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3/4/10

Un yonki, un perro y los Ferrero Rocher


"Chocolate" de elusive-art


No tengo manos libres en mi coche. Si lo tuviera es poco probable que el móvil sonara mientras conduzco, pero no lo tengo. Es por eso que siempre habrá alguien que se empeñe en llamarme cada vez que arranco y me incorporo a la carretera. Podría intentar contestar en movimiento, peligroso equilibrio entre móvil, volante y mi más que dudosa visión espacial, pero reconozco que soy más amiga de los riesgos controlados que de las conductas suicidas por eso no lo hago nunca. Ayer no fue una excepción. Tan pronto oí la melodía de mi móvil aproveché que estaba en una zona de fácil aparcamiento y orillé el coche hacia la derecha. Sólo entonces vi quién me llamaba: era mi hermano. Quería recordarme algo que bien me podría haber recordado por la noche (que nos veríamos) pero como ha contratado una de esas tarifas planas de "llama-y-no-pagues-ni fines de semana-ni festivos-ni domingos-ni fiestas de guardar"  usa el teléfono para casi todo. Y allí estaba yo, a pleno sol en un día que amaneciera lluvioso, embutida en mi plumífero negro, achicharrándome por momentos. Mi hermano es pelín charlatán. Yo no tenía prisa y él muchas ganas de hablar, así que decidí cruzar a la acera de enfrente, donde desde hace años hay un bonito paseo a orillas del río con sus bancos, arbolillos, cisnes y demás fauna. Salí del coche, lo cerré y, cuando ya me disponía a cruzar vi cómo del coche que estaba aparcado detrás del mío (coche claramente abandonado si tenemos en cuenta que no tenía ruedas) se abrió la puerta de atrás y salió él: un muchacho flaco, sucio y bajito de edad indefinida, tatuada su cara por problemas  pasados, un presente indeseable y un futuro más que  incierto, un verdadero yonki de los de manual. Cara enrojecida, granulada y huesuda, su rostro era todo pómulos y ojos, casi sin nariz ni dientes y con el pelo largo, revuelto y enredado. Tras él un enorme (y sucio) perro de Yonki. No es necesario decir que, a pesar de no inmutarme, casi me dio un soponcio.

En la carretera había mucho tráfico pero por ninguna de las aceras pasaba un alma. Mientras me recomponía del susto oía la voz de mi hermano al otro lado del teléfono. Miré hacia ambos lados, distraídamente, pero no dejaban de pasar coches y por tanto no podía cruzar, y antes de darme ni cuenta aquel muchacho, mediante señas, me preguntó si tenía un cigarrillo. También mediante señas le contesté que no, que no fumaba. No le mentí, aunque supongo que pensó que sí lo hacía. Entre dientes dijo algo que no intenté ni adivinar; podría ser 'gracias' o 'vete al carajo',  e inmediatamente se metió de nuevo en el coche. Por fin, conseguí cruzar. Ya más tranquila  y como si por el simple hecho de cruzar pasase del infierno al cielo me relajé un poco. De pronto empezó a aparecer gente por todas partes. Vi cómo se acercaban por el paseo un padre y sus hijos en sus respectivas bicis; a unos pocos metros de mí, cerca de un puente de madera, había un pescador  solitario con una radio encendida; más allá una pareja que hacia footing..., y mientras, mi hermano seguía hablando hasta que, atropelladamente, me dijo que tenía que colgar, que le sonaba el teléfono fijo. Así que regresé a mi coche, al otro lado de la carretera.

Intentando no parecer una fisgona ni siquiera miré para el coche/casa abandonado. Estaba ya abierto el mío cuando de nuevo se abrió la puerta de atrás. Como en un flash back aquel hombre sucio, flaco y bajito y su sucio, enorme y hermoso perro salieron de nuevo. Inconscientemente me quedé mirándoles y los vi acercarse. el muchacho delante y su perro detrás. Se pararon frente a mí y aquel hombre me tendió las manos a modo de bandeja. Cuando me fijé bien no daba crédito. Sobre aquellas manos sucias como su mirada con unas uñas negras como los ojos del perro aparecieron unos preciosos bombones Ferrero Rocher. A pesar de que me quedé petrificada por la sorpresa reaccioné bastante bien. Sonreí nerviosa, y dándole las gracias cogí uno. Se ofendió. " Coge los cuatro. No me los rechaces". Y me los dio TODOS. Allí me quedé, rígida como un palo de escoba, con mis  manos a modo de bandeja ocultas tras aquellos bombones dorados que, como por arte de magia, surgieron de un coche mugriento y abandonado en manos de un hombre tan poco dulce en apariencia. El yonki me sonrió, hizo algo parecido a una reverencia y de nuevo desapareció tras la puerta trasera de su coche-cama, con su perro casi más grande que él pero no más grande que su corazón.

