
No me preguntéis el porqué pero hace unos días que me ronda la idea de hablar acerca de las elecciones. Podéis estar tranquilos. No me refiero a las elecciones nacionales sino a las elecciones vitales. No quiero decir con eso que las Elecciones Nacionales no sean vitales (“mayormente” para los políticos lo son) pero yo no me quiero ocupar de ésas. Aunque soy analista no me dedico al análisis político por tanto no me quiero meter en tremendo percal. Me meteré en otro. Es sólo un divague, nada serio, porque de vez en cuando a mi cabecita le viene bien pensar en tonterías para desintoxicarme un poco de tanta realidad y últimamente la realidad está peligrosamente intoxicada.
Nos pasamos la vida “eligiendo” ¿os dais cuenta? Constantemente, en todo, absolutamente en todo, y desde muy temprana edad. Mirad, si no. Os propongo que hablemos de los nombre propios.
Ya incluso antes de nacer los padres eligen un nombre para sus criaturas. Pues bien, si nos gusta el nombre elegido, fantástico, pero ¿y si no? (algo habitual, no sé muy bien el motivo) Pues nos pasaremos la vida con esa cruz, no muy pesada, pero una cruz al fin y al cabo, y modificaremos hasta hacer irreconocible el más terrible “primer error” de nuestros progenitores. Ya luego se encargarán con el tiempo de cometer muchos más.
A veces el nombre en cuestión ni siquiera tiene que ser horrible, pero casi invariablemente, lo tenemos que cambiar... ¿quién no tiene un amigo de nombre indescifrable?...ahora se me viene a la cabeza un amigo de uno de mis hermanos, se llama PINKI o PINKY, no sé muy bien, y claro, cuando lo conocí le pregunté en un aparte a mi hermano cuál era su horroroso nombre "real". Pues es bien fácil de adivinar: José Carlos, se llama José Carlos ¿cómo no fui capaz de adivinarlo? Y luego está mi amigo Chusco, que se llama Ángel, vamos, una regla de tres simple. Por esto, si partimos de la base de que el nombre elegido para esas tiernas criaturas no sirve de nada, es tontería tantas horas frente al Santoral.
No sé a vosotros, ya me contaréis, si os apetece, pero a mí mis padres siempre me han llamado “nena". Aún hoy soy nena y sé que seguiré siendo nena para siempre. Sin embargo estamos de suerte porque en esta época de cambios constantes que nos ha tocado vivir también los nombre evolucionan. Ahora ya estamos en la época de los nombres más “glamurosos”, ¿verdad? Jessica, Jennifer, Elizabeth, Johnatan.. ¡qué gran descubrimiento! ¡son fantásticos! Porque reconozco que es casi un pecado llamar a alguien Ramona, o Gumersindo, o Bonifacio, pero a ver:¿suena peor Ramona López o Jennifer López? pues, depende. Si la niña se parece a la cantante, pues vaya, pero ¿y si la tal Jennifer, (que en su barrio/calle/bloque acabará siendo, “la Yenni”) se parece a .. Mafalda? Pues ya tenemos juerga en el cole.
Luego, como no, está el efecto de los apellidos sobre un nombre propio. Soy gallega, y algunos de nuestros apellidos son contundentes. Suena mejor Xurxo (Jorge) Carballo que Johnatan Carballo ¡Dónde va a parar! Yo sinceramente os diré que extraño esos nombres sencillos, hermosos, como Ana, Iria, Mario, Eva, Manuel, Sara, Ángel, Carlos, a ser posible sin la María o el José de acompañantes, pero tampoco se trata de simplificar tanto que el nombre sea heredado desde el siglo XVIII. Ya sabéis, esa costumbre de heredar el apellido y el nombre. Tengo un compañero de trabajo cuyo abuelo, padre, su hijo y él mismo se llaman exactamente igual; vaya, que cuando hay reunión familiar (me consta que es a menudo) y la abuela, la madre, la esposa o él llaman a alguno de los individuos mencionados eso es una juerga total. Normalmente ninguno contesta. “como pensé que no era por mi”... o lo que es peor, lo hacen todos a la vez. Una confusión.
Aunque lo he planteado como algo casi cómico todos sabemos que éste no es un tema "trivial" porque cuando conocemos a alguien, aunque sólo sea de vista y nos apetece una aproximación, un acercamiento, no necesitamos saber si le gusta la playa o la montaña, si es del Barcelona, del Español o del Mataró FC (si existe), ni si le gusta el cine de accción o el independiente, sólo queremos saber cómo se llama, como si saberlo nos acercara más a él. Luego en realidad no importarán los nombres sino más bien lo que sentimos al decirlos, pero será luego.
