21/11/08

Mentiras sinceras.


¿Compensa ser sincero? Bueno, supongo que sí, pero en la medida justa. Si vas al médico, por ejemplo, dile realmente cuales son tus síntomas, no sea que te trate el dolor de cabeza y a ti lo que te duela sea el tobillo derecho. La sinceridad compensa siempre que te afecte sólo a ti. Si dices: “soy una idiota”, pues bueno, es una pena, pero al fin y al cabo, no haces daño a nadie más con esa afirmación. Cuando recibo currículums, por ejemplo, sé de antemano que el 20% del contenido no debo creérmelo del todo, y no pasa nada, porque en muchos casos no ser sincero compensa. Es así. Y es que la sinceridad no está de moda. Y no hablo de "la verdad", que ya he dejado claro alguna vez que para mí no existe.

Pero mentir es agotador. Para mantener una mentira te verás obligado a inventarte unas cuantas más y tener una memoria prodigiosa para no olvidar ninguna de las que te has inventado. ¡Qué cansino! aún así las personas que conozco mienten, TODAS, todos mentimos, pues claro que sí, porque quien no mienta de los que me leen o dejan comentarios en este blog, que me expliquen el procedimiento para evitarlo. Mentir es mucho más fácil de lo que se cree. Mientes cuando no dices realmente lo que piensas, o lo "disfrazas" para que suene mejor. A ver: cuando pones una excusa a alguien para no ir, para que no venga, para no quedar, ¡¡ZAS!! ¿Qué estás haciendo? pues mentir. Claro, a esto le llamamos excusarse pero ¿qué es, sino, una mentirijilla? aceptada socialmente, eso sí, incluso el que la recibe suele pillar enseguida el desplante, pero hace que se lo cree ¿por qué? pues probablemente por la ley de la compensación: mañana él podrá mentirte sin sentirse un embustero. Es casi un acuerdo no escrito.

Nos hemos acostumbrado a mentir desde bien pequeños, utilizando una mezcla entre fantasia y mala leche, con la finalidad (habitual) de no recibir una bronca de nuestros queridos padres por algo que obviamente hemos hecho nosotros. Si hasta teníamos una canción que animaba las excursiones sobre ese tema ¿la recordáis? aquí está. Y es que la osadía de la infancia es infinita. Intentamos que nuestros progenitores crean que, en realidad, la travesura de turno ha sido obra de unos duendecillos maléficos y juguetones. Sí, es cierto, nosotros estábamos solos en casa pero... ¡los duendecillos son tremendos! ¡Pobres padres! qué admirable paciencia demuestran sabiendo que se la estás jugando y encima tienen que discutir sobre ello, y les desarmas porque en ese breve instante de ira no saben muy bien qué hacer, si reír y admirar tu “astucia” para evitar un marrón, o mandarte vía satélite una zapatilla por los aires.

No se puede ser sincero sin tener "x" problemas diarios. La de cosas que se te pasan por la cabeza y no dices. Como cuando en la panadería te cobran casi 1 euro por una barra de pan poco hecha y te dan ganas de hacerle una foto y llevarla de recuerdo y que hagan con ella bocadillos a 3 euros, que el timo, al menos, incluye jamón; o como cuando intentas averiguar qué señal de tráfico da preferencia de acceso a las aceras a esas cinco adorables ancianitas para que, como cinco elementos tomados de cinco en cinco, transiten por la acera tan anchas... y a lo ancho (y a más anchas las aceras, más ancianitas transitando); o como cuando un vecino llega tres segundos antes que tú al ascensor, te ve en la puerta (tú lo sabes positivamente) pero aún así, en tus narices se cierra la puerta del ascensor, mientras piensas: "¡ya está! ¡ya me he vuelto invisible! Y eso pasa siempre en el peor momento, justo cuando vas cargada con la maldita bolsa del súper que ha llenado la chica de la caja hasta los "no sé cuántos" kgs/litros de capacidad que soporta una bolsa convencional, como si le saliese del sueldo el coste de la bolsita de marras . Pero claro, tampoco es cuestión de montar un pollo. Se te echarían encima la cola de personas (con mucha prisa y poca paciencia) que suele ser la que yo me encuentro en el súper, que digo yo que será por la hora a la que hago la compra, porque de lo contrario, después de los maestros, la profesión con mayores bajas por estrés tendría que ser la de cajer@ de supermercado.