A ver cómo demonios hago para, a partir de ahora, comer un Ferrero Rocher y no acordarme de este hombre. Aunque, pensándolo bien, ¿por qué no recordar las cosas bonitas que te pasan en la vida?

15/6/09

Los extraterrestres NO son verdes.


-El Danubio NO es azul.
-Un diamante NO es para siempre.
-Donde comen dos NO siempre comen tres.

Si quitamos la partícula negativa a estas frases se quedan en sentencias que a casi todos nos suenan. Y del sustantivo sentencia llegamos al verbo SENTENCIAR. Palabra peligrosa. A mi alrededor las personas sentencian constantemente, tajantes, inflexibles, en voz alta, como si el tono les ayudara a tener razón. Yo no voy a ser menos: 'sentencio' y afirmo rotunda que "los extraterrestres NO son verdes". Lo sé porque yo me miro en el espejo y diría que no es el color que me envuelve. Soy extraterrestre, de lo contrario no se explica que no entienda tantas cosas. También podría ser consecuencia de una falta de actividad neuronal, que tampoco lo descarto, por supuesto, pero no lo creo.

Me ha costado decidirme a escribir sobre esto del color de los marcianos, porque puede que caiga en el error de "sentenciar", pero de todos es sabido que es fácil acabar haciendo aquello que solemos criticar. Una servidora no iba a ser una excepción. Intentaré explicarme... 

Un sábado, el pasado por ejemplo. Salgo de casa temprano. El ascensor está ocupado (como siempre) así que bajo por las escaleras. Al llegar al portal coincido con quien ocupaba el ascensor. No le conozco de nada. Ni siquiera sé si es mi vecino. La verdad, cuantos más vecinos tengo menos vecinos conozco. Le doy los 'Buenos días', una manía que tengo por las mañanas, y él, como hablándole al ombligo, parece contestarme con un casi inaudible 'Grrr' que interpreto como un saludo. Se me queda cara de póquer. Quizá va a ser que desde hoy los saludos se declaran en la renta. Me voy a la calle. Tengo plaza de garaje cerca pero he dejado el coche fuera porque entrar en él... no pudo ser. Había otro aparcado justo en la entrada y su conductor estaba en paradero desconocido. Sí. Que llame a la grúa, estáis pensando. Pero es que entre que llega y no llega seguro que el individuo se ha ido. Paso. Por tanto dejé el coche fuera. Me subo y me voy a ver a mi madre. Vive muy cerca de mi casa pero tengo que ir en coche si quiero hacer las compras que sí o sí tengo que hacer luego. Yo y mis ideas geniales. 

