Óleo s/cobre -Sín título-
Estamos rodeados de aparentes sin esencia, de héroes sin poderes, de poderosos sin valor y de belleza con fecha de caducidad. No importaría demasiado mientras caigamos en la cuenta de que estamos siendo engañados, pero lo malo es que no nos enteramos o no nos queremos enterar, pero, ¿a quién no le costó reconocer que los RRMM no existen?
Leí hace unos días en un artículo que, según los últimos estudios científicos, los niños nacidos en el S.XXI vivirán en torno a unos 100 años de media. 100 años. ¿Os imagináis? parece tanto tiempo. ¿Cuánto viviremos los nacidos a finales del S.XX? supongo que rondaremos los 90. Después de leer eso me quedé pensando un rato sobre la importancia de tener tiempo para lo cotidiano, tiempo cada día, no sólo el tiempo para hacer todo lo que quieres hacer EN LA VIDA: viajar alrededor del mundo en una autocaravana, tener una casa con jardín (y un bonito perro en el bonito porche); tal vez un par de hijos (muy guapos, claro) con una pareja maravillosa a tu lado; tal vez publicar un libro, o conocer una tribu del Amazonas e incluso obtener un premio Nobel, ¿por qué no? Tod@s tenemos ilusiones. Siempre que rehago mis sueños (por descontado los sueños son de revisión periódica) me encuentro con que hay algo que tengo que hacer y me ocupará mucho tiempo, un tiempo que no sé si valdrá la pena invertir en eso: me gustaría tener tiempo para conocerme bien, tan bien como para que las personas que se encuentren conmigo sepan realmente cómo soy. Supongo que es un reto individual pero, dado que vivo rodeada de personas que me observan, hay también algo de 'trabajo en equipo'. Lo que los demás vean en mí también me afectará. Siempre afectan las opiniones de los demás, incluso las opiniones equivocadas o sobre todo las opiniones equivocadas.
Cuando eres niño buscas la esencia de las cosas que te rodean y todos sabemos que la esencia de la cosas es de lo más variopinta. De un palo torcido y enclenque puedes obtener una espada; de un musgo del muro un trocito de césped para el prado del Belén, esos Belenes de la infancia, tan reales, en los que casi siempre la mula es más pequeña que el niño Jesús; de un ladrillo roto se obtiene una tiza para escribir en el gigantesco encerado en el que hemos convertido el suelo del parque; de un árbol surge un castillo encantado o un enemigo feroz..., luego, al ir creciendo, empiezas a ver qué es cada cosa, la esencia va perdiendo importancia y la apariencia es, con demasiada frecuencia, lo ÚNICO que cuenta: un palo es un palo, y sea grande o pequeño, siempre será un palo; el árbol da sombra o no, pero nunca será un monstruo destructivo ni un castillo indestructible; el musgo ni sabemos si existe todavía, porque ahora se compra en paquetitos de plástico a 1 euro... y parece de plástico.
Las apariencias son el reflejo de lo que proyectamos al exterior. La esencia es lo que somos por dentro. Qué difícil que ambas coincidan, ¿no? Tengo muchos miedos pero no me considero una persona cobarde; los cobardes no tienen miedos simplemente porque no se arriesgan. Reconozco que temo a muchas cosas: temo a las injusticias, al dolor, a los radicales; temo a los ambiciosos, a los conformistas y a los indecisos; temo a las equivocaciones y a los aciertos, pero entre todas las cosas que temo una que realmente me da pavor por ser dañina sin reservas es a "la apariencia", a quedarme en lo superficial de los demás (y de mí misma) y escaparé de ella para que mi vida y mi entorno no sea un "anamorfismo" donde todo luce muy vistoso y nada es lo que parece. Ojalá todo el mundo lo entendiera así.
Cuando eres niño buscas la esencia de las cosas que te rodean y todos sabemos que la esencia de la cosas es de lo más variopinta. De un palo torcido y enclenque puedes obtener una espada; de un musgo del muro un trocito de césped para el prado del Belén, esos Belenes de la infancia, tan reales, en los que casi siempre la mula es más pequeña que el niño Jesús; de un ladrillo roto se obtiene una tiza para escribir en el gigantesco encerado en el que hemos convertido el suelo del parque; de un árbol surge un castillo encantado o un enemigo feroz..., luego, al ir creciendo, empiezas a ver qué es cada cosa, la esencia va perdiendo importancia y la apariencia es, con demasiada frecuencia, lo ÚNICO que cuenta: un palo es un palo, y sea grande o pequeño, siempre será un palo; el árbol da sombra o no, pero nunca será un monstruo destructivo ni un castillo indestructible; el musgo ni sabemos si existe todavía, porque ahora se compra en paquetitos de plástico a 1 euro... y parece de plástico.
Las apariencias son el reflejo de lo que proyectamos al exterior. La esencia es lo que somos por dentro. Qué difícil que ambas coincidan, ¿no? Tengo muchos miedos pero no me considero una persona cobarde; los cobardes no tienen miedos simplemente porque no se arriesgan. Reconozco que temo a muchas cosas: temo a las injusticias, al dolor, a los radicales; temo a los ambiciosos, a los conformistas y a los indecisos; temo a las equivocaciones y a los aciertos, pero entre todas las cosas que temo una que realmente me da pavor por ser dañina sin reservas es a "la apariencia", a quedarme en lo superficial de los demás (y de mí misma) y escaparé de ella para que mi vida y mi entorno no sea un "anamorfismo" donde todo luce muy vistoso y nada es lo que parece. Ojalá todo el mundo lo entendiera así.
.jpg)