23/9/08

¿A olvidar se aprende?


RAE: Olvidar…… 2. tr. Dejar de tener en el afecto o afición a alguien o algo. U. t. c. prnl.

Este post, tanto el título como su contenido, es fruto de la “casualidad”, como tantas cosas en la vida que pasan sin esperar, ni por un instante, que eso pueda ser posible. Es fruto de la casualidad pero no por eso es menos importante, por eso creo que yo voy a “centrifugar” sobre ello. El caso es que ayer mismo alguien me ha puesto en un dilema. Me ha preguntado qué haría yo para olvidar a alguien, en concreto me ha dicho: cómo hacer que el corazón haga caso a la cabeza. Menuda preguntita, ¿verdad?

Claro, yo inmediatamente, lo primero en lo que me he puesto a pensar es en por qué esto me lo preguntaba a mí. Parece ser que el motivo de hacerlo es sencillo: yo escribo sobre sentimientos, entonces puedo ayudar a aclarar problemas relacionados con ellos. Me siento halagada por eso, pero sinceramente, creo que me viene grande el desafío.

Yo no puedo resolver problemas del corazón, ojalá tuviera ese don, pero no lo tengo. Bueno, creo que no tengo ninguno. Pero sí que puedo dar mi punto de vista, y como ya se intuye para todo aquel que me vaya conociendo, siguiendo mi criterio de que las contradicciones existen, soy bastante alocada pero muy reflexiva, por lo que me voy a arriesgar.

Escribí un post ya hace un tiempo que precisamente trataba el tema del amor desde el punto de vista de ser un algo regido por el cerebro, y no por el corazón. Se titulaba Amor "cerebral". Era éste. Algunos pueden compartir la idea, otros no estar en absoluto de acuerdo. Yo, con el paso del tiempo, cada vez estoy más segura de que eso es cierto. Pues bien, retomando la idea de ese post, me atrevería a decir que el desamor quizá funcione de una manera muy similar. El desamor también, en el fondo, tiene una base "cerebral", incluso puede que más que el amor, pues en las situaciones de desamor se suelen racionalizar más las cosas. Sin embargo, ¡qué curioso! la persona que me ha hecho la pregunta me dice algo que a mí me descoloca: "puedo olvidar en mi cabeza, pero en mi corazón sigue ahí". ¿Cómo es posible eso? No puede ser. Yo, si no pienso en algo, para mí ya no existe. Si no pienso en un mal momento, no lo recuerdo, por tanto no lo sufro ya. Por eso creo que en realidad es justo al revés: el problema es que se piensa tanto en esa persona perdida que, inconscientemente, la interiorizamos en nuestro cajoncito de los recuerdos y se enquista en nuestro interior para siempre. Mal asunto.

Olvidar a alguien a quién aún queremos es posible pero difícil, porque enamorarse tampoco es una cosa que pase todos los días. Puede haber "encaprichamientos" muy a menudo, "romances" con cierta frecuencia, "ligues express" y relaciones esporádicas más o menos satisfactorias, pero enamorarse... para mí eso es otra cosa. Creo que es duro el desamor porque lleva de la mano sentimientos muy negativos. Uno de ellos, muy doloroso, es el sentirse rechazado: no nos quieren, aunque queremos querer; no nos corresponden; damos mucho y lo damos con toda nuestra fuerza, pero no lo recibimos. Eso es muy duro. Luego está el sentimiento de culpa. Eso es uno de los peores sentimientos. Cuando una relación falla, inmediatamente, buscaremos el culpable. Pues creo que es el primer gran error. No siempre hay un solo culpable, bueno, a veces sí, impepinablemente a veces eso ocurre, pero no siempre, y a nadie le gusta reconocer que la culpa no es sólo del otro, o no es sólo nuestra, y nos amargamos martirizándonos con una culpa que no es nuestra pero nos hemos autoasignado en un papel (poco aprovechable, por cierto) de masoquismo sentimental. Otro problema añadido: el fracaso. Que una relación se acabe lleva consigo una dosis importante de fracaso, directamente proporcional, por supuesto, a la ilusión que hayamos depositado en la misma.