Me dirijo al centro para hacer unas compras. Misión imposible I. Atascos por todas partes. Bueno, por todas menos por una. Hay una manifestación que ha cortado la calle desde donde ni se ve. La escena es la siguiente: municipales cabreados; conductores cabreados; peatones cabreados. El viaje promete. Se oyen los pitidos del silbato del Municipal que está a mi lado, pero lo enmudece un claxon que casi me deja sorda del oído derecho. Del izquierdo se encarga un bebé que ante semejante barullo se pone a llorar con tal intensidad que me río yo de la Caballé. No me extraña. Decido que lo mejor es aparcar en cuanto pueda. Misión imposible II. El parking más cercano está colapsado por un piquete de la manifestación. Como puedo me cambio de carril para ir al otro que tengo próximo. COMPLETO. Cuento hasta 10. No pasa nada. Aún es temprano y en realidad no tengo prisa. Pongo la radio para no oír el ruido exterior. Música, claro, a ver si me relajo un poco. De todos es sabido que amansa a las fieras. Otra sentencia, porque esto no es del todo cierto. Si las fieras oyesen ESO que suena en la radio, acabarían descontroladas, atacando a diestro y siniestro, envueltas en una aborágine brutal de sangre y destrucción. Música como venida del infierno. Opto por cambiar y sintonizo una de noticias. Peor todavía. Que si el PSOE está en decadencia; que si el PP en bancarrota; que si lo de Cristiano Ronaldo nos hunde definitivamente con semejante despropósito financiero; que si la GRIPE A es una pandemia... etc. Me voy mejor a las noticias locales pero no mejora mucho; son noticias resesas: El alcalde que se pelea con su colega del bipartito; la asociación de vecinos "Todos juntos" se cabrea con los del botellón... Uff... Apago la radio. 
He llegado ya a la entrada del parking. Espero unos minutos y hago cola para que me timen por estar allí un ratito. Pero yo hoy me he levantado de buen humor, así pues... no me afecta. No veo sitios libres, aunque lo ponga el rótulo de la entrada; doy un par de vueltas y finalmente sale un coche. Me dispongo a aparcar; rectifico, a intentar aparcar. El mendrugo que lo hizo al lado de la plaza que ha quedado vacía ha dejado el coche en posición 'voy a tocar las narices', entiéndase cruzado. Tras un rato de maniobras de manual y sudor consigo dejarlo medianamente bien, como para poder salir por mi puerta y no por la del copiloto, ayudada por los gramos que he perdido en el intento. Pero estoy tranquila. Total, vivo a 1 km del centro y esta excursión me ha llevado SÓLO 40 minutos. 

Subo las escaleras y por fin estoy en la calle. Hace un calor de justicia en la plaza pero la refresca una fuente muy decorativa, pero un chorro algo 'despistado' me da en toda la cara. Bueno, al fin y al cabo tenía calor. Una sonrisa/mueca se dibuja en mi cara. Me voy a comprar la prensa que hay justo frente al 'parking maldito'. El del quiosco de siempre me da el periódico de siempre (ser cliente habitual tiene sus ventajas) Tardo apenas un minuto. Algo que sale bien, menos mal. Pero al irme alguien entra sin ver que salgo y... tropezamos. No sé de quién fue la culpa; yo pido disculpas pero él reza en arameo. Se ha mosqueado. En fin, yo recojo con más esfuerzo que acierto las hojas tamaño imposible del periódico. Sí. Lo habéis adivinado: no es el ABC. No tiene grapas y está hecho un cisco. Pero... no pasa nada.

Llego al súper. Está lleno de gente. Parece que todo el mundo haya decidido ir temprano a comprar (aunque claro, ahora ya no es tan temprano). Un par de cajas de cobro están cerradas. En la cafetería de al lado hay dos chicas charlando con el uniforme del supermercado. Tienen derecho. Están en el descanso. 'Pues tendremos que esperar' pienso. Pero oigo "críticas" de unas señoras porque "tienen vez en la peluquería y llegarán tarde. Inadmisible". Pienso qué tenía que comprar en el súper. Básicamente fruta. Así pues cojo un par de cosas imprescindibles y pago en la caja rápida. Me iré a la frutería de Amalia que siempre la tiene muy rica. 

Amalia abre todos los días laborables y su horario es... indefinido. Yo creo que vive en la frutería. Me acerco y la veo tras el escaparate, con sus canas impecablemente peinadas. Me ve llegar y me da los 'Buenos días' con una sonrisa sincera de oreja a oreja. Después de quejarse del calor y sus piernas hinchadas (eso sí, sin perder la sonrisa) piropea mi vestido haciendo que sonría yo, y me ofrece unas deliciosas cerezas del mismo valle del Jerte, fresas de Huelva y unos albaricoques dulces como la miel (palabras textuales). Sé que no me ha mentido porque me da a probar una pieza de cada antes de llenar unas bolsas con la fruta que (por supuesto) me voy a llevar. Le pago, le doy las gracias y me despido de ella con un ¡Hasta el lunes! a lo que me responde 'Si Dios quiere, hija...' .

Yo espero que quiera, Dios o quien sea que decida eso, porque creo que Amalia también es una extraterrestre como yo (y tampoco es verde). Con su sonrisa, su calma y su amabilidad las personas como ella hacen que valga la pena estar aquí, en esta jungla de ruídos, prisas y mal humor en la que habitamos. Me voy contenta de mis compras, a pesar de no haberlas hecho; pienso que hace un día muy bonito, mientras esquivo la moto de un jovencito que no me ha visto (?) en el paso de peatones. Hay quien 'sentencia' que cada día se aprende algo. Yo el sábado he aprendido que es mejor que la vida tenga un ritmo en el que nos quede siempre tiempo para sonreír. 

