26/3/10

El uso del tiempo


Vista desde el Museo d'Orsay hacia Montmartre.

Te esperé demasiado. No me importó que el reloj  marcara un tiempo vacío tras su tic tac sin estéreo. Te esperé mientras el sol, ya ausente, desdibujaba contornos y la luna pintaba de azul el manto que viste la tierra, estampado en sombras diluidas del verde. Te esperé. Por momentos, algún rayo impertinente me negaba la posibilidad de ver. Aún cegada por la luz seguí esperando. Pero no te vi, como no vi la noche que presurosa me rodeaba. Me sentí de pronto sola y tuve miedo pero, a pesar del miedo, te seguí esperando. El ruido lejano de la vida se convirtió en silencio, ese compañero que se torna indeseable cuando acompaña a la muerte de la esperanza. Se convirtió mi espera en desconcierto. Penumbra sentimental. En medio de la nada mi alma se derrumbó, agonizante de sueños. No tendría que esperarte ni haber dejado que el tiempo marchitara mis ganas de tenerte. Pero seguí aquí y me cobijé entre abrazos que hacía ya tiempo que no me abrazaban. No te voy a mentir. De tanto esperarte, si un día por fin llegas, yo me habré alejando de ti para siempre.

A veces nos empeñamos en creernos el refranero. "Todos los caminos conducen a Roma" y "Quién bien te quiere te hará llorar". No es así. A Roma sólo llegas si tienes tiempo (y dinero) y desde luego de camino al supermercado de mi calle NO ESTÁ. En cuanto a quereres y llorares, sin comentarios. La frase se explica por sí sola. Si alguien te quiere ha de quererte "bien", de lo contrario mejor no mentar el verbo. Majaderías diversas de la cultura popular enfocada al "No se consuela el que no quiere". 

 No es suficiente con tener paciencia para no perderla, ni tener esperanza para no desesperarse. No es suficiente con concentrarse mucho en hacer algo para que salga bien, ni desear algo con todas tus fuerzas para que suceda. Algunos problemas pueden arreglarse, otros no. Es entonces cuando debe entrar en funcionamiento la aceptación de la derrota y evitar dramas muchas veces innecesarios. El desasosiego de no llegar a un objetivo no debe condicionar toda nuestra vida. Si conseguimos 'equilibrar el desequilibrio' que nos generan las promesas incumplidas será más fácil vivir. Si volcamos nuestras fuerzas en ser felices nadie nos garantizará que podamos conseguirlo, pero yacer rodeados de mentiras, tristezas y autocompasión sólo nos convertirá en unos necios, y nos condena a la cárcel de los resentidos. A ésos nadie les ha garantizado el paraíso y sí una inexorable pérdida del tiempo, y el tiempo tiene la maldita manía de no volver.

No usamos bien el tiempo, más bien lo desgastamos. El tiempo que vivimos se divide entre el que dedicamos a Lo Importante y el que se nos va en resolver Lo Urgente. Lamentablemente pocas veces coinciden  ambos adjetivos en las mismas cosas. Yo me he dado cuenta ya y ahora mi tiempo lo computo de otra manera. Y tú, ¿cuánto tiempo has vivido tú?



16/3/10

La ciudad del caracol


Si hay un lugar donde más que en ningún otro sitio he aprendido a admirar la belleza ése es París. Adoro esta “villa”. Adoro sus colores, sus luces y las sombras que las perfilan. Una ciudad cuyo callejero tiene forma de caracol no puedo dejarte indiferente. Sus trazos son de una estética geométricamente demoledora y a la vez difícil de transitar si quieres recorrerla en superficie. No importa. La consecuencia es que te obliga a meterte en sus entrañas para visitarla, y hasta sus entrañas son bonitas. Los días grises son habituales aquí pero ni siquiera su manto de tristeza empaña la sensación irremediable de estar bajo la bruma de un sueño. Si un sol cabezota se impone sobre la piedra, omnipresente, y lo consigue muchas veces, es como si se maquillase la ciudad y, mires a donde mires, se torna en una postal de tonos sepia y me mimetizo con ella, y me paso horas paseando sus bulevares plagados de cafés que tienen ese regusto a historia y tertulias vespertinas interminables. Puedo sentirla respirar mientras respiro y cómo me observa mientras la observo; oler los puestos de flores y oír la música que a duras penas sobrevive entre el barullo de sus mercadillos; posar la vista en su geometría perfecta de avenidas en radial me hace desear ser pájaro para poder volar su cielo..., pero no lo soy, y mi papel de peatón me limita en mis trayectos y me lleva a ser una visitante subterránea hasta, poco a poco, asomarme al exterior. Cuando por fin acaba mi recorrido por las arterias del coloso se me aparece la Ópera Garnier, dorado monstruo de rostro perfecto. Cierro los ojos para grabar esa imagen por si pudiera desaparecer tanta belleza. Todos deberíamos tener la posibilidad al menos una vez en la vida de pasear estas calles, sin más mapas que la intuición, sin destinos concretos, dejándonos llevar, al compás del único faro del mundo que no avisa a los barcos sino a los aviones y a los caminantes. La Ciudad de la Luz la llaman. Entre otras mil luces que parpadean incesantes el coloso de hierro justifica dicho nombre,  majestuosa torre que bien pudiera ser el guardián de la ciudad mientras duermen sus gentes y guía de los errantes que no consiguen dormir. Estés donde estés siempre te guiña el ojo y gracias a ella sabes que no estás perdida, a pesar de que puedas sentirte así.

Me gusta todo de París, pero si tuviera que elegir un lugar para un café es su corazón: Montmartre, uno de mis rincones preferidos. Es tan difícil ascender esa escalera hacia el cielo que podría afirmar que Sacré Coeur es sólo una alucinación. Miro hacia las ventanas de las casas que rodean La Place de Tertre y tras cada ventana me imagino el estudio de un pintor bohemio y loco, y no necesariamente en ese orden. Todo es un ir y venir de pintores y turistas posando en espera de una obra maestra. No saben que la obra maestra está allí, a su alrededor. De regreso busco la casa de Van Gogh. Aparece como de incógnito en una pequeña cuesta, humilde como fue la vida del delirante pintor de pelo de fuego, y me lo imagino con sus 37 años de vida sin vida, tal vez ocasionalmente visitando alguno de los molinos y sus picantes camareras. Molinos: ¿que pensaría D. Quijote de éstos si pudiera verlos?