Entonces, se ha acabado una relación, y poco después de sentir que podíamos volar, nos encontramos con el sentimiento cruel de ser unos individuos rechazados, culpables, fracasados y, a la postre, estamos solos. Creo que son motivos más que suficientes para sentirse mal. Por eso a veces dudo de si en el amor, en el desamor, y en todo ese batiburrillo tan inestable en el que se asientan los sentimientos, el problema no es el hecho en sí, sino los "daños colaterales" que le acompañan. ¿Podría ser? No lo sé. Pero si así fuese, quizá lo ideal sería, en buen criterio, minimizar esos daños colaterales, entender que lo que pasa casi siempre es por algún motivo (aunque en principio nos cueste trabajo aceptarlo) y entender que es recomendable asumir que las cosas no siempre saldrán como nosotros deseamos. Es así como nos acercamos a ese momento que, evidentemente, no siempre resulta agradable y que les ha dado por llamar MADUREZ. Sólo la madurez nos permitirá vivir en paz con nuestras limitaciones y aceptar que a veces no elegimos nosotros nuestro futuro, sino que nos viene dado. Eso no implica que nos rindamos, sino que, como maduros que somos, debemos buscar otro camino para llegar a nuestros objetivos en la vida. Es tan importante no perder de vista el qué queremos conseguir como ser capaces de variar el cómo llegar hasta allí. Eso creo yo.

Quisiera ayudar a la persona que me ha preguntado cómo creo yo que podría solucionar su problema, pero ¿qué le digo? En la mayor parte de los casos, un problema no tiene una única solución (porque el origen tampoco es siempre el mismo). Aún así quiero intentarlo, por eso mi consejo sería:

analiza bien el porqué no consigues olvidar y si realmente DEBES hacerlo. Tal vez es que aún tiene arreglo, por eso no consigues "dejar de sentir". Si es así, y la solución está en tu mano, adelante. Ahora bien, si no lo está, si tienes la obligación/necesidad de olvidar, sólo el tiempo ayudará a disipar ese dolor. Ni en mil palabras que yo escriba ni en todos los consejos del mundo encontrarás la solución. Olvidar quizá es imposible. Por suerte o por desgracia nuestro cerebro no funciona como el de los peces. Lo que sí puedes (y debes) es intentar "archivar" su recuerdo para que no sea una presencia constante en tu vida. Yo creo que esto de olvidar se aprende, y es un proceso de reflexión íntimo que sólo nosotros podemos hacer, lo demás es literatura.

Sea como sea, sé que teorizar es muy sencillo, incluso en un tema tan delicado como el amor/desamor es muy fácil hacerlo, pero la práctica ... eso ya es otra cosa.

En esto de los sentimientos una segunda opinión viene muy bien, pero mi visión de las cosas la marca siempre lo que yo he vivido y, sea mucho o poco, evidentemente es sólo mi experiencia. Por eso muchas respuestas a determinadas preguntas las comienzo con un rotundo: no lo sé.

11/9/08

Son como niños



Son como niños en cuerpos grandes, agotados, menguantes y cercanos a la fecha de caducidad. Como los niños son sorprendentes, aunque ellos ya no se sorprenden de nada. Tienen ramalazos caprichosos y, sobre todo, tienen en común que suelen ser muy tozudos.

Siempre he sentido la necesidad de acercarme a ellos, y cuando lo he hecho casi siempre me han aportado muy buenos momentos, pero en realidad, si exceptuamos mi relación con personas de mi familia, ha habido pocos contactos “reales”. Ahora, por motivos irrelevantes, los visito a menudo. Siempre es lo mismo y sin embargo siempre es distinto. Cuando voy siempre hay algo que me quieren contar. Se pisan unos a otros al hablar, fieles a esas normas no escritas de las mejores tertulias “Made in Spain”: el que pueda, que hable. En este país es más fácil que se acabe el problema del paro a que hagamos "loquesea" con cierto orden. Así pues, desde el principio, se atropellan para contármelo todo: “Que si fulanito hoy no ha comido, y el otro ha montado un pollo porque hacía frío y no cerraban las ventanas”, “que si menganita ha vuelto a perder el bastón, que mira que es pesada con el bastón, ¡si total luego no lo usa, que lo lleva apoyado en el brazo!”.. “que aquella de allí, la rubia teñida (vaya, como para no estarlo con 70 años) es nueva y muy estirada, y que no habla con nadie”. Yo me río y les replico: "¡es que es nueva! hablar vosotras con ella". Absurdo razonamiento. “No, no, es que es una estirada” “y aquella otra no ha parado de cantar en toda la tarde”....