¿Os sentís extraterrestres como yo? aunque sólo sea un poquito...

5/5/09

Érase una vez...

Érase una vez una tarde luminosa. Caminaba despacio, como se camina cuando no tienes prisa por llegar y te mueves lenta, tan lenta que tus pies parecen acariciar el suelo en lugar de tocarlo. Eran casi las cuatro. 'Me queda más de una hora' - pensé -. Con tantos minutos excedentes decidí que lo mejor era hacer tiempo. ¡Qué paradoja! El lenguaje es tozudo a veces y nosotros unos engreídos. Me sobraba una hora y me puse a hacer tiempo. Los humanos y sus maravillosos poderes. Como si el tiempo se pudiese hacer. Todo el mundo sabe que es él quién te hace a ti, a base de días vividos e instantes malgastados. Sin pensarlo apenas mi cuerpo decidió que se iba a pasear conmigo. Me dejé llevar, sin resistencia ni destino concreto, y acabé alejándome del barullo del centro de la ciudad.

Hay un paseo fluvial muy apetecible donde yo vivo. Podía caminar un rato por allí e ir andando a la cita de las cinco. Me pareció una buena idea. Llegué enseguida y me puse a observarlo todo. El río discurría manso, calmo, como dormido. Normal. Se despertaba de la siesta.

Mi río no es navegable, pero tampoco inútil. A escasos metros de mí estaba siendo recorrido por una pareja de elegantes y presumidos cisnes que parecían caminar sobre sus aguas de un color indefinido, difuso y molesto. Enfrente encontré el motivo: el sol brillaba sobre él, imponente y lejano, hasta convertirlo en una inmensa y curvada bandeja de plata. Decidí alzar la vista. Sobre ese sendero de agua el cielo era de un color azul blanquecino. No. Quizá era blanco desteñido en azul. Las nubes parecían estelas de aviones invisibles. No. Quizá las estelas de aviones parecían nubes. No es relevante. Lo cierto es que, fuese como fuese el techo sobre aquel camino acuoso, era el paraguas de una tarde perfecta. La luna se mostraba esponjosa. Tenía un mordisco. 'Probablemente ha sido el sol, por haberte asomado demasiado pronto'. Me reí de mis propios pensamientos, como tantas veces, y seguí mi paseo involuntario.

De repente oí tu nombre. Me giré. Te busqué con la mirada, pero no te vi, ni vi a quien pudiera nombrarte. Aparentemente allí no había nadie más que yo. Me asusté y descubrí que, como un latigazo, me escocía el corazón. Así debe de ser cómo escuecen las llagas de la añoranza. Menos mal que mis inseparables gafas oscuras escondieron unos ojos empañados en nostalgia y empeñados en derretirse sin mi permiso. Los ojos derretidos no funcionan, así que los míos dejaron de hacerlo. No veía nada en el exterior. No había río, ni sol, ni luna, ni cisnes elegantes. No había un techo azul, ni blanco, ni nubes. Ya sólo veía, como en un barrido de imágenes imperfectas, escenas efímeras, momentos, lugares y tu cara en todas ellas. Sin saber muy bien cómo conseguí que se paralizasen. Y ahí estaban: unas zapatillas de baile azules, tus mejores zapatillas. Y pude verte girar como una peonza, insegura, buscando el equilibrio (sin conseguirlo) de un cuerpo demasiado desgarbado y flaco, pero con una mirada triunfal por ser la dueña de aquellas bonitas zapatillas. Las mías eran rosas. Tú siempre te reías por eso. Sí. Mi madre siempre fue más cursi que la tuya.

Durante un rato me acompañaste. Tú estabas allí junto al río, bailando a trompicones. Oía tu voz: "Nunca podré hacerlo bien" - insistías cada tarde, derrotada. No fue así. Bailabas mejor que yo. Me imaginaba a tu lado, como tantas otras veces, camino de nuestra clase de ballet. Yo iba sola desde mi casa a la tuya, a unos pocos metros. Me esperabas siempre en la acera, sentada en aquel murete de una obra eternamente inacabada. Luego poníamos rumbo a la academia. Así durante muchos años. Muchos. Un día cambiamos la academia por la discoteca, pero seguimos bailando juntas. Lo hemos hecho desde muy niñas y hasta hace muy poco.

