Me encanta charlar. Me pasaría horas haciéndolo, sobre todo con esas personas con la que “puedes” hablar, con la que resulta fácil mantener un diálogo fluido. Si además ese diálogo te aporta algo es perfecto. Nuevas formas de ver las cosas, nuevas perspectivas. Hay personas con las que siempre aprendes, que saben hablar porque han aprendido a escuchar. Esas charlas con los amigos en los que todos (siempre unos más que otros) damos nuestro punto de vista de las cosas, donde todos somos músicos pero no hay director. Pero a veces, como en un mal sueño, se nos cuela entre bambalinas el “amigo charlatán”.
Para mí los charlatanes son insoportables. Conozco alguno, supongo que “casi” todos pensamos en alguien al oír la palabra charlatán. Hace unos días estuve con uno. Me lo encontré sin querer, y también sin querer, y sin que pudiera pararle, me destripó con su crítica una película que yo quería ver y que por supuesto él no había visto. Yo hubiera jurado que, tal y como hablaba sobre ella, podría haberla dirigido.
¿Cómo reconocer al amigo charlatán? Hay unas reglas muy sencillas. Os diré que ni siquiera es el que más hable de todos. Si vais por ahí tal vez no daréis con él. Tiene otras características. Puedo poner algunos ejemplos y no me los tengo que inventar porque están basados en hechos reales.
El charlatán nunca ha estado en Cuba pero es capaz de hablarte con total desparpajo de cómo es el día a día en la Habana. No la ha visitado en su vida pero sabe hasta cómo huele El Malecón, y claro, nos deja a todos boquiabiertos, al principio de asombro para, poco a poco, irse convirtiendo en bostezos mal disimulados. Preguntando, preguntando, resulta que ha leído en un periódico cualquiera, una editorial cualquiera, de un periodista cualquiera y AHÍ LO PONÍA, eso que él había dicho. En ese momento el charlatán ya se cree con los conocimientos necesarios para dar clases magistrales sobre el comunismo de Fidel.
Los charlatanes saben de todo y cuando digo de todo es de todo. Tú háblales de lo que quieras porque parecen los fundadores del Larousse. Si les preguntasen a ellos se encargarían de hacer desaparecer el agujero de la capa de ozono y acabar de una vez por todas con el cambio climático, eso si es que en realidad existe dicho fenómeno. No están muy seguros, porque no sé dónde han leído (probablemente también en otra columna de otro periódico/revista/magazine) que puede ser sólo un invento de algunos para hacer documentales. Y aquí aparece la palabra clave: DOCUMENTALES.
Los documentales son su mayor fuente de información. Les encantan. En la comodidad de su salón frente a una enorme televisión de plasma está su trono, su laboratorio, su centro de operaciones: ¡el sofá! No viajan mucho, no tienen tiempo, porque se perderían durante el viaje toda la información que día a día devoran para ser los más informados. No viajan, pero saben porqué hay problemas con las Farc y podrían solucionarlos también después de tapar el agujero de marras. Conocen la política internacional porque ven todos los telediarios y te hablan con igual facilidad del Islam que del mal de las vacas locas o de la cría de la babosa.
Sinceramente no me gustan las charlas con los charlatanes. Los charlatanes no dan opiniones sino titulares, y a mí, por norma general, me gusta más cuando "escuchas con atención" que cuando "atiendes para escuchar". No sé si me explico. Tal vez no. Seguro que no.
Creo que en todas las ciudades debería existir un Speakers’ Corner como el del Hyde Park de Londres, porque así nosotros, mundanos ignorantes desinformados, decidiríamos si acudir a ver a los charlatanes y empaparnos de sus enseñanzas o, por el contrario, preferimos seguir dándole de comer a los patos, esos seres adorables de cuentos infantiles que a mí tanto me gustan.
Sinceramente no me gustan las charlas con los charlatanes. Los charlatanes no dan opiniones sino titulares, y a mí, por norma general, me gusta más cuando "escuchas con atención" que cuando "atiendes para escuchar". No sé si me explico. Tal vez no. Seguro que no.
Creo que en todas las ciudades debería existir un Speakers’ Corner como el del Hyde Park de Londres, porque así nosotros, mundanos ignorantes desinformados, decidiríamos si acudir a ver a los charlatanes y empaparnos de sus enseñanzas o, por el contrario, preferimos seguir dándole de comer a los patos, esos seres adorables de cuentos infantiles que a mí tanto me gustan.