Resulta caro vivir aquí pero en contrapartida es gratis admirar su belleza, que te atropella constantemente y encuentras por todas partes. Es desconcertante cómo sorprende cada vez. Podría ser que mi sentimiento hacia esta ciudad tenga un matiz subjetivo, pues mucho antes de conocerla ya me fascinaba. Su historia, sus pintores, su música, me hacían pensar en una ciudad elegante, moderna, exquisita, viva, pero sobre todo en una ciudad donde el arte te da abrazos cariñosos aunque no quieras. Puede que tenga una opinión subjetiva porque siempre formó parte de la lista “Sueños a cumplir durante mi vida” sumergirme en sus avenidas y disfrutar de una ópera en la ciudad. Puede que sea subjetivo porque a mí me entusiasman los museos y la arquitectura, y la concentración de estilos arquitectónicos que tiene esta ciudad es apabullante…, pero no lo es. No lo es porque desde la distancia que da el paso del tiempo a mí me siguen llegando en perfecta sintonía recuerdos de mis paseos allí, de mis atardeceres junto al río y de las visitas al oasis de la cultura que son el Louvre o el D'orsay, y no lo es porque asoma, invariablemente, la sensación de sentirme como en una película, y yo me convierto en Amelié Poulain, y mis notas en mi Moleskine de bolsillo se convierten en sus fotos rotas, y quiero ver esa película una y otra vez.

Volveré y cuando lo haga será probable que me acompañe una lluvia menuda que me recuerde a mi tierra y me haga sentir como en casa (aunque con más frío). Entonces es casi seguro que me pierda de nuevo por los alrededores del barrio latino. Pasearé por las orillas de una universidad poderosa; iré a la Place Saint Michel y comeré en uno de esos restaurantes en el cual, por fin, alguien hablará mi idioma; si me queda tiempo cruzaré el puente hacia Notre Dame y volveré a intentar averiguar por qué siempre tengo la sensación de que está torcida la fachada; de camino a los Campos Elíseos me preguntaré también cuántos de los candados del Pont des Arts ya no tienen ningún significado para algunos corazones.

Cuando, al final, con los pies palpitantes de la caminata abandone la calle, sonará en el hilo musical "Les feuilles mortes" y entonces todo tendrá sentido. Tanto arte en tan poco espacio ¿debería estar prohibido? Tajantemente: no.

5/3/10

La fragilidad



Tal vez algún día no me gusten mis comidas favoritas, ni me tome la medicación que me ha prescrito el médico y que, según sus palabras, hará mucho bien a mi ya debilitada salud; tal vez algún día tarde demasiado en llegar a casa porque no estoy del todo segura de si se llega antes desde la circunvalación o yendo hacia la rotonda; tal vez algún día esos rostros que al llegar me observen, enternecidos por una lágrima inminente, no me produzcan ningún tipo de sentimiento que no sea la propia sorpresa de que un desconocido sienta tanto cariño por mí y tenga la incómoda manía de llevarme de la mano a todas partes; tal vez llegue un día en el que me lavaré los dientes tres veces antes de irme a dormir y me acostaré demasiado tarde porque antes debo comprobar otras cinco que la ventana de mi habitación está convenientemente cerrada y alejada del molesto ruído de afuera;  tal vez algún día leeré el mismo libro durante un año entero porque no consiga pasar de la página 10 sin tener que retomar el principio de la historia, o estrene ropa que aparece cada día en mi armario sin que yo tenga en la mente haber ido a comprarla; tal vez algún día el color rojo no tenga nombre y el sonido del teléfono me desconcierte porque me resulte desconocido. ¿¡Quién lo sabe!? Pero si eso pasa, si algún día no soy sino el reflejo de una vida sin recuerdos y mi único tiempo verbal sea el presente, ojalá entonces alguien se dé cuenta de que, aunque yo ya no lo tenga entre mis recuerdos, los suyos dibujan fotogramas en los que yo aparezco cada minuto durante mucho tiempo. 

¡Qué mal utilizamos la memoria! ¡Qué poco valoramos los recuerdos importantes! somos asesinos de lo hermoso y ensalzamos los rencores, las "encomiendas" (innecesarias) que no se pueden demorar, los asuntos urgentes y las tonterías diversas. No tenemos ni un minuto para el cariño, pero no nos importa gastar años enteros en recordar algo que nos hizo daño. Os invito a reflexionar y establecer vuestra lista de recuerdos y, si os sobran unos pocos minutos, ver este video. Tal vez algún día alguien os la agradecerá..., o no.

16/2/10

Quejicosos habituales




Hay una actividad sin ánimo de lucro (por ahora) que cada vez está más en auge y en cualquier momento, no muy lejano, saturará el mercado. Hay miles. Están por todas partes y viven en democracia ya que los hay de todas las razas, colores, credos y religiones. Hay un ejército variopinto de soldados del malhumor que se empeñan en hacernos infelices al resto de los civiles. Menuda profesión tan extraña para un tiempo de crisis y paro. He estado pensando (lo justo) acerca de la función en la sociedad de estos especímenes, por si la tuviera y, efectivamente, creo que la tiene. Una de sus actividades fundamentales es hacernos sentir gilipollas al resto de los mortales en ocasiones varias. A saber:

- si sonreímos más de la cuenta.
- si estamos relativamente contentos más tiempo del necesario. 
- si NO damos excesiva importancia a tonterías.
- si no convertimos en tragedia todo aquello que no nos complace...
.... bla bla bla.. etc..etc...etc.

Algunos de estos profesionales de la mala leche presumen de ser realistas rodeados de soñadores ignorantes, que son todos los demás, una servidora entre ellos. Pues vale. 

Para escribir sobre esto que estoy escribiendo curiosamente he tenido que hacer un esfuerzo superior al habitual en esto de las palabras, y es que resulta que yo, por suerte/desgracia, no suelo tener soltura en el arte del quejido. Aún así, como dice el refrán: "Todo es ponerse" y yo hoy... me he puesto. Y ¿por qué hoy? pues por un sms que he recibido esta mañana. Lo transcribo:

 "Qué días más gris, ¿no? creo que hoy no saldré. Luego te lo confirmo..."  

Mi respuesta, también en forma de sms, fue:

"¡Totalmente razonable! Luego hablamos..."

?¿?¿? Recién leído el sms de marras me he puesto a reflexionar sobre la supuesta relación entre que una persona vaya o no a cenar teniendo en cuenta el color del cielo de día. No la encontré. Aún así, en mi afán de comprender lo incomprensible, he recapacitado unos instantes más, desgracidamente sin resultado. Y concluí que la explicación es simple: nos va el rollo éste de quejarnos.