Seguí caminando sin darme ni cuenta, pero dejé de verte bailar cuando oí mi nombre. A la vez, desapareció tu imagen y volaron tus zapatillas azules. Eran ya las cinco y casi había llegado a mi cita. Mi amiga me encontró cerca de la terraza en la que habíamos quedado. "¿Has venido caminando?" - me preguntó - Le mentí. Le dije que sí. Para qué explicarle que no, que en realidad había llegado bailando, acariciando las calles, casi de puntillas, y contigo a mi lado.

En ese momento caí en la cuenta de que, aunque me sobre una hora, y aunque me ponga a hacer tiempo, no puedo conseguir lo que me gustaría, que es regalártelo a ti y así poder verte girar sobre aquellas zapatillas azules, riéndote de mis cursis zapatillas rosas de niña pija. No pude evitar enfadarme un poco al pensar en lo injusta que es a veces la vida. Debería estar prohibido irse así, sin un último baile ni un tiempo de despedida. Debería ser un derecho despedirse y una obligación acudir al abrazo de quien se va. ¡Quién sabe! Tal vez también por eso para mi serás siempre inolvidable.

PD: Dedicado a Cris, mi compañera de baile (y de pies doloridos) durante tantos años quien, a pesar de que siempre llegaba tarde, se ha ido demasiado pronto.

28/12/07

Curiosidad: 1 - Miedo: 0


Con ocho años le regalaron un hermoso perro, un gran y cariñoso perro de pelo suave, pero tan pronto lo vio sintió miedo. "¿y si no sé cuidarlo?"..les dijo, con los ojos llorosos, a sus padres. "¿y si se muere atropellado por un coche?".. no cesaba de llorar, y ante semejante espectáculo, el perro fue devuelto a la tienda de animales. No se lo contó a ellos, pero tan pronto se fueron con él sintió miedo, ¿y si el perro no conseguía unos buenos amos que lo quisieran lo suficiente?

Siempre tenía miedo. Miedo de estar en la calle (podría pasarle algo malo), miedo de estar en casa, (podría “dejar” de pasarle algo bueno), tenía miedo de ir a las citas por si no iban bien, y todos las expectativas se convertían en desilusiones, y miedo de no ir, por si se perdía el mejor día de su vida. Siempre igual, con miedo de tener cosas y no saber disfrutarlas, o de no tenerlas algún día y no haberlas aprovechado.

Y así día tras día, y mientras el tiempo pasaba, aumentaba el miedo, hasta el punto de que controlaba toda su vida, era insoportable. Un día, cansado de "no vivir", decidió acabar con esa sensación tan angustiosa. ¡Iba a hacerlo!..aunque, no tenía muy claro cómo hacerlo. Bueno, seguro que se le ocurriría algo.

Pasó un día entero pensando y pensando pero nada se le ocurría. Se acostó con el desasosiego que provoca el no haber cumplido lo que se había propuesto. Cerró los ojos, y empezó a notar que, además de tener miedo, ahora se sentía inútil. No iban a mejorar mucho las cosas por este camino. Y con esta desagradable sensación, le venció el sueño.

De pronto estaba frente a una pared pintada de negro, una pared desconchada y alta, muy alta, tanto que no tenía ni la menor idea de qué habría al otro lado, si es que había algo. Por supuesto, la primera sensación fue... de miedo. No saber, no poder tocar, no adivinar que había tras ese frío e inmenso muro provocaba sensaciones inevitablemente desagradables. Inmediatamente su reacción fue la que, bajo su criterio, era la más acertada: escapar. Dio un paso hacia atrás sin dejar de mirar a ese muro angustioso, pero de repente algo le hizo tropezar. Tras perder el equilibrio, se cayó sin remedio. Sentía dolor, y rabia, y sus ojos empezaron a nublarse bajo una cortina de lágrimas que, inminentes, luchaban por brotar... y fue entonces cuando, fugazmente, pudo ver esa pequeña luz..."¿De dónde procederá?" - se preguntó. Fijó la vista y ahí estaba la explicación: un pequeño agujero en el muro negro y aterrador. “¡No pienso mirar lo que hay tras ese agujero!” - pensó, de nuevo - “Me da miedo”.. Pero algo en su interior le empujaba a asomarse. No quería, pero a la vez estaba deseando mirar, descubrir qué era aquello que se vislumbraba al otro lado. Cuando se dio cuenta ya era tarde para echarse atrás, y su mano se apoyaba sobre aquel muro hostil que, ¡vaya!, al tacto resultó ser bastante agradable, y su carita estaba ya apoyada cerca, muy cerca, de aquel agujero misterioso. Por fin pudo obtener una imagen clara de lo que allí había:

