
Con ocho años le regalaron un hermoso perro, un gran y cariñoso perro de pelo suave, pero tan pronto lo vio sintió miedo. "¿y si no sé cuidarlo?"..les dijo, con los ojos llorosos, a sus padres. "¿y si se muere atropellado por un coche?".. no cesaba de llorar, y ante semejante espectáculo, el perro fue devuelto a la tienda de animales. No se lo contó a ellos, pero tan pronto se fueron con él sintió miedo, ¿y si el perro no conseguía unos buenos amos que lo quisieran lo suficiente?
Siempre tenía miedo. Miedo de estar en la calle (podría pasarle algo malo), miedo de estar en casa, (podría “dejar” de pasarle algo bueno), tenía miedo de ir a las citas por si no iban bien, y todos las expectativas se convertían en desilusiones, y miedo de no ir, por si se perdía el mejor día de su vida. Siempre igual, con miedo de tener cosas y no saber disfrutarlas, o de no tenerlas algún día y no haberlas aprovechado.
Y así día tras día, y mientras el tiempo pasaba, aumentaba el miedo, hasta el punto de que controlaba toda su vida, era insoportable. Un día, cansado de "no vivir", decidió acabar con esa sensación tan angustiosa. ¡Iba a hacerlo!..aunque, no tenía muy claro cómo hacerlo. Bueno, seguro que se le ocurriría algo.
Pasó un día entero pensando y pensando pero nada se le ocurría. Se acostó con el desasosiego que provoca el no haber cumplido lo que se había propuesto. Cerró los ojos, y empezó a notar que, además de tener miedo, ahora se sentía inútil. No iban a mejorar mucho las cosas por este camino. Y con esta desagradable sensación, le venció el sueño.
De pronto estaba frente a una pared pintada de negro, una pared desconchada y alta, muy alta, tanto que no tenía ni la menor idea de qué habría al otro lado, si es que había algo. Por supuesto, la primera sensación fue... de miedo. No saber, no poder tocar, no adivinar que había tras ese frío e inmenso muro provocaba sensaciones inevitablemente desagradables. Inmediatamente su reacción fue la que, bajo su criterio, era la más acertada: escapar. Dio un paso hacia atrás sin dejar de mirar a ese muro angustioso, pero de repente algo le hizo tropezar. Tras perder el equilibrio, se cayó sin remedio. Sentía dolor, y rabia, y sus ojos empezaron a nublarse bajo una cortina de lágrimas que, inminentes, luchaban por brotar... y fue entonces cuando, fugazmente, pudo ver esa pequeña luz..."¿De dónde procederá?" - se preguntó. Fijó la vista y ahí estaba la explicación: un pequeño agujero en el muro negro y aterrador. “¡No pienso mirar lo que hay tras ese agujero!” - pensó, de nuevo - “Me da miedo”.. Pero algo en su interior le empujaba a asomarse. No quería, pero a la vez estaba deseando mirar, descubrir qué era aquello que se vislumbraba al otro lado. Cuando se dio cuenta ya era tarde para echarse atrás, y su mano se apoyaba sobre aquel muro hostil que, ¡vaya!, al tacto resultó ser bastante agradable, y su carita estaba ya apoyada cerca, muy cerca, de aquel agujero misterioso. Por fin pudo obtener una imagen clara de lo que allí había:
Siempre tenía miedo. Miedo de estar en la calle (podría pasarle algo malo), miedo de estar en casa, (podría “dejar” de pasarle algo bueno), tenía miedo de ir a las citas por si no iban bien, y todos las expectativas se convertían en desilusiones, y miedo de no ir, por si se perdía el mejor día de su vida. Siempre igual, con miedo de tener cosas y no saber disfrutarlas, o de no tenerlas algún día y no haberlas aprovechado.
Y así día tras día, y mientras el tiempo pasaba, aumentaba el miedo, hasta el punto de que controlaba toda su vida, era insoportable. Un día, cansado de "no vivir", decidió acabar con esa sensación tan angustiosa. ¡Iba a hacerlo!..aunque, no tenía muy claro cómo hacerlo. Bueno, seguro que se le ocurriría algo.