Nos quejamos todos y por todo; nos quejamos de si llueve mucho tiempo, de si hace mucho frío, de si hace mucho calor; nos quejamos por tener que madrugar para ir al trabajo, y por descontado (y lógica) si no tenemos trabajo; nos quejamos si la comida está salada, o si está sosa, si está fría o si quema y tenemos que esperar/soplar un rato para poder comer, ¡qué trajín!; nos quejamos si vamos al cine y la peli es larga, y nos quejamos tambien si la peli es corta, (porque el cine... ¡es caro!); nos quejamos de la factura del móvil pero usamos el móvil hasta para avisar "Estoy en el portal. Baja", mientras nos observa, estupefacto y divertido un pobre y anticuado telefonillo de pared; nos quejamos de lo que consume el coche, y de no tener coche cuando está en el taller; nos quejamos si se nos mueren las plantas, esas hermosas criaturas desagradecidas que alguien felizmente ha inventado pero que tiene el defecto congénito de que hay que regarlas con regularidad, ¡qué invento! no tenemos tiempo (de eso también nos quejamos); nos quejamos de lo caro que resulta tener calefacción, y nos quejamos de que no funcione; nos quejamos de los que opinan diferente, y también de los que no  opinan, porque no se posicionan; nos quejamos de nuestros jefes y de nuestros empleados, y esa queja en vertical sí que es divertida. Se ha dado el caso de que nos quejemos al inmediato superior de algo de lo que se nos ha quejado el inmediato inferior y la respuesta en ambos casos ha sido la misma "Esto es lo que hay"; nos quejamos de los que se quejan siempre, por "quejicas", y de los que no lo hacen nunca, por "sinsangre"... pon el ejemplo que se te ocurra, la cuestión es quejarse.

De toda esta historia saco en conclusión que el deporte nacional ya no es (únicamente) la envidia, que también. El hombre, mal que le pese a Rousseau, no sólo es bueno, sino también quejica por naturaleza. Pero tampoco voy a trivializar sobre esto porque lo cierto es que a veces es normal que aparezca ese bicho que tenemos dentro, y es que no estamos en el mejor de los momentos, es obvio, pero estamos físicamente ubicados en un lugar lleno de privilegios. No estamos rodeados de felicidad, ni de paz y amor para todos los hombres, pero podemos salir a la calle cuando nos venga en gana. No me molestan los quejicas coyunturales pero sí me molestan los quejicas  estructurales, y hay tantos... ¿alguien se ha dado cuenta? yo sí...

16/1/10

Los recuerdos y las pompas de jabón

"Yo amo a los mundos sutiles, ingrávidos y gentiles como pompas de jabón..."

(Antonio Machado)

Me he encontrado con una amiga de la infancia a la que hacía muchos años que no veía. Nos hemos puesto al día en, aproximadamente, unos cuatro o cinco minutos mediante un resumen selectivo de lo que nos ha interesado contar a cada una acerca de sí misma. Es obvio que nadie cuenta lo que no quiere que se sepa y parte de esta obviedad es el hecho de que cuando más se miente acerca de nuestras vivencias es cuando "hurgamos" en nuestros propios recuerdos. Todo aquello que afecte a los demás solemos contarlo de un modo mucho más realista porque podemos conseguir la objetividad, tan difícil cuando contamos algo que nos pasó a nosotros.

La memoria es limitada, no puede recordarlo todo, así que cuando un recuerdo se olvida e intentamos resucitarlo probablemente lo que obtenemos sea una pequeña mentira. Incluso aquello que sí recordamos con relativa facilidad cada vez que lo contamos o que vuelve a nuestra cabeza habremos construído involuntariamente una parte que no es cierta del todo. La memoria se alimenta de recuerdos pero aunque nos creamos todos nuestros recuerdos algunos nunca han pasado. Así es. Siempre he pensado que todas aquellas personas que se atreven a escribir sus memorias son muy osadas. Leo casi cualquier cosa que llega a mis manos, da igual que sean relatos, cuentos, novelas, poesía, editoriales o artículos de opinión. Leo casi todo aquello que en principio consigue despertar mi curiosidad pero hay algo que detesto: los libros titulados "Mis memorias". La memoria es mentirosa. Para leer una mentira prefiero comprar cualquier revista semanal de cotilleo. Alguna encontraré y me saldrá mucho más económico.

Cuando pensáis en los recuerdos más importantes de vuestras vidas ¿de qué os acordáis? A mí me asaltan situaciones muy dispares. Recuerdo aquellas tardes de verano de la infancia, tardes interminables de juegos, de pantalones cortos, de meriendas en la playa y sueños apurados para comenzar de nuevo otro día plagado de pequeñas cosas importantes; recuerdo aquel beso a escondidas, un efímero beso eterno, que me hizo sentir que la tierra se desplomaba bajo mis pies (tal vez se desplomó realmente). Ése será el beso más hermoso a pesar de ser probablemente el más corto de todos los que di; recuerdo aquel primer día en el colegio, de la mano de mamá, sintiéndome una pequeña hormiguita indefensa de entrada al mundo extraño de los mayores. Según me ha contado llevaba mi vestido favorito, un precioso vestido blanco lleno de diminutas flores rojas y encajes, que mi madre me permitió poner con el fin de parar la cascada de lágrimas que empapaba mi tristeza; recuerdo las noches en vela por culpa de aquella asignatura imposible, y aquella otra noche previa a una entrevista de trabajo; recuerdo una madrugada de color azul volviendo a casa con él bajo una lluvia insistente que apenas percibía, y aquellas primeras vacaciones sin la familia, en un camping, a apenas unos kms de casa, aunque a mí me parecía estar en otro planeta. Desgraciadamente no estoy segura de que ésos sean los recuerdos más importantes de mi vida.

A medida que crecemos deberían regalarnos algún tipo de artefacto de control de la memoria para así, si un día alguien nos pregunta cuál es el momento más bonito que recordamos o el peor o quién fue aquella persona tan importante en nuestra vida, la respuesta tuviese un mínimo de veracidad.

Lo cierto es que al final, ¿a quién le importan los recuerdos? la mayoría son demasiado efimeros, muy cuestionables y tan frágiles como una pompa de jabón. Yo desde siempre me quedo con los sueños, que al final son los que nos empujan cada día. Cierto que ya he descartado alguno de mi lista de posibles, esos sueños que se han ido derrumbando porque la vida jugó con ellos y los derrotó, empeñada en ser ella la que controla cada posibilidad de que algo se cumpla o no se cumpla. Pero utilizo un truco: en mi márgen derecho del cerebro, en la parte creativa que todos tenemos, han nacido sueños nuevos, surgidos de la nada y sin esfuerzo los he colocado en los huecos dejados en mi memoria amputada por los "no pudo ser".

¿Os imagináis tener que resumir vuestra vida en unos minutos? ¿Qué recuerdos visualizáis sin esfuerzo? sean inventados o no :)

23/12/09

Motivos personales

Ya no me gusta la Navidad. Hubo un tiempo en el que sí la disfrutaba pero ya pasó. Para quienes me rodean esto no es nuevo por eso saben que una servidora suele "desaparecer" unos días en cuanto pasa la obligada comida de Navidad en familia. Este año no será una excepción.