era un precioso parque, lleno de colores, y columpios, y estanques, y de árboles grandes, de colores verdes, y ocres, y rojizos, al fondo un banco sobre el que se abrazaba una pareja, contándose probablemente secretos inconfesables... y junto a ellos un niño, un niño de su misma edad, jugando con su balón y un hermoso perro de pelo suave, que como si presintiese su presencia, se dirigió corriendo, a galope casi, hacia el muro mientras emitia un ladrido ensordecedor.

Se despertó sobresaltado con el sonido de ese ladrido en su cabeza, pero contrariamente a lo que cabía esperar, no estaba asustado. Sonreía. y lo más increible de todo, no sentía miedo, ya no, porque sabía que aquello era lo que tanto había buscado, porque así descubrió cómo se puede vencer el miedo (mal consejero en la vida) y no es sino dejando que la curiosidad juegue en condiciones de igualdad.

Esa misma mañana, una mañana de radiante sol y cielos azules, se dirigió a una tienda de animales y con la mejor de sus sonrisas le dijo al dueño:

-Hola, ¡¡quiero comprarme un perro!!
.......

MORALEJA: "Sed curiosos, tal vez lo que descubráis valga la pena" -Yo

1/3/07

Os regalo una sonrisa...

Os voy a contar una pequeña historia.

Todas las mañanas, de camino al trabajo, me lo encuentro. Le llamo “EL SOL” y os explicaré por qué.

Es un hombre de mediana edad. Está siempre en el mismo lugar, al lado de mi garaje, puntual cada mañana. No tiene prisa, siempre va mal vestido, y ojeroso, no se mueve de su oficina ambulante, anunciada con el cartel de “Estoy en paro, tengo familia, necesito su ayuda.” y apenas unas monedas, que supongo que recoge de cuando en cuando para seguir recaudando su jornal sin que parezca que se enriquece (por si alguien piensa que se pueda enriquecer con monedas de 50 céntimos). Es madrugador. Calculo que hace su jornada de 8 horas, como cualquier ciudadano, pero sin seguridad social. A veces lee un periódico que, por su aspecto, casi seguro será atrasado, y que alguien habrá dejado en un banco cercano. Paso por su lado. Ya le resulto una cara conocida, y aunque nunca le he dejado una moneda, siempre que me ve, sonríe y me saluda con un “Buenos días” que yo le devuelvo, sorprendida la primera vez y divertida ahora. Si un día dejo de verle, le echaré de menos.

Todas las mañanas, de camino al trabajo, me lo cruzo. Le llamo “EL SOMBRA”, y os explicaré por qué.

Es un hombre de mediana edad. Le veo casi cada día entrando al mismo garaje que yo, siempre va con prisas, y siempre muy bien vestido, impecable, elegante, y ojeroso. Parece que llevara el tiempo justo para llegar a su oficina, en la que probablemente habrá un cartel luminoso que anunciará un “Gabinete jurídico”, y en el que se embolsará mensualmente unos miles de euros. Es madrugador, pero porque antes de empezar su jornada, que no creo llegue a las 8 horas, me imagino que le gusta tomarse un café mientras lee desganado un periódico del día recién puesto en la barra de su cafetería preferida. Nos cruzamos cada día, pero nunca le he visto sonreír. El rictus siempre serio, casi enfadado, no se sabe muy bien con quién. Este hombre nunca me saludará, lo sé, y no me importa. Si un día dejo de verle, no le echaré de menos.

Esto es lo que quería contaros y que me hace pensar que vale la pena sonreír. Puede que no por eso seas más feliz, y casi seguro que no lo serás, pero a lo mejor consigues un efecto boomerang a tu alrededor, ¿no vale la pena probar?

Yo a partir de hoy, cada día, os mandaré a tod@s una sonrisa.


"Sonríe siempre, para no dar a los que no te quieren el placer de verte triste, y para dar a los que te aman la certeza de que eres feliz..." - Anónimo -