13/12/10

Al cobijo de lo invisible vuelan las cometas...

Odiaba las cometas. De pequeña tuvo varias, todas muy bonitas, y cada cual mejor que la anterior, pero no quería jugar con ellas. No le obedecían, no era dueña de su vuelo, se desesperaba viéndolas caer en picado una y otra vez, o enredándose con las de otros niños, o simplemente no despegando. No le gustaba el ruido que producían allá arriba, como haciendo palmas con las alas, sumisas ante el embiste de cada ráfaga de aire, obedientes a cada empujón inesperado que las tumbaba de nuevo. Malditas cometas que aún siendo maltratadas por el viento lo celebraban danzando enloquecidas. Un día de cielo perfecto, azul y sin pizca de viento lo entendió todo. Entendió que las comentas necesitaban del viento para volar, que les daba vida el mismo monstruo invisible que las llevaba al suelo sin piedad. Le empezaron a gustar sus escapadas, sus quiebros, los bailes desincronizados y su sumisión al Dios Eolo. Entendió su libertad dependiente de los soplos del cielo, sus ansias de ser acunadas para poder seguir volando. Las cometas le enseñaron que no es necesario estar solo para ser libre, y que a veces la propia soledad lo impide, que necesitamos que el viento nos ayude a volar, el mismo viento que nos obliga a mantener los pies en el suelo a golpe de trompicones cariñosos.

Ni somos libres, ni nacemos libres ni hemos sido educados para serlo. Nos encanta autoengañarnos  y en nuestros sueños nos imaginamos así, tomando decisiones a diestro y siniestro, sin condicionantes externos que no podamos controlar, siendo dueños de nuestro futuro, queriendo creer que lo fuimos de nuestro pasado. No lo seremos y no lo fuimos. Estamos sometidos a casi todo y desde casi siempre, empezando por nuestra propia necesidad de dependencia. Somos individuos sociales y socializados y eso es parte incuestionable de nuestro desarrollo emocional y vital. Pero la relatividad de las cosas hace que tengamos que reconocernos unos privilegiados. No somos libres pero algunos de nosotros al menos tenemos la posibilidad de decidir qué tipo de dependencia queremos tener, una dependencia que personalmente no estoy dispuesta a asumir es a ser feliz "por calendario"...

Llega la Navidad. Muchos de vosotros ya sabéis de mi escaso apego a esta época del año que trae siempre demasiadas nostalgias y ausencias. Para compensarlo también se acompaña de miles de sonrisas infantiles, de miradas ilusionadas que alumbran cada rincón de cada ciudad, de cada pueblo, de cada casa, y que brillan mucho más que las miles de luces de las calles, calles decoradas al antojo de unos pocos, neones que desbordan nuestros paseos convertidos durante un tiempo en caminos  inventados de baldosas amarillas y colores irreales. Esas sonrisas son la parte amable de la parodia descabellada que es para mí la Navidad. Enfrente está la otra cara, la cara oculta, la cara que queremos esconder tras tantas luces tintineantes. No puedo haber luces sin sombras y aún sabiendo que lo que veo también es real no puedo alejar de mi mente otra realidad confusa, oscura, gris, que no brilla, que no sonríe cuando la miras a la cara y que está ahí, a muchos kms o al lado de mi casa. Está en Haití, que se muere a golpe de miserias, o en Julio, el indigente de mi calle que siempre que paseo al perro le regala una caricia nacida de sus manos arrugadas y temblorosas. Está también en las Favelas del lejano Brasil o tras la pareja que cada mañana veo salir del albergue de Cáritas. Está en los cascos azules de Afganistán o en el día a día de esa monja que me encuentro tantas noches tras dar las cenas a los yonkis más 'afortunados" de mi ciudad. Está en las decenas de polacos muertos de frío o en la mujer que llora sentada en un banco frente al hospital porque su hijo está peor cada día y esperar a saber cuándo se morirá es más angustioso que saber que va a hacerlo.

Hay sombras por todas partes que viven al abrigo de un telón infranqueable de dolor. Me impiden mirar hacia las luces porque a menudo lo recubren todo, pero si lo hago, si me doy la vuelta y me pongo de espaldas me ahoga una sensación de hipocresía y mediocridad, de injusticia y de rabia al son de los villancicos y su eterno fun fun fun.... Cierro los ojos y me imagino que no hay luces, así todas las sombras desaparecen con ellas. De esa manera soporto mejor la idea de que cuando los abra de nuevo ni estarán todos los que yo quisiera abrazar, ni llegarán a cumplirse todos los deseos que deseemos, ni habrá paz ni buena voluntad en todo el mundo y que seguirá habiendo miles de niños que no pueden jugar. No he dicho tener juguetes, he dicho jugar.

No me gusta este post porque refleja lo que tanto odio de mí que es el descontento que me produce no entender lo que me rodea ni pensar que pueda llegar a entenderlo jamás. No me gusta este post porque me confirma algo que me temo me acompañará siempre y es que no se puede ser libre en soledad y hay mucha gente sola. No me gusta este post, pero tenía que escribirlo porque es necesario desprenderse de aquello que nos marchita el ánimo y hacerlo escribiendo es un modo tan sano como cualquier otro...

A pesar de todo os deseo que estos días sean especiales, y los que vengan luego... también.. y que los niños puedan seguir elevando cometas siempre que quieran...

PD: A vosotros, os guste más o menos la Navidad, ¿hay algo que os marchite el ánimo?