Una de las frases que más he oído durante mi infancia, casi siempre en boca de mis padres fue “¡Dime la verdad!”. Cuando me veían demasiado mohína, demasiado enfadada, e incluso cuando estaba demasiado alegre me preguntaban: "¿Qué te pasa?" e inmediatamente después, apostillaban: “Pero dime la verdad”. Me daba mucho coraje. ¿Por qué estaban dando por supuesto que iba a mentir? Era un verdadero misterio para mí. Nunca he sido mentirosilla, al menos no conscientemente. De esta etapa creo que aprendí dos cosas:-los padres, casi invariablemente, y quizá por una cuestión hereditaria, no se fían demasiado de sus hijos.
-lo mejor para evitar discusiones “estériles” es decir la verdad..
Hoy creo que quizá no es exactamente así. Sigo pensando que los padres, por norma general, no se fían de sus “cachorrillos” por un inevitable conflicto generacional. No creo que eso pueda ni deba cambiar pero respecto a que lo mejor es decir siempre la verdad, de eso no estoy ya tan segura. Es más, tengo severas dudas. Me explico:
En mi entorno (personal, laboral, familiar...) cada día compruebo que la verdad es incómoda e incomoda a algunas personas. Cuando alguien me pide “mi” opinión acerca de lo que sea, desde algo trivial (el color de un vestido, o un corte de pelo, pasando por el modelo de un coche nuevo) y llegando a algo más delicado (como un cambio de pareja o de trabajo) yo voy y obedientemente doy “mi” opinión. Me la han pedido pues la doy. Y curiosamente, y también antes de dar mi respuesta, a veces vuelvo a oír, haciéndome regresar a mi más tierna infancia: “¡Pero dime la verdad!”. Me veo a mí misma como viviendo un Déjà Vu . Y siempre, irremediablemente, mi primer pensamiento es “Ya la hemos liado”. Pienso eso. Por dos cosas:
- Porque muchas personas todavía creen que la verdad es única, y yo cada vez tengo más claro que eso no es así. Nadie tiene en su poder (y me incluyo) la verdad absoluta.
- Porque (normalmente) también he confirmado que casi en el 90% de los casos que mi respuesta / opinión / verdad guste o no es algo directamente proporcional a que se ajuste o no a lo que mis interlocutores quieran escuchar.
Es por eso que poco a poco he ido llegando a la conclusión de que la verdad es incómoda. La sinceridad en muchos casos no garantiza nada. Resulta confuso por tanto decidir cuál es la forma más correcta de actuar. Quizá todos deberíamos disponer de una bola mágica que nos guiara a la hora de hacer frente a semejante proceso de adivinación a la hora de tener la osadía de ser lo suficientemente valientes como para basar nuestra vida y nuestras relaciones en intentar “siempre” ir con la verdad por delante.
Como reconozco que entre los numerosos defectos que me adornan está la osadía por ahora seguiré con ese criterio. Eso no impide que me pregunte muy a menudo: ¿Realmente merece la pena decir siempre la verdad?