
NOTA: Me parece que resultará excesivamente confusa esta entrada. La he leído varias veces antes de subirla al blog y sí, resulta confusa. Eso pasa mucho cuando se escribe tal y como surgen los pensamientos, sin tamizarlos convenientemente, algo a lo que últimamente (y para desgracia vuestra) me he ido acostumbrando. Como resultado de semejante lío se solapan pensamientos y sentimientos, no hay un guión en los hechos, ni temporal ni causal, y la historia final es un batiburrillo tal que este post. CONSEJO: leerlo al menos un par de veces y si fuese posible acompañado de un vinito de la tierra. Mientras tanto yo "intentaré" no volver a caer en ello, pero no prometo nada :)
Las cosas suceden por alguna razón. La casualidad no existe. Quizá un día, en el pasado, cuando nacieron hechos que hoy son mis recuerdos, mi cabeza llegó a pensar que sí, pero ahora sé que no. Al menos en mi vida he decidido que no tiene hueco.
Creo que he dejado de creer en la casualidad desde el instante preciso en el que he dejado de creer en la suerte. No me malinterpretéis. No es una frase de tinte pesimista, ni muchísimo menos, porque al no creer en la suerte no creo ni en la buena ni en la mala. La vida según lo que yo he vivido depende mucho más de la actitud que de que los planetas nos sean propicios en un equilibrio cósmico perfecto. Todo lo que he escrito suena seguramente a tópico, sin ninguna base científica o contrastada, pero es el resultado de las experiencias, más concretamente de la mía, por tanto en mi entorno es algo cierto.
Tiendo, no sé si consciente o inconscientemente, a hacerme preguntas a menudo (y a menudo preguntas absurdas). Por ejemplo: ¿se puede uno enamorar de las palabras? Luego juego a contestarlas. En este caso la respuesta es Sí, rotundamente sí. Yo me he enamorado de poesías, de libros que he leído e incluso de frases sueltas. Una frase que me han 'chivado' recientemente es el último caso: Nunca digas nunca.
No sé si tiene sentido este amorío con las vocales y las consonantes. Intentaré explicarlo. Cuando nos enamoramos de alguien, y una vez superada la fase inicial, más "material", de contacto, ese primer acercamiento visual, el momento "Qué ojos tiene" (aquí poner la parte del cuerpo humano que queráis cada cual), surge la fase 2 llamada "Me gustaría conocerle". Es cuando pensamos "parece divertido";"parece muy romántico" para finalmente (fase 3) caer rendid@s ante lo que nos dice. Nos enamoramos de las palabras que oímos de su boca, de las palabras que nos hacen reír, de las que nos hacen pensar, de las que nos susurra al oído en la intimidad, incluso de las que no llegamos a oír porque los ojos no saben hablar pero en contrapartida sí saben leer. En definitiva: yo me he enamorado de esas palabras porque, como cuando te enamoras de alguien, han despertado a mi alma.
Nunca digas nunca es un mensaje totalmente optimisma, una propuesta valiente y, contrariamente a lo que pueda parecer por tajante, muy sensata.
Analizo las metas que me he marcado en mi vida. En ocasiones esas metas son más deseos que objetivos y se quedan en eso durante mucho tiempo. Sin embargo de pronto se cumple uno. Ni me cuestiono si me lo merezco o no. Eso es algo que no me interesa saber. Simplemente pasa. Y así atesoro momentos de felicidad que voy guardando en el archivo de mi memoria, como cuando al final conseguí participar en aquella obra de teatro; aprobar aquella asignatura imposible de la carrera; que él se fijara en mí y durante un tiempo precioso compartir nuestros sueños; ese ascenso que ha permitido que deje de ser quien pase las llamadas para ser quien decide si las atiende; que hiciéramos aquel brindis en las Campos Elíseos de París mientras un festival de fuegos artificiales nos deseaba un Feliz Año Nuevo. Nunca me lo hubiera imaginado y pasó, todo eso y muchas otras cosas. En la otra cara de la moneda, llamémosla cruz, viven las malas noticias, las situaciones grises, pero no las computaremos para que no enturbien la vida. Se asumen, se digieren bien y se aprende de ellas. Es más que suficiente. Sabemos cómo hacerlo. De hecho parece que estamos más preparados para enfrentarnos al dolor que a la felicidad y ésta a veces se nos escapa. Intentemos que no nos pase porque si hay algo peor que sentir que nunca te pasa nada bueno es que te pase y tú no te enteres.
Me propongo retos día sí, día también. Defino lo que me gustaría tener y convierto un deseo en un objetivo para que se torne más real. Intento dibujar el mapa para llegar hasta allí y me repito una y otra vez "nunca digas nunca". Si no lo consigo: revisión de deseos, y cuando una queja quiere salir de mis labios practicaré el deporte del silencio y me llenaré de ilusión, que es el combustible de la esperanza.
Nunca digas nunca. Desde ya esas tres palabras forman parte de mi diccionario vital, ése que a menudo calla y lo hace a gritos. Tal vez así algún día podré ir a Kenia a conocer a mi ahijada, disfrutaré de una ópera en La Scala de Milán, tomaré ese café que hace tanto tiempo tenemos pendiente, veré esa luna gigante o volveré a intentar descubrir aquel truco de magia que no puede ser cierto que sea cierto. ¡Quién sabe! Tal vez un día hasta aprenda a tocar el piano mejor que mi gata.