Aunque no me guste generalizar a veces es preciso hacerlo, y creo cada día más que EN GENERAL no compensa ser sincero, no le demos vueltas. Cuidado, que hay momentos en los que es obligatorio ser sincero. Debemos serlo con las personas a la que queremos y nos quieren, no hay problema si lo hacemos; esa sinceridad es estupenda (y necesaria) porque genera un vínculo de confianza que es imprescindible para que una relación sea mínimamente sólida, y porque creo que las mentiras en estos casos dañan mucho, eso sí, por descontado, más a quien las cuenta que al que las escucha. Pero no nos "desnudemos" siempre y ante todo el mundo (la sinceridad implica no andarse con rodeos ni maquillajes) porque estamos perdidos. Nuestros sentimientos se convierten en algo muy frágil y hacerlo te asegura un resfriado emocional en muy poco tiempo.

Sinceramente, me encanta la sinceridad, pero bien aplicada. Odio cuando la gente, usándola de escudo, te hace daño gratuitamente, y es que de sincero a imprudente hay un paso muy muy pequeño. No os mentiré, no tengo ni idea de porqué estoy escribiendo sobre esto y precisamente hoy, pero creo que es lo de menos. Sinceramente, no importa. Ni estoy de malhumor, ni estoy deprimida, o eso creo, es sólo que últimamente me desconcierta la forma en que las personas te mienten descaradamente, disfrazando esas mentiras de buenas intenciones pero malas artes. Fijaros, es sólo una anécdota: la mentira en la Biblia tiene la misma entidad que el asesinato, el adulterio, la envidia o el no honrar a los padres. ¿Será que la mentira es realmente mucho más grave de lo que nuestra cultura nos hace creer? Sabe Dios :)

Por último, os pido perdón porque (y no os miento) llevo un tiempo intentando desesperadamente resumir desde que alguien me ha recomendado que no escriba tocho-post si quiero mantener el interés (si es que lo tienen) en los lectores de mi blog... pero es que no sé hacerlo. Escribo como hablo, y escribir para mí es conversar en silencio, osea que me temo que a aguantar los tocho-post, el que quiera.

Os dejo una cita del polémico pero "sincero" Dr. House:

" Todo el mundo miente, la única variable es sobre qué"

PD: decidme, de estas mentiras, ¿cuántas no habéis utilizado aún? Leer

11/11/08

Pues ... "no lo sé"


Creo que es una de esas frases que casi nadie tiene en su repertorio de frases favoritas. Yo la he oído escasas veces en mi vida. Muy pocas. Y si alguna vez alguien ha reconocido su ignorancia ante algo, simplemente lo ha hecho disfrazándola con un poco de literatura. Pongo un ejemplo:

Tuve hace años un profesor de Comercio Internacional en la Facultad que usaba mucho en su lugar una expresión que a mí me encanta desde entonces. Cuando alguno de sus alumnos le hacía una pregunta que no sabía contestar él cogía su cuaderno, la apuntaba e inmediatamente decía, tan convincente como convencido: "Lo voy a averiguar." En mi ultimo año de carrera, coincidí con él en una conferencia. Al terminar nos encontramos en una cafetería cercana y charlamos un rato. Entre otras cosas surgió aquella ocasión, en un examen de final de curso, en la que en una pregunta sobre un trabajo presentado en clase sobre exportaciones, que yo no llegué a preparar bien, contesté con un sincero "Lo voy a averiguar". Me puso un cero morrocotudo en la pregunta, por descontado, pero me aprobó el examen y cuando nos cruzábamos en el pasillo de camino a clase, se sonreía y me saludaba. En esa cafetería, y con la confianza que me daba el tener ya su asignatura aprobada, le pregunté si en realidad cada vez que usaba esa frase afirmaba que no sabía la respuesta o era sólo por no "alargar" las clases. Me confesó, divertido: "Sí, era porque ignoraba la respuesta, pero ¿a que suena muchísimo mejor?.... " Creo que tenía razón. Es una forma elegante de reconocer que no se sabe algo. Pero... las hay mucho menos glamourosas. Os cuento:

Ayer he ido a preguntar por un encargo que había hecho ya hace días en una librería y la persona que me atendió no tenía ni idea de lo que le estaba hablando. Era evidente. Aún así miró y remiró durante un buen rato la lista de encargos pendientes, de cajas recibidas y de embalajes cerrados. Claro, a medida que leo lo que escribo intuyo que puede sonar a que soy pelín "desagradecida" y que esta persona sólo intentaba ayudarme. No soy desagradecida, en absoluto. Cierto es que, probablemente, su intención inicial fuese ayudarme. Pero yo insistía: "Volveré en otro momento"; mientras, él miraba y remiraba en las notas y todos los cuadernos que encontraba al alcance de sus manos. Él intentaba ayudarme al principio pero, al final, lo que NO quería era contestarme: "No lo sé, ven por la tarde que está la chica que te atendió". Simplemente no quería "reconocer" que no lo sabía. ¡Qué chorrada! El resumen de esto: estuve allí más de 10 minutos, me fui sin el encargo y sabiendo que tendría que "volver en otro momento".

El problema de no reconocer que no se sabe algo, lo que sea, es que te limita a la hora de mejorar y te impide conseguir algo mucho más importante: APRENDER. Yo quiero aprender; de eso, entre otras cosas, trata la vida. Aprender de muchas personas y muchas cosas. De casi todo el mundo se puede aprender algo. Cierto que puede ser algo malo, pero incluso de lo malo se puede sacar provecho si lo filtramos para la estantería de "NO TOCAR". Me gusta "aprovecharme" de lo que los demás ya saben para aumentar lo que yo sé. Ser selectiva a la hora de aprender es fundamental para mi. No me vale lo de "saber por saber". Cada día compruebo que todo aquél que cree saber de muchas cosas en realidad carece de muchos conocimientos básicos en muchas otras. No se trata de eso. Sólo hay que ser sensato a la hora de recibir información y "apartar la paja del grano".

Es habitual que lo que nos impide aprender no sean las ganas de hacerlo sino la predisposición a que nos enseñen. La capacidad de auto crítica es también algo que no suele abundar entre las personas hoy en día; tal vez sin querer se cae en el error de pensar que por no saber algo no seremos respetados (?) Tonterías. Lo que yo considero haría que no se nos respetase es si llegamos a perder las ganas de mejorar, de evolucionar, de tener cada día un momento para abrir los ojos, aguzar el oído y cerrar la boca un rato. Todo esto requiere cierta dosis de humildad porque implica aceptar nuestras propias limitaciones, y porque estás reconociendo parte de tus carencias. Pero, ¿y qué importa? Pues yo creo que absolutamente nada.

Me gustaría que cuando alguien tuviera que contestar no lo sé lo hiciera así, sin tapujos, ya fuera con esa frase o con una sustituta menos decepcionante, como mi hábil profesor universitario. Nos ahorraría a nosotros mucho tiempo y a ellos muchas explicaciones inconsistentes. A mí decir no lo sé no me provoca urticaria; es más, es mi respuesta más habitual ante muchas preguntas. Pero siempre estoy dispuesta a aprender y así no tener que contestar lo mismo la próxima vez.

Hace poco tiempo he conocido, a través de comentarios de una persona que lo lee, a Antón Chéjov. Realmente ha sido un descubrimiento. Me gusta su estilo, sus relatos; es un contador de historias maravilloso y me gustan sus mensajes, ocultos o explícitos. Resulta sensato (la sensatez tampoco es una virtud muy extendida). Aquí dejo una de sus frases, contundente y sencilla:

"Los hombres inteligentes quieren aprender; los demás, enseñar."

¿Por qué nos costará tanto reconocer nuestra ignorancia en según qué cosas? No logro entenderlo.