Nos pasamos la vida “eligiendo” ¿os dais cuenta? Constantemente, en todo, absolutamente en todo, y desde muy temprana edad. Mirad, si no. Os propongo que hablemos de los nombre propios.
Ya incluso antes de nacer los padres eligen un nombre para sus criaturas. Pues bien, si nos gusta el nombre elegido, fantástico, pero ¿y si no? (algo habitual, no sé muy bien el motivo) Pues nos pasaremos la vida con esa cruz, no muy pesada, pero una cruz al fin y al cabo, y modificaremos hasta hacer irreconocible el más terrible “primer error” de nuestros progenitores. Ya luego se encargarán con el tiempo de cometer muchos más.
A veces el nombre en cuestión ni siquiera tiene que ser horrible, pero casi invariablemente, lo tenemos que cambiar... ¿quién no tiene un amigo de nombre indescifrable?...ahora se me viene a la cabeza un amigo de uno de mis hermanos, se llama PINKI o PINKY, no sé muy bien, y claro, cuando lo conocí le pregunté en un aparte a mi hermano cuál era su horroroso nombre "real". Pues es bien fácil de adivinar: José Carlos, se llama José Carlos ¿cómo no fui capaz de adivinarlo? Y luego está mi amigo Chusco, que se llama Ángel, vamos, una regla de tres simple. Por esto, si partimos de la base de que el nombre elegido para esas tiernas criaturas no sirve de nada, es tontería tantas horas frente al Santoral.
No sé a vosotros, ya me contaréis, si os apetece, pero a mí mis padres siempre me han llamado “nena". Aún hoy soy nena y sé que seguiré siendo nena para siempre. Sin embargo estamos de suerte porque en esta época de cambios constantes que nos ha tocado vivir también los nombre evolucionan. Ahora ya estamos en la época de los nombres más “glamurosos”, ¿verdad? Jessica, Jennifer, Elizabeth, Johnatan.. ¡qué gran descubrimiento! ¡son fantásticos! Porque reconozco que es casi un pecado llamar a alguien Ramona, o Gumersindo, o Bonifacio, pero a ver:¿suena peor Ramona López o Jennifer López? pues, depende. Si la niña se parece a la cantante, pues vaya, pero ¿y si la tal Jennifer, (que en su barrio/calle/bloque acabará siendo, “la Yenni”) se parece a .. Mafalda? Pues ya tenemos juerga en el cole.
Luego, como no, está el efecto de los apellidos sobre un nombre propio. Soy gallega, y algunos de nuestros apellidos son contundentes. Suena mejor Xurxo (Jorge) Carballo que Johnatan Carballo ¡Dónde va a parar! Yo sinceramente os diré que extraño esos nombres sencillos, hermosos, como Ana, Iria, Mario, Eva, Manuel, Sara, Ángel, Carlos, a ser posible sin la María o el José de acompañantes, pero tampoco se trata de simplificar tanto que el nombre sea heredado desde el siglo XVIII. Ya sabéis, esa costumbre de heredar el apellido y el nombre. Tengo un compañero de trabajo cuyo abuelo, padre, su hijo y él mismo se llaman exactamente igual; vaya, que cuando hay reunión familiar (me consta que es a menudo) y la abuela, la madre, la esposa o él llaman a alguno de los individuos mencionados eso es una juerga total. Normalmente ninguno contesta. “como pensé que no era por mi”... o lo que es peor, lo hacen todos a la vez. Una confusión.
Aunque lo he planteado como algo casi cómico todos sabemos que éste no es un tema "trivial" porque cuando conocemos a alguien, aunque sólo sea de vista y nos apetece una aproximación, un acercamiento, no necesitamos saber si le gusta la playa o la montaña, si es del Barcelona, del Español o del Mataró FC (si existe), ni si le gusta el cine de accción o el independiente, sólo queremos saber cómo se llama, como si saberlo nos acercara más a él. Luego en realidad no importarán los nombres sino más bien lo que sentimos al decirlos, pero será luego.
Decir, y ya acabo, que todo esto surgió de una cena este fin de semana pasado con una de mis amigas que va a tener una niña, y en la que, por descontado, todos hemos querido ponerle nombre a la pobre criatura para así evitar que cometieran el más terrible “primer error” como padres.