Es un grupo tan heterogéneo como lo es cualquier grupo en cualquier otro sitio en el que se reúnan personas de diferente edades, ideologías, carácteres y procedencia. A mí, en cuanto entro allí, automáticamente se me dibuja una sonrisa. No es un lugar triste, pero tampoco alegre. Yo diría que es neutro: ni frío ni calor. Pero yo al entrar sonrío. Inmediatamente se suele repetir la escena: la mujer del sillón azul, tan pronto me ve, me pide que la saque al patio (me confunde con una auxiliar, supongo) otra me pregunta que cuando la vendrán a recoger, que se quiere ir a casa; un señor me llama Ana (me confunde con su nieta). Y al final de mi recorrido siempre voy a darle un beso a mi “niña” favorita. Se llama María, pero yo la llamo "abuelita", porque es la abuelita: pelo canoso y escaso, semi largo, lo suficiente para recogerlo en un minúsculo moño; las gafitas, pequeñas y redondas, intentan esconder, sin conseguirlo, unos ojos vivarachos y simpáticos, y su cara dibuja la sonrisa amable de abuela de anuncio. Nunca recuerda mi nombre, y me llama Miss Morena. Su hijo, que suele estar allí cuando llego, sonríe, y yo le digo: "¡No me pongas colorada, María” pero eso es puramente anecdótico. Ella es tremendamente cariñosa, y sé que aunque yo fuese cojita y esmirriada, me llamaría Miss Morena. Yo a esta anciana la quiero. Me recuerda cada día que ella tiene 93 años, y que tiene una bisnieta muy guapa (que ya me ha presentado varias veces) y que es muy buena estudiante. Me da siempre muy buenos consejos, y cuando me voy me dice: "Linda, sé feliz, no olvides sonreír, y vuelve mañana, ¿sí?".

Así se pasa la vida en una estancia de unos 100 m2, funcionales y poco acogedores, que ellos llaman “casa” porque muchos no recuerdan ya dónde vivían antes de aquel lugar. En realidad, algunos no recuerdan casi nada. Me doy cuenta cuando estoy allí, cuando miro a mi alrededor, que la vida no son los años que cumplas, sino los momentos que puedas recordar, y cuando apenas recuerdas nada, es cuando la vida ha sido una gran mentira.

Hoy no he podido ir pero cuando vuelva a esa residencia disfrutaré viendo cómo vuelven a criticar por enésima vez el mal gusto de “la de verde” que combina fatal los colores, o lo mal educado que se ha vuelto D. Jacinto “con lo majo que era al principio”. Iré a la residencia (porque geriátrico, a mí personalmente, no sé muy bien el porqué, me suena mal) y estos maravillosos niños en cuerpos grandes agotados y menguantes volverán a sorprenderme.

Me gustaría que se les valorase más, que no se les diera la espalda, que se les devolviera el cariño que muchos de ellos (no todos, que también hay malas personas de 80 años) han ido dando por la vida, y que pudieran contar sus historias a otras personas, como hacen conmigo cada vez que entro. Todos deberíamos tener el derecho a vivir acompañados cuando se acerque el momento de irnos, pero hay muchos que no están allí, en ese salón luminoso de 100 m2, y en el olvido se van apagando sin ni siquiera tener con quien hablar del miedo que sienten en ese momento. Qué pena, ¿verdad?

Ojalá cuando yo sea viejecita haya "vivido" muchos años, y "recuerde" que los he vivido. No me gustaría, pero si tengo que pasar un tiempo en una residencia como ésta, ojalá no confunda un salón más o menos luminoso con lo que un día fue mi hogar. Porque a mí la vejez no me asusta, lo que sí me asustaría sería tener que afrontarla sola y, sobre todo, sin recuerdos.