Hay muchas razones para no compartir con la gran mayoría la ilusión por estas fechas. Para tod@s aquell@s que sí la disfrutan pueden no valer un pimiento pero para mí son más que suficientes. Cierto es que podría inventarme una excusa y decir que simplemente me pone nostálgica, que queda como muy literario, pero no lo haré. Sería como mentir, y no compensa, porque cuando mentimos una vez todo lo que digamos luego debe ser consistente con esa primera mentira y me temo que eso para mí resulta demasiado cansado.

No me gusta la Navidad y es por motivos personales: no me gusta tener que sonreír "porque sí"; no me gusta tener que felicitar a quien, en condiciones normales, ni saludaría si fuese junio; porque no hay diferencias entre un regalo el 25 de diciembre y el 4 de mayo, y si la hay es, sencillamente, que no existe el factor sorpresa; porque no quiero tener que buscar una razón para encontrarme con los amigos; porque no puede ser obligatorio el pasárselo bien el día 31 de diciembre, disfrazada de famosa y muertita de frío por culpa de un bonito (y escotado) vestido; porque los abrazos no tienen fecha en el calendario y yo los doy cuando me da la gana; porque si echo de menos a alguien lo echo de menos todo el tiempo; porque, a pesar de que cada año me propongo no hacerlo, me sigo acordando de que mi padre ya no está; porque desde que somos menos en la mesa la cena de Nochebuena tiene más de "noche" que de "buena"; porque ya no me saben igual los mantecados; porque la programación que acompaña en la tele es como para provocar el suicidio colectivo; porque hace demasiado frío ahí afuera para todos aquellos que no tienen dónde dormir; porque cuando miro a mi sobrino descubro en sus ojos que, con tan sólo seis años, lo de los RRMM ya NO SE LO CREE del todo.

Siendo totalmente sincera hay algo que sí me gusta de la Navidad: su banda sonora y su puesta en escena. La música suena por todas partes, ese murmullo que se oye por las calles, las sonrisas, las luces de colores que lo adornan todo. Aunque sé que la finalidad de todo eso sea más amenizar las compras que los paseos a mí me gusta pensar que es por amenizar los corazones. 

No me gusta la Navidad... pero igual a vosotr@s sí. Por eso, y porque siempre intento ponerme en el lugar del otro, he pensado que tal vez os gustaría recibir un regalo. No os voy a enviar una postal colorida ni un calcetín lleno de regalitos pero sí que os mando algo que podríais necesitar en cualquier momento: un kilo de abrazos y montones de besos para una temporada larga.  

¿Me hacéis un favor? Sed felices, pero SIEMPRE, no dejéis de serlo a partir del día 7 de Enero :)

8/12/09

Volver a empezar

" Amanece azul" de Disalicia

Lo veamos o no cada día amanece. Siempre es el mismo sol pero cada amanecer es único. Hoy, después de mucho tiempo, vi amanecer y puedo asegurar que en ese instante preciso podría llegar el fin del mundo y no me importaría, no si lo último que vieran mis ojos fuera algo así. Me sentí pequeña, en tamaño e importancia. Yo podría desaparecer y ese amanecer tozudo volvería al día siguiente para que otros lo vieran, y que estuviera yo o no estuviera no modificaría en lo más mínimo los acontecimientos.

Desaparecer, ¿os imagináis? estar pero no ser, ver pero que no te vean, como cuando de pequeña me escondía y pensaba que de pronto me había vuelto invisible. Suena bien. En realidad a veces las personas desaparecemos. Cuando hablo de desaparecer no me refiero a volatilizarnos en el espacio ni mudarnos a las profundidades de una cueva inhóspita e inexplorada. No es eso. No es una desaparición material sino presencial. Nos alejamos de nuestro entorno más cercano y durante un tiempo más o menos largo no estamos. Puede ser una invisibilidad definitiva o transitoria. Si es de las últimas, si es con retorno, cuando queramos volver a nuestro sitio puede ocurrir que ya no lo reconozcamos o, lo que es aún peor, que ya no nos reconozca. Algo que considerabas familiar y cercano se convierte en desconocido y ajeno. Pasas de ser protagonista en un reparto a ser sustituto del protagonista y tienes que ganarte de nuevo tu puesto para volver a ser tú. Es algo así como tener que recomenzar una vida que ya tenías. Es como volver a empezar.

Mi vida y todas las vidas son un volver a empezar constante, como una ruleta caprichosa en la que pocas veces, si es que hay alguna, sabemos hacia donde girará la suerte. Me atrevo a decir que a veces ella va por su cuenta y yo me limito a seguirla. No hay más remedio. Me gusta hacerlo a escondidas, intentando que no me vea, pasando desapercibida, que es como he comprobado mejor se disfrutan las cosas de ahí afuera. Ser espectador nos permite aprender mientras los demás enseñan. Aprender a cada instante y al instante siguiente olvidar lo aprendido, tal vez inconscientemente, por esa necesidad de desaprender y así no convertir en dogmas mis pensamientos. Mejor desaprender de vez en cuando para evitar que un buen día desaparezca mi capacidad de asombro, ésa que se atrofia en un porcentaje directamente proporcional a la velocidad con que nos alejemos de la infancia. De lo contrario llegará un día en el que no disfrutaremos del amanecer porque creemos que ya lo hemos vivido y no es cierto pues todos son diferentes.

¿Hace mucho que no veis amanecer? pues mañana es un buen día...

1/11/09

Mi gata toca el piano


NOTA: Me parece que resultará excesivamente confusa esta entrada. La he leído varias veces antes de subirla al blog y sí, resulta confusa. Eso pasa mucho cuando se escribe tal y como surgen los pensamientos, sin tamizarlos convenientemente, algo a lo que últimamente (y para desgracia vuestra) me he ido acostumbrando. Como resultado de semejante lío se solapan pensamientos y sentimientos, no hay un guión en los hechos, ni temporal ni causal, y la historia final es un batiburrillo tal que este post. CONSEJO: leerlo al menos un par de veces y si fuese posible acompañado de un vinito de la tierra. Mientras tanto yo "intentaré" no volver a caer en ello, pero no prometo nada :)

Las cosas suceden por alguna razón. La casualidad no existe. Quizá un día, en el pasado, cuando nacieron hechos que hoy son mis recuerdos, mi cabeza llegó a pensar que sí, pero ahora sé que no. Al menos en mi vida he decidido que no tiene hueco.

Creo que he dejado de creer en la casualidad desde el instante preciso en el que he dejado de creer en la suerte. No me malinterpretéis. No es una frase de tinte pesimista, ni muchísimo menos, porque al no creer en la suerte no creo ni en la buena ni en la mala. La vida según lo que yo he vivido depende mucho más de la actitud que de que los planetas nos sean propicios en un equilibrio cósmico perfecto. Todo lo que he escrito suena seguramente a tópico, sin ninguna base científica o contrastada, pero es el resultado de las experiencias, más concretamente de la mía, por tanto en mi entorno es algo cierto.

