minuto más ventoso y  la mayor sorpresa del viaje. El ascensor se para en el piso 100 de la Torre Sears. Desde ahí puedes abrazar al lago Míchigan, reluciente alfombra de agua. Una ciudad enorme con un perfil impresionante y rebosante de amabilidad por todas partes. Hermosa.

Y podría seguir durante horas y contar más minutos eternos, minutos divertidos, curiosos, entrañables, pero alguien me dijo una vez que cuanto más digas con menos palabras mejor se te entiende/atiende. Igual no era así pero la memoria es mentirosa, ya se sabe.

Si existiera la justicia (que no existe) todo el mundo debería tener la oportunidad de, al menos una vez en la vida, disfrutar de ese mini mundo, de poder llevarse en la maleta una mezcla explosiva y caótica de souvenirs, ropa sucia y horas sin dormir junto a unos cuantos preciosos minutos eternos que ayuden a seguir ilusionado en cumplir más sueños. Al final de eso trata la vida.

PD: ¿me contáis vuestros planes/aventuras de este verano?

4/8/09

Viaje a ninguna parte



(vista de las vías y rampa de selección
desde la torre de vigilancia)

Oswiecim, Julio 2009

Cracovia, 1942.

Ni siquiera importa cómo me llamo porque en breve seré sólo un número, así pues ya ni me presento. Me espera una vida nueva, un trabajo y un nuevo 'hogar'. No es del todo cierto, pero prefiero pensar así. Sea como sea no es opcional. Si soy optimista pienso en que podemos llevarnos a nuestras familias con nosotros y ni siquiera tendremos que preocuparnos por encontrar un lugar donde vivir ni hacer una (casi seguro) incómoda mudanza. Debemos, eso sí, llevar nuestras pertenencias más queridas y/o valiosas (que no siempre son las mismas). No tenemos que pagar el viaje porque se pone a nuestra disposición el medio de transporte habitual en nuestro tiempo: el tren. No viajaremos en primera clase pero, habida cuenta del coste cero que nos supondrá, es más que suficiente. El viaje comienza muy temprano, de madrugada, y lo iniciamos sin apenas haber dormido. Llevamos a rastras, buscando un difícil equilibrio, maletas, fardos, bolsas e hijos. El tren, inmenso, está a punto de salir y tenemos que entrar apresuradamente. Imposible encontrar un asiento porque no hay. Demasiadas personas hacen el mismo trayecto o el vagón es demasiado pequeño. Son los inconvenientes de viajar gratis. No podemos protestar.

Parece que ya estamos llegando, aunque no se ve la estación. Debe de estar tras esa torre de ladrillos. Llueve en Birkenau. Antes de parar por completo el tren compruebo que hay varios hombres esperándonos. Será para organizar el traslado y hospedaje. Parece que aquí está todo bajo control, por todas partes hay hombres informando de qué hacer en cada momento. Me tranquiliza saberlo. Tenía miedo de extraviar el equipaje pero, tan pronto bajamos, nos hacen etiquetar con nuestros datos personales todos los bultos que hemos traído. Luego los hombres uniformados nos los harán llegar. Somos muchos, no me había imaginado encontrarme con tanta gente aquí. Pero esto es muy grande, no alcanza la vista donde acaba, así que no habrá problemas de espacio. Hay personas por todas partes, de todas las edades, y niños, también hay muchos niños. Me alegra saberlo porque temía que pudieran aburrirse aquí. Nos dirigen hacia los barracones situados a la izquierda de la Torre. Nos informan de que será nuestra nueva residencia y nos avisan también de que antes debemos pasar a recoger la ropa de faena. En el camino nos vamos encontrando con decenas de personas a nuestro alrededor, algunos en cuadrillas de trabajo ya uniformados, y otros, que parecen ser los que mandan, organizando grupos que parece que, como nosotros, acaban de llegar. Al llegar a un edificio largo y estrecho oímos a alguien decir que hay que darse una ducha y cortarse el pelo. Dice que es para evitar contagios o infecciones. Parece razonable. Somos demasiados aquí y una ducha caliente nos vendrá muy bien después de un viaje tan largo e incómodo. Los más pequeños empiezan a estar cansados y los lloros, contagiosos como la risa, rompen el silencio tan pesado que nos rodea aquí. Resulta extraño pero, ahora que lo pienso, y aún a pesar de haber tantas personas, en este lugar hay sobre todo silencio. Delante de mí una madre consuela a un niño, sollozando de hambre o sueño o ambas cosas: "Pronto podrás dormir" le susurra, dándole un beso en la mejilla. Antes de que sus labios toquen la piel suave del niño se apagan todas las luces. De nuevo, sólo se oye al silencio.


Llovía en BIRKENAU cuando hice esta foto. Creo que no podía ser de otro modo. El silencio brutal e inmenso que hay allí te cala los huesos y el alma. Mientras intentaba que mis ojos abarcasen de un vistazo un terreno demasiado grande llovía afuera. Tuve la extraña sensación de que allí debería llover siempre, como si en una especie de homenaje póstumo fuese obligatorio que llorase el cielo para borrar tanto dolor.

He estado de vacaciones. En esta época siempre que puedo hago un viaje. Esta vez el destino ha sido Polonia. No estaba entre mis prioridades inmediatas, pero surgió la posibilidad y me apunté. Ha resultado ser un viaje fascinante, lleno de silencios y susurros, de luces y sombras, y sobre todo de colores. De rojo los castillos que aparecen como gigantes en casi todas partes, de mil colores las fachadas en sus ciudades llenas de historia e historias, y de verde el paisaje que tanto me ha recordado a mi tierra, verde como la esperanza de sus gentes y los lagos que salpican sus llanuras. Los polacos son alegres, amables y educados, ruidosos y muy callejeros; están muy cerca en el mapa pero muy lejos del carácter seco de sus vecinos checos o rusos y sonríen todo el tiempo. Será que quieren recuperar tantas sonrisas borradas a golpe de bombas e invasiones, será que no hay nada mejor para secar el llanto que el soplo de una sonrisa.

Sé que una estancia de apenas 10 días no es suficiente, que no permite sentencias, que ningún pueblo, ninguna cultura, ningún país con tanta historia a sus espaldas se puede conocer mediante excursiones más o menos programadas. No basta con comer lo que ellos comen, pasear por donde ellos pasean, o rememorar a golpe de guía acontecimientos del pasado. No es suficiente con fotografiar todos sus monumentos ni visitar todas sus iglesias. Tal vez haga falta toda una vida, incluso puede que ni toda una vida sea suficiente. Para comprender a un pueblo es tal vez imprescindible haber nacido dentro de él. Pero aún asumiendo mi desconocimiento e ignorancia, letrero que llevo pegado a mis espaldas de simple turista curiosa, me atrevo a afirmar que el carácter dice mucho de una comunidad y los polacos llevan la alegría en sus ojos claros, en su música, en cada rincón colorido de sus ciudades y en su chispeante y sempiterna sonrisa. Y para "los curiosos": sí, las polacas son (en general) muy guapas :)

¿Estáis tod@s ahí, estrellitas? Espero que sí.