Pasó un día entero pensando y pensando pero nada se le ocurría. Se acostó con el desasosiego que provoca el no haber cumplido lo que se había propuesto. Cerró los ojos, y empezó a notar que, además de tener miedo, ahora se sentía inútil. No iban a mejorar mucho las cosas por este camino. Y con esta desagradable sensación, le venció el sueño.
De pronto estaba frente a una pared pintada de negro, una pared desconchada y alta, muy alta, tanto que no tenía ni la menor idea de qué habría al otro lado, si es que había algo. Por supuesto, la primera sensación fue... de miedo. No saber, no poder tocar, no adivinar que había tras ese frío e inmenso muro provocaba sensaciones inevitablemente desagradables. Inmediatamente su reacción fue la que, bajo su criterio, era la más acertada: escapar. Dio un paso hacia atrás sin dejar de mirar a ese muro angustioso, pero de repente algo le hizo tropezar. Tras perder el equilibrio, se cayó sin remedio. Sentía dolor, y rabia, y sus ojos empezaron a nublarse bajo una cortina de lágrimas que, inminentes, luchaban por brotar... y fue entonces cuando, fugazmente, pudo ver esa pequeña luz..."¿De dónde procederá?" - se preguntó. Fijó la vista y ahí estaba la explicación: un pequeño agujero en el muro negro y aterrador. “¡No pienso mirar lo que hay tras ese agujero!” - pensó, de nuevo - “Me da miedo”.. Pero algo en su interior le empujaba a asomarse. No quería, pero a la vez estaba deseando mirar, descubrir qué era aquello que se vislumbraba al otro lado. Cuando se dio cuenta ya era tarde para echarse atrás, y su mano se apoyaba sobre aquel muro hostil que, ¡vaya!, al tacto resultó ser bastante agradable, y su carita estaba ya apoyada cerca, muy cerca, de aquel agujero misterioso. Por fin pudo obtener una imagen clara de lo que allí había:
era un precioso parque, lleno de colores, y columpios, y estanques, y de árboles grandes, de colores verdes, y ocres, y rojizos, al fondo un banco sobre el que se abrazaba una pareja, contándose probablemente secretos inconfesables... y junto a ellos un niño, un niño de su misma edad, jugando con su balón y un hermoso perro de pelo suave, que como si presintiese su presencia, se dirigió corriendo, a galope casi, hacia el muro mientras emitia un ladrido ensordecedor.
Se despertó sobresaltado con el sonido de ese ladrido en su cabeza, pero contrariamente a lo que cabía esperar, no estaba asustado. Sonreía. y lo más increible de todo, no sentía miedo, ya no, porque sabía que aquello era lo que tanto había buscado, porque así descubrió cómo se puede vencer el miedo (mal consejero en la vida) y no es sino dejando que la curiosidad juegue en condiciones de igualdad.
Esa misma mañana, una mañana de radiante sol y cielos azules, se dirigió a una tienda de animales y con la mejor de sus sonrisas le dijo al dueño:
-Hola, ¡¡quiero comprarme un perro!!
.......
MORALEJA: "Sed curiosos, tal vez lo que descubráis valga la pena" -Yo
2 comentarios:
Ay el miedo y la indecisi´´on, qu´´e terribles. Sabes una cosa?? entre tu y yo... de jovencita escrib´´ia un diario pero... era tan perezosa que a veces no hac´´ia nada nuevo por no tener que escribirlo. Y cuando empezaron a pasarme cosas interesantes... dej´´e de escribir.
Un abrazo morenilla.
Caray...¡pues a eso le llamo yo ser realmente perezosa! jajaja... eres tremenda...
¿Sabes? entre tú y yo... puede que, quienes escribimos, lo hagamos a veces para que las cosas pasen, como una especie de conjuro, ¿puede ser?... no lo sé...
Abrazotes grandes, rubia...
PD: ¿qué demonios te pasa con los acentos? jajajaa... marrrditos virus...
Publicar un comentario