Tiendo, no sé si consciente o inconscientemente, a hacerme preguntas a menudo (y a menudo preguntas absurdas). Por ejemplo: ¿se puede uno enamorar de las palabras? Luego juego a contestarlas. En este caso la respuesta es Sí, rotundamente sí. Yo me he enamorado de poesías, de libros que he leído e incluso de frases sueltas. Una frase que me han 'chivado' recientemente es el último caso: Nunca digas nunca.

No sé si tiene sentido este amorío con las vocales y las consonantes. Intentaré explicarlo. Cuando nos enamoramos de alguien, y una vez superada la fase inicial, más "material", de contacto, ese primer acercamiento visual, el momento "Qué ojos tiene" (aquí poner la parte del cuerpo humano que queráis cada cual), surge la fase 2 llamada "Me gustaría conocerle". Es cuando pensamos "parece divertido";"parece muy romántico" para finalmente (fase 3) caer rendid@s ante lo que nos dice. Nos enamoramos de las palabras que oímos de su boca, de las palabras que nos hacen reír, de las que nos hacen pensar, de las que nos susurra al oído en la intimidad, incluso de las que no llegamos a oír porque los ojos no saben hablar pero en contrapartida sí saben leer. En definitiva: yo me he enamorado de esas palabras porque, como cuando te enamoras de alguien, han despertado a mi alma.

Nunca digas nunca es un mensaje totalmente optimisma, una propuesta valiente y, contrariamente a lo que pueda parecer por tajante, muy sensata.

Analizo las metas que me he marcado en mi vida. En ocasiones esas metas son más deseos que objetivos y se quedan en eso durante mucho tiempo. Sin embargo de pronto se cumple uno. Ni me cuestiono si me lo merezco o no. Eso es algo que no me interesa saber. Simplemente pasa. Y así atesoro momentos de felicidad que voy guardando en el archivo de mi memoria, como cuando al final conseguí participar en aquella obra de teatro; aprobar aquella asignatura imposible de la carrera; que él se fijara en mí y durante un tiempo precioso compartir nuestros sueños; ese ascenso que ha permitido que deje de ser quien pase las llamadas para ser quien decide si las atiende; que hiciéramos aquel brindis en las Campos Elíseos de París mientras un festival de fuegos artificiales nos deseaba un Feliz Año Nuevo. Nunca me lo hubiera imaginado y pasó, todo eso y muchas otras cosas. En la otra cara de la moneda, llamémosla cruz, viven las malas noticias, las situaciones grises, pero no las computaremos para que no enturbien la vida. Se asumen, se digieren bien y se aprende de ellas. Es más que suficiente. Sabemos cómo hacerlo. De hecho parece que estamos más preparados para enfrentarnos al dolor que a la felicidad y ésta a veces se nos escapa. Intentemos que no nos pase porque si hay algo peor que sentir que nunca te pasa nada bueno es que te pase y tú no te enteres.

Me propongo retos día sí, día también. Defino lo que me gustaría tener y convierto un deseo en un objetivo para que se torne más real. Intento dibujar el mapa para llegar hasta allí y me repito una y otra vez "nunca digas nunca". Si no lo consigo: revisión de deseos, y cuando una queja quiere salir de mis labios practicaré el deporte del silencio y me llenaré de ilusión, que es el combustible de la esperanza.

Nunca digas nunca. Desde ya esas tres palabras forman parte de mi diccionario vital, ése que a menudo calla y lo hace a gritos. Tal vez así algún día podré ir a Kenia a conocer a mi ahijada, disfrutaré de una ópera en La Scala de Milán, tomaré ese café que hace tanto tiempo tenemos pendiente, veré esa luna gigante o volveré a intentar descubrir aquel truco de magia que no puede ser cierto que sea cierto. ¡Quién sabe! Tal vez un día hasta aprenda a tocar el piano mejor que mi gata.


9/10/09

Premio Nobel de la Paz 2009


Nunca escribo en mi blog de política, de hecho, aunque pueda parecer que sí, este post no va sobre política, pero el protagonista de la noticia es un político. Bueno, no sólo un político. Es un personaje relevante, un producto, un carismático primer presidente afroamericano del país más "poderoso" del mundo, una esperanza para muchos que alguien ha decidido que se merece un Nobel. Me gusta Obama, atrae su determinación, su oratoria, su intento de cambio, pero ¿se merece YA un Nobel de la Paz ? ¿No estamos exagerando un poco? No sé de qué me sorprendo. Teniendo en cuenta que George W. Bush estuvo nominado a este mismo premio lo de Obama es todo un acierto. Casi un millón y medio de dolares de premio. A ver en qué los gasta. Creo que, definitivamente, estamos faltos de héroes...

5/10/09

Esencias y apariencias

Óleo s/cobre -Sín título-

Estamos rodeados de aparentes sin esencia, de héroes sin poderes, de poderosos sin valor y de belleza con fecha de caducidad. No importaría demasiado mientras caigamos en la cuenta de que estamos siendo engañados, pero lo malo es que no nos enteramos o no nos queremos enterar, pero, ¿a quién no le costó reconocer que los RRMM no existen?

Leí hace unos días en un artículo que, según los últimos estudios científicos, los niños nacidos en el S.XXI vivirán en torno a unos 100 años de media. 100 años. ¿Os imagináis? parece tanto tiempo. ¿Cuánto viviremos los nacidos a finales del S.XX? supongo que rondaremos los 90. Después de leer eso me quedé pensando un rato sobre la importancia de tener tiempo para lo cotidiano, tiempo cada día, no sólo el tiempo para hacer todo lo que quieres hacer EN LA VIDA: viajar alrededor del mundo en una autocaravana, tener una casa con jardín (y un bonito perro en el bonito porche); tal vez un par de hijos (muy guapos, claro) con una pareja maravillosa a tu lado; tal vez publicar un libro, o conocer una tribu del Amazonas e incluso obtener un premio Nobel, ¿por qué no? Tod@s tenemos ilusiones. Siempre que rehago mis sueños (por descontado los sueños son de revisión periódica) me encuentro con que hay algo que tengo que hacer y me ocupará mucho tiempo, un tiempo que no sé si valdrá la pena invertir en eso: me gustaría tener tiempo para conocerme bien, tan bien como para que las personas que se encuentren conmigo sepan realmente cómo soy. Supongo que es un reto individual pero, dado que vivo rodeada de personas que me observan, hay también algo de 'trabajo en equipo'. Lo que los demás vean en mí también me afectará. Siempre afectan las opiniones de los demás, incluso las opiniones equivocadas o sobre todo las opiniones equivocadas.

