3/3/08

¡Maldito cobarde!


Foto: Dibujo de Marcos Rey


Te extrañará que te escriba. También a mí me extraña que aún tenga ánimos, pero por encima del ánimo, que es cierto que cojea, está el derecho a hacerlo, y yo lo tengo, como he descubierto que tengo muchos otros que durante mucho, demasiado tiempo, ni se me pasaba por la cabeza utilizar. Mi único derecho real era el de ser sumisa.
Empezaré por decirte que resulta admirable tu indiferencia ante el dolor, maldito cobarde, pero ¿sabes? yo ya no te admiro; que es increíble la capacidad que tienes para convencerme a mi y a todos de que me quieres, de que todo es porque me quieres. Quizá ellos aún sí, pero yo, yo ya no te creo. No tienes reparos en pedir perdón una y otra vez, y una y otra vez has sido perdonado. Sin embargo, siempre que lo haces, cuando por fin lo haces, es porque tu error es imperdonable. Tu "personalidad", si la tienes, es un galimatías incomprensible. Me dices, cuando consigo que me dirijas la palabra sin gritarme y que no suene a reproche todo lo que sale de tu boca, humildemente, y cabizbajo, como un pajarillo herido, que es así tu naturaleza: contradictoria, extraña, inestable.... No te empeñes, es inútil, sabes que es más sencillo que todo eso. Te lo resumo en dos palabras: ante mis ojos tú eres simplemente un maldito cobarde.
Te crees el centro de todo, y no eres nada, no eres nadie. Por ser no eres ni persona, eres sólo un engendro probablemente formado por inseguridades, complejos y vivencias mal asimiladas, o mal vividas. Eres deplorable, y hasta el término resulta sutil ante tanta crueldad. Por provocar en mi no provocas ni pena, sólo un alto grado de indignación, de rechazo e incomprensión. No quiero ocupar demasiado tiempo en el escaso tiempo que dura una vida hablándote a ti. Si es cierto, y creo que lo es, que la vida son dos días, "contigo y gracias a ti" he consumido ya uno, y aunque crees que yo te lo debo TODO, en realidad a ti sólo te debo mi tristeza y un miedo eterno.

Voy a alejarme por fin de tu presencia, de tus caprichos y tus paranoias, y no quiero volver a decir ni oír tu nombre. A partir de hoy para mí tú serás "el innombrable", el prescindible, el resultado quizá de rencores sin digerir, de enseñanzas mal aprendidas, o de falta de enseñanzas. No creas que te odio, no puedo odiarte. Eso significaría sentir algo por tí, y yo por tí no siento nada. Quiero dirigirme a ti por última vez porque he estado callada demasiado tiempo, y no quiero callarme más, y quiero hacerlo sólo para que sepas que, aunque te creas el más incomprendido, el más listo, el que más quiere y el que más sufre, aunque estés convencido de que eres el más valiente de los dos, para mí desde ahora y para siempre serás únicamente un maldito cobarde.

Sólo te puedo decir, ya para despedirme de ti, que tu destino es quedarte para siempre solo, en ese submundo que has creado a tu medida, y en el que sólo cabes tú. Decirte que te quedes en el calor insoportable de ese infierno que es tu vida, porque yo prefiero el frío helado de la soledad al fuego de tu ira. Ojalá no me abandonen las fuerzas, porque he agotado muchas gracias a ti, y espero, deseo y necesito que ahí afuera todavía haya personas que me puedan ayudar a que te diga bien alto, y sin que me tiemble la voz nunca más, ¡adiós, maldito cobarde!
PD: Escribo esta carta en recuerdo de todas aquellas mujeres que no han podido hacerlo porque se les hizo demasiado tarde...
"El silencio estimula al verdugo" Elie Wiesel, Premio Nobel de la Paz 1986

Video: Poema visual de Edith Checa