Cuando eres niño buscas la esencia de las cosas que te rodean y todos sabemos que la esencia de la cosas es de lo más variopinta. De un palo torcido y enclenque puedes obtener una espada; de un musgo del muro un trocito de césped para el prado del Belén, esos Belenes de la infancia, tan reales, en los que casi siempre la mula es más pequeña que el niño Jesús; de un ladrillo roto se obtiene una tiza para escribir en el gigantesco encerado en el que hemos convertido el suelo del parque; de un árbol surge un castillo encantado o un enemigo feroz..., luego, al ir creciendo, empiezas a ver qué es cada cosa, la esencia va perdiendo importancia y la apariencia es, con demasiada frecuencia, lo ÚNICO que cuenta: un palo es un palo, y sea grande o pequeño, siempre será un palo; el árbol da sombra o no, pero nunca será un monstruo destructivo ni un castillo indestructible; el musgo ni sabemos si existe todavía, porque ahora se compra en paquetitos de plástico a 1 euro... y parece de plástico.

Las apariencias son el reflejo de lo que proyectamos al exterior. La esencia es lo que somos por dentro. Qué difícil que ambas coincidan, ¿no? Tengo muchos miedos pero no me considero una persona cobarde; los cobardes no tienen miedos simplemente porque no se arriesgan. Reconozco que temo a muchas cosas: temo a las injusticias, al dolor, a los radicales; temo a los ambiciosos, a los conformistas y a los indecisos; temo a las equivocaciones y a los aciertos, pero entre todas las cosas que temo una que realmente me da pavor por ser dañina sin reservas es a "la apariencia", a quedarme en lo superficial de los demás (y de mí misma) y escaparé de ella para que mi vida y mi entorno no sea un "anamorfismo" donde todo luce muy vistoso y nada es lo que parece. Ojalá todo el mundo lo entendiera así.

18/9/09

Recuerdos idealizados


Recuerdo aquel día con todo lujo de detalles y lo que sucedió con una claridad pasmosa, al borde de la
irrealidad. Puedo ver sus ojos, profundos, escondidos tras una mirada curiosa; eran muy oscuros pero, bajo los destellos caprichosos de un sol que templaba nuestros cuerpos, parecían querer cambiar de color. Puedo dibujar su boca, y su sonrisa burlona, una línea temblorosa cuando reía, que achinaba su expresión, transformaba completamente su rostro y dulcificaba su mirada hasta el infinito borrando, a golpe de carcajadas, una cara de facciones endurecidas por el cincel de demasiadas batallas perdidas por el camino. Recuerdo cómo sus ojos intentaban adivinar mis pensamientos. Puedo afirmar, sin demasiado miedo a equivocarme, que en algún momento concreto lo consiguió. Con total nitidez visualizo el lugar en el que nos sentamos: la colocación de las sillas, el color de las fachadas que nos rodeaban en aquella preciosa terraza entre sol y sombra. Temperatura perfecta. Una pareja algo mayor, a escasos metros, tomaba un café sin ni siquiera mirarse, algo que hacen mucho quienes, probablemente, no tengan ya nada que decirse. Unos niños a lo lejos jugaban a gritar, o gritaban jugando. El ruido lejano de una moto, algunas voces ahogadas entre el murmullo de la gente que paseaba por la plaza y unos pocos pájaros completaban nuestro entorno. Aún así recuerdo que yo sólo veía sus ojos.

Ocurre a veces que un futuro incierto es más real que un pasado inventado, imaginario. Los sucesos perviven, encadenados en nuestra mente, bajo el manto del recuerdo. Sea o no cierto, haya o no ocurrido, si hay alguien que se cree que algo sucedió..., sucedió. Ocurre a veces que las certezas se escabullen entre "por qués" no preguntados y respuestas que nunca han sido oídas, y aún así ocupan importantes espacios en nuestra memoria, demasiado tozuda. Los recuerdos existen, pero no siempre (tal vez nunca) son como nuestra mente se ha empeñado en dibujarlos. Hemos construído a nuestro antojo el pasado que nos hubiera gustado vivir ante la incertidumbre de si el futuro será de nuestro agrado. Ocurre a veces que los sucesos nunca han pasado, aunque nos guste contarlos una y otra vez, y somos capaces de describir un amanecer que aún no hemos visto. Todo eso ocurre porque para tener recuerdos inventados es suficiente con tener deseos incumplidos.

¿Tenéis recuerdos "a medida"?

5/9/09

La lluvia


Una bloguera que conozco asegura que sólo escribe cuando tiene algo que decir. Estoy totalmente de acuerdo. Ojalá todos los blogueros hiciéramos lo mismo. No sé vosotros pero yo me he topado con blogs que no sabría decir ni de qué van ni por qué se han creado ni para qué leerlos. Bueno, eso mismo pueden decir los lectores de la blogosfera de los mios. El problema es cuando se escribe porque sí, porque toca. He notado que yo no escribo mucho últimamente. Quizá será porque no tengo nada que contar, aunque lo cierto es que siento que sí tengo mucho que decir pero..., no me sale. Aún así me apetecía subir algo al blog, y he pensado: "este post irá de NADA y hablaré sobre NADA en concreto". Y aquí estoy, improvisando, que de todos es sabido que la improvisación es una 'virtud' muy española. Mientras escribo, sin saber muy bien a dónde me llevarán las letras que voy encadenando, escucho música. Qué raro, ¿verdad? y ¿sabéis? acabo de decidir que me apetece compartirla con vosotr@s ¿por qué? pues por NADA, simplemente porque me gusta y aunque no se haya escrito para mí me hace feliz escucharla; porque me recuerda a la lluvia y, a pesar de que a veces genere melancolía, a mí me encanta que llueva; porque hace un día espléndido aunque no sea un día especial; porque a veces descubres que sin ser consciente del porqué te sientes bien; y porque es un alivio descubrir que no hay que darle demasiadas vueltas a las cosas y no hay que tener una razón para todo, por más que nos empeñemos. Además es de Serrat, razón más que suficiente para oírla.

Me gustaría que lloviera ahora mismo para, como cuando era niña, poder recoger las gotas de lluvia con las manos y después regar las flores que adornan mi terraza. Si hay algo que me gusta más que la lluvia de verano es el olor que deja sobre la tierra mojada. ¿Será porque es el olor de mi tierra? No importa la razón, puede que ni la haya. Tal vez sea por NADA.



PD: A vosotr@s ¿qué os transmite la lluvia?

23/8/09

¿Me das un beso?


Es una frase que he oído y dicho muchas, muchas veces. Tod@s nosotr@s, supongo. Hay frases que se repiten hasta la saciedad y que son independientes de la edad, la situación social, posición económica, preferencias políticas o tamaño del coche familiar. Ésta podría ser una de ellas.

Siendo una niña muy muy pequeña (calculo que aún no tendría cinco años) esa frase era la favorita de aquella anciana que vivía en la casa del al lado a la de mis padres. Doña Gloria se llamaba. La buena mujer me adoraba, eso decía mamá; en principio no debería ser un problema pero lo era. Invariablemente al verme se dirigía hacia mí y, en dos segundos, me estrujaba la carita entre sus manos. De pronto mis labios se comprimían hasta parecer la entrada a un túnel minúsculo dentro del cual asomaban unos incipientes dientecitos. Con mucho cariño (pero poca delicadeza) me plantificaba en todo el moflete un beso que me tenía que 'secar' mi madre disimuladamente para que no fuese mi mano la que lo hiciera. Bastantes años más tarde, cuando yo ya era una chiquilla adolescente, esas mismas palabras las oí en boca de mi primer y tímido enamorado. Con la experiencia que dan los años, sé que era más tímido que enamorado. Soltó esa misma frase de sopetón, con miedo, como si fuese lo más ofensivo que un niño te podía decir, como si esperase una torta en lugar de una respuesta afirmativa. Siempre he pensado que si hubiese tardado mucho en contestar él ya no estaría entre nosotros. Llegaría a diluirse hasta desaparecer detrás de esa máscara roja que representa a la vergüenza de los niños. Y, por último, estaban esas situaciones tan caseras basadas en el peloteo, como cuando a papá le quería pedir Dios sabe qué y en lugar de ser explícita empezaba un muy poco sutil "ataque sentimental" al más puro estilo de "Sonrisas y lágrimas" Al final papá, más vencido que convencido me decía: Bueno, pero si me das un beso...

Seguro que hay muchas otras ocasiones que podrían servir de ejemplo. Sin embargo, creo que ya es suficiente. La cuestión es que parece ser que esa frase tiene fecha de caducidad. Todo por culpa de un virus con nombre de bombardero ruso (nunco me aclaro dónde va la H y dónde la N osea que, por no buscarlo, ni lo pongo, que estoy vagonetas) Ahora los besos son peligrosos. Lo mejor para evitar incidentes es, sin duda, el Método 'porsiacaso'. Me explico:

Cuando alguien nos presente a alguien 'por si acaso' le tendremos que dar la mano amablemente y luego, discretamente, ir a lavarla ; si alguien estornuda en nuestro cogote 'por si acaso' iremos corriendo a buscar una ambulancia, no sea que esté enfermo y nos haya contagiado. Si un día nos duele mucho la cabeza, tenemos tos y fiebre se acabó eso de echarle la culpa a los famosos cambios de temperatura entre el despacho y los pasillos de la oficina, conversación típica de máquina de café; nos iremos INMEDIATAMENTE a pedir la baja, 'por si acaso'... Eso si nos nos envía a casa de vacaciones el jefe, que también podría ser...

He reconocido abiertamente en muchas ocasiones que yo soy besucona. Las personas que me conocen lo saben. Beso a las personas que conozco si me las encuentro por la calle; beso a mi madre cuando la voy a visitar, al llegar y al irme; beso a mi sobrino cada vez que lo veo hasta casi borrarle el color de la cara; beso a las personas que acabo de conocer si hacen el gesto de un acercamiento y beso a discreción si a alguien le tengo cariño. Lo hago sin pensarlo, 'me sale' así. Conclusión: pertenezco a un "grupo de riesgo" del que se han olvidado las autoridades sanitarias, políticas y demás informadores víricos.

Me temo que a mi edad las virtudes y los defectos ya están enquistados en mi personalidad. No creo que vaya a conseguir grandes cambios, por lo que lo más probable es que siga siendo besucona hasta que me muera. Ahora que lo pienso, incluso puede que me muera por serlo.

¿Es necesario todo esto? No lo tengo claro. Habrá crisis económica aunque no hablemos de ella hasta la saciedad, como hace no mucho; hay terrorismo internacional aunque no ocupen ya más que un par de minutos en los td; hay guerras interminables e incomprensibles en demasiados puntos del planeta; hay sicarios en Colombia y Camorra en Nápoles; también hay hambre en África, y en la India..., y en Madrid. Lo que no se cuenta es como si no pasase, así funcionan las cosas, pero una cosa es contar las cosas y otra muy distinta es contar lo que nos interese. Soy una total desinformada en todo este asunto, sólo hablo por lo que he leído o visto en televisión, como casi todo el mundo, pero... no lo entiendo.
Tengo un par de amigos médicos que tampoco entienden todo este revuelo. Critican esta política de contar lo que interesa y lo que no, ocultarlo. Ejemplo: "El Sr X, contagiado de GRIPE A, tenía enfermedades graves previas que complicaron su salud hasta provocarle la muerte" ¿Qué enfermedades previas?.- se preguntan mis amigos, porque, obviamente, si se muere un enfermo terminal de cáncer por una gripe tampoco es tan raro...

Se hacen estadísticas de infectados actuales, de futuros infectados; estadísticas de muertos reales, de muertos previstos; estadísticas de vacunaciones necesarias, de conjunto de población en riesgo... etc. Demasiados números para una gripe con nombre de letra, ¿no?

No sé de qué va esto y, como no sé, no entiendo nada. A mí lo que realmente me gustaría es que alguien por un momento se pusiera a hacer las estadísticas que realmente importan; hay una enfermedad llamada Anorexia que puede ser mortal que es la que sufren aquellos que no comen todos los días, pero también está esa otra mortal necesariamente sufrida por aquellos que, simplemente, no tienen qué comer; hay quienes no duermen todos los días, pero también están los que no tienen dónde dormir. No hablemos tanto de cuántos se han muerto por esta 'gripe destructiva' y centremos esos 10 minutos diarios de los informativos en aquellos otros que están ya tan débiles que una simple gripe, (se llame gripe estacional, aviar o porcina) los condena al más allá...

Tal vez sea una inconsciente pero lo cierto es que pienso que sería una pena que por culpa de este virus llegue un día en el que la princesita del cuento no pueda convertir a la rana en su príncipe azul. Me niego a cambiar el cuento.

Sólo me queda haceros una pregunta: Vosotr@s, ¿seguiréis dando besos o utilizaréis el método 'por si acaso'?

4/8/09

Viaje a ninguna parte



(vista de las vías y rampa de selección
desde la torre de vigilancia)

Oswiecim, Julio 2009

Cracovia, 1942.

Ni siquiera importa cómo me llamo porque en breve seré sólo un número, así pues ya ni me presento. Me espera una vida nueva, un trabajo y un nuevo 'hogar'. No es del todo cierto, pero prefiero pensar así. Sea como sea no es opcional. Si soy optimista pienso en que podemos llevarnos a nuestras familias con nosotros y ni siquiera tendremos que preocuparnos por encontrar un lugar donde vivir ni hacer una (casi seguro) incómoda mudanza. Debemos, eso sí, llevar nuestras pertenencias más queridas y/o valiosas (que no siempre son las mismas). No tenemos que pagar el viaje porque se pone a nuestra disposición el medio de transporte habitual en nuestro tiempo: el tren. No viajaremos en primera clase pero, habida cuenta del coste cero que nos supondrá, es más que suficiente. El viaje comienza muy temprano, de madrugada, y lo iniciamos sin apenas haber dormido. Llevamos a rastras, buscando un difícil equilibrio, maletas, fardos, bolsas e hijos. El tren, inmenso, está a punto de salir y tenemos que entrar apresuradamente. Imposible encontrar un asiento porque no hay. Demasiadas personas hacen el mismo trayecto o el vagón es demasiado pequeño. Son los inconvenientes de viajar gratis. No podemos protestar.

Parece que ya estamos llegando, aunque no se ve la estación. Debe de estar tras esa torre de ladrillos. Llueve en Birkenau. Antes de parar por completo el tren compruebo que hay varios hombres esperándonos. Será para organizar el traslado y hospedaje. Parece que aquí está todo bajo control, por todas partes hay hombres informando de qué hacer en cada momento. Me tranquiliza saberlo. Tenía miedo de extraviar el equipaje pero, tan pronto bajamos, nos hacen etiquetar con nuestros datos personales todos los bultos que hemos traído. Luego los hombres uniformados nos los harán llegar. Somos muchos, no me había imaginado encontrarme con tanta gente aquí. Pero esto es muy grande, no alcanza la vista donde acaba, así que no habrá problemas de espacio. Hay personas por todas partes, de todas las edades, y niños, también hay muchos niños. Me alegra saberlo porque temía que pudieran aburrirse aquí. Nos dirigen hacia los barracones situados a la izquierda de la Torre. Nos informan de que será nuestra nueva residencia y nos avisan también de que antes debemos pasar a recoger la ropa de faena. En el camino nos vamos encontrando con decenas de personas a nuestro alrededor, algunos en cuadrillas de trabajo ya uniformados, y otros, que parecen ser los que mandan, organizando grupos que parece que, como nosotros, acaban de llegar. Al llegar a un edificio largo y estrecho oímos a alguien decir que hay que darse una ducha y cortarse el pelo. Dice que es para evitar contagios o infecciones. Parece razonable. Somos demasiados aquí y una ducha caliente nos vendrá muy bien después de un viaje tan largo e incómodo. Los más pequeños empiezan a estar cansados y los lloros, contagiosos como la risa, rompen el silencio tan pesado que nos rodea aquí. Resulta extraño pero, ahora que lo pienso, y aún a pesar de haber tantas personas, en este lugar hay sobre todo silencio. Delante de mí una madre consuela a un niño, sollozando de hambre o sueño o ambas cosas: "Pronto podrás dormir" le susurra, dándole un beso en la mejilla. Antes de que sus labios toquen la piel suave del niño se apagan todas las luces. De nuevo, sólo se oye al silencio.


Llovía en BIRKENAU cuando hice esta foto. Creo que no podía ser de otro modo. El silencio brutal e inmenso que hay allí te cala los huesos y el alma. Mientras intentaba que mis ojos abarcasen de un vistazo un terreno demasiado grande llovía afuera. Tuve la extraña sensación de que allí debería llover siempre, como si en una especie de homenaje póstumo fuese obligatorio que llorase el cielo para borrar tanto dolor.

He estado de vacaciones. En esta época siempre que puedo hago un viaje. Esta vez el destino ha sido Polonia. No estaba entre mis prioridades inmediatas, pero surgió la posibilidad y me apunté. Ha resultado ser un viaje fascinante, lleno de silencios y susurros, de luces y sombras, y sobre todo de colores. De rojo los castillos que aparecen como gigantes en casi todas partes, de mil colores las fachadas en sus ciudades llenas de historia e historias, y de verde el paisaje que tanto me ha recordado a mi tierra, verde como la esperanza de sus gentes y los lagos que salpican sus llanuras. Los polacos son alegres, amables y educados, ruidosos y muy callejeros; están muy cerca en el mapa pero muy lejos del carácter seco de sus vecinos checos o rusos y sonríen todo el tiempo. Será que quieren recuperar tantas sonrisas borradas a golpe de bombas e invasiones, será que no hay nada mejor para secar el llanto que el soplo de una sonrisa.

Sé que una estancia de apenas 10 días no es suficiente, que no permite sentencias, que ningún pueblo, ninguna cultura, ningún país con tanta historia a sus espaldas se puede conocer mediante excursiones más o menos programadas. No basta con comer lo que ellos comen, pasear por donde ellos pasean, o rememorar a golpe de guía acontecimientos del pasado. No es suficiente con fotografiar todos sus monumentos ni visitar todas sus iglesias. Tal vez haga falta toda una vida, incluso puede que ni toda una vida sea suficiente. Para comprender a un pueblo es tal vez imprescindible haber nacido dentro de él. Pero aún asumiendo mi desconocimiento e ignorancia, letrero que llevo pegado a mis espaldas de simple turista curiosa, me atrevo a afirmar que el carácter dice mucho de una comunidad y los polacos llevan la alegría en sus ojos claros, en su música, en cada rincón colorido de sus ciudades y en su chispeante y sempiterna sonrisa. Y para "los curiosos": sí, las polacas son (en general) muy guapas :)

¿Estáis tod@s ahí, estrellitas? Espero que sí.

12/7/09

"Un día sin una sonrisa es un día perdido" (Chaplin)



No quiero escribir demasiado y al final siempre escribo "de más", ya lo sabéis. Lo intento, lo intento, pero llevo un par de días rompiendo hojas de mi pequeño bloc de notas. Por mucho que me gusten las palabras ellas saben callar cuando queremos que digan sólo lo justo, sin retórica ni circunloquios. Así pues, y como no ha habido suerte,he optado por 'hacer trampa'.

Desde siempre he estado de acuerdo con que una imagen vale más que mil palabras y sé, estoy casi segura, que la música transmite todo aquello que las palabras no pueden. Así pues, os dejo imágenes y música. Os regalo, como cada día, una sonrisa (que también es mejor que las palabras) y una canción que me encanta, y que desde hace mucho está en mi discoteca particular. Chaplin compuso la música para su película Tiempos Modernos y con la versión de Nat King Cole se le dio letra. Luego la versionó maravillosamente M. Jackson. Hace unos días me enteré de que era su canción favorita. No era tonto, ¿no creéis?

Haced caso al gran CHAPLIN y sed muy felices. Yo lo intento cada día y a veces incluso funciona :)

En breve me voy a dar un respiro y quiero que estéis todos cuando vuelva, ¿vale? Hasta muy pronto, estrellitas :)