25/12/08

En blanco y negro


Mis sueños son en blanco y negro. Os preguntaréis en qué me baso, dado que soñamos (sobre todo) mientras dormimos. Pues en que no recuerdo haber visto un color en ellos, y suelo recordar muchos de mis sueños diarios. No tengo ningún problema con esto. El problema es cuando sigo viendo, ya despierta, mi alrededor en blanco y negro. Es como si de pronto el resto de los colores no existiese. Eso me pasa pocas veces, sí, pero me pasa. Y normalmente ocurre cuando vivo situaciones incomprensibles para mí.

No dejo de preguntarme por qué es tan complicado a veces entender el lenguaje, la conducta, las prioridades y pensamientos humanos (me incluyo). Tal vez es que sea marciana. Que soy algo lunática lo he reconocido siempre, pero ¿marciana? Eso ha sido todo un descubrimiento.

Maldita Navidad. Es probable que estar ociosa, estado habitual en esta época, me esté pasando factura. Desde niña he sido así: cuando mi cuerpo baja el ritmo, mi cabeza y su hermano corazón, invariablemente, entran en una especie de frenética actividad. Resulta agotador, lo reconozco. Quizá es en estas circunstancias cuando debería comenzar una "huelga cerebral" de las que muchos otros hace ya tiempo tienen varios masters, y bien que les va. Pero no puedo. Llevo demasiados años de enfados contínuos con mi cabeza híperactiva y mi corazón hípersensible. Sé que no voy a cambiar, por tanto, ¿para qué engañarme? Es una guerra perdida. En contrapartida, también es justo reconocer que semejantes imperfecciones me han servido en muchas ocasiones para, al menos, tener claras algunas cosas que parece que el resto de la humanidad (inteligente y evolucionada) que me rodea no siempre tiene en cuenta. Concluyo que en parte es bueno esto de sentirme en blanco y negro. De los momentos bajos es de los que realmente he aprendido cosas, tanto de los demás como de mí misma. A veces es un alto precio pero nada es gratis en la vida. Puede ser ésta una conclusión absurda, propia de mi chifladura, que por cierto no tengo claro si es "de manual" o simplemente aún no tiene nombre científico. Pero os dejo aquí alguno de esos aprendizajes forzosos:

-Una sonrisa embellece el rostro. A mí, por supuesto, me gusta estar guapa, por lo que intento llorar lo menos posible pero como necesito hacerlo (por una fuga en el proceso de fabricación) intento que sea a solas y preferiblemente con la luz apagada, así no me veo llorar.

-Una buena conversación es como una buena comida: alimenta el alma, se digiere bien y nunca llega a saciar; las "charletas/sermones/conferencias" son, por el contrario, como una comida a deshora y excesiva: a mí me producen empacho cerebral. Mejor hablar lo justo y parar de cuando en cuando para que nuestro interlocutor no sienta la necesidad de una "siesta" en nuestra presencia.

-Cada día tengo más claro que cuando te acercas mucho a algo dejas de verlo y si te hablan muy alto dejas de entender, por tanto: es muy recomendable ver las cosas con la suficiente perspectiva y hablar en frecuencias bajas.

-Hay algo que hago constantemente: dudar. No me gusta, pero creo que a veces son más peligrosas las certezas... ¿ o no? No lo sé, es una DUDA que tengo.

-Las personas son como son y lo son estén con quién estén. Se pueden adaptar, amoldar, disimular, pero al final se les ve el plumero. Prefiero aceptar eso que convivir eternamente rodeada de (malos) actores.

-Para muchas personas la palabra "escuchar" resulta ser una perfecta desconocida. Es casi seguro que alguien les intentó explicar el significado mientras ellos estaban demasiado ocupados "hablando".

-Es tan importante saber valorar un triunfo como saber enfrentarse a una derrota. Normalmente no sabemos hacerlo porque nos pasamos mucho tiempo aprendiendo a afrontar lo segundo.

-No me da miedo equivocarme. Me asusta, sin embargo, no darme cuenta de que lo estoy haciendo.

-Cuanta más gente conozco, menos conozco a las personas.

Para el que me lea habitualmente sobra decir que podría extenderme hasta el infinito, pero ¡qué demonios! es Navidad, no quiero ser cruel. Así pues, os cedo la palabra. ¿Vosotros también tenéis aprendizajes forzosos que queráis compartir? Ojalá la respuesta sea un sí. Me ahorraría el (seguro carísimo) psicoanalista.

5/12/08

¿Diciembre es racista?


Quizá un poco ¿no? Lo digo por eso de la "blanca" Navidad. Ya, menudo título para un post me he buscado. No es un titular al uso para estas fechas pero, teniendo en cuenta que esto no es un blog con ánimo de lucro, puedo jugar con eso sin arruinar mi reputación (qué palabra más fea) ni disminuir el número de visitas por minuto... venga, por hora.

Estamos en diciembre, último mes del año según nuestro calendario, mes en el que se dan (y si no se buscan) todas las condiciones para que seamos los más felices de nuestro barrio. Es evidente por donde voy ... o no.

Durante estos días es obligatorio ser feliz. No sé dónde está escrito pero resulta que es condición sine qua non para que el mes sea perfecto que tod@s nos queramos, y cuando digo tod@s es TOD@S. Sí, queda incluída la cuñada insoportable, la suegra, el sobrino repipi y el vecino del cuarto ¡sí, sí, ése, el del taladro de los domingos por la mañana! También es obligatorio que los niños luzcan sus mejores sonrisas; las familias tienen que reunirse y comer y beber (aún sin hambre ni sed); hay que regalar a nuestros seres queridos (o no tan queridos); se debe también felicitar a todo el mundo (?¿) sí, se debe desear Felices "Fiestas" ¿ y si el susodicho trabaja esas "Fiestas"? no importa, hay que felicitarle, que no se queje, que peor sería que no trabajase. Estamos en ese momento mágico de "hacer el bien" y ser solidarios, ya seremos unos malvados egoístas el resto del año. A ver si no es razón suficiente el simple hecho de que estemos en Navidad. Claro, alguno se preguntará ¿y si resulta que soy ateo/agnóstico? No importa, tú felicita igual, ¿qué más te da? Pues eso.

Entonces pienso: "Que mes tan poco democrático". Sí, porque resulta que por desgracia (y ya es mala pata) existen personas que no tienen a quién querer estos días, que hay niños que no son capaces de sonreír (sonreír y llorar al mismo tiempo es muy difícil), que hay familias que no se soportan, o incluso hay personas que no tienen a quién felicitar.

Pero sigamos destripando el mes más comercial. Este mes tiene otras características que le adornan: se le reconoce por el frío y las primeras nevadas, los días cortos y noches madrugadoras, las luces de colores, los escaparates excesivos, los árboles verdes de plástico y los Papanoeles rojos inventados por Coca Cola (todos sabemos que el original 'Santa' era verde) Es un mes "de diseño" con decoración de interiores e iluminación de exteriores. Ya que no podemos iluminar nuestras vidas, pues iluminemos nuestras casas, ¿por qué no? ¡hay tanto que celebrar! Sí, diciembre parece un anuncio de IKEA.

Y encima, para más inri (hoy me ha dado por el latín) se acaba un año. ¡Qué bien! y ahora caigo en la cuenta de que no he hecho nada de lo que tenía pensado. Bueno, no importa. Es obligatorio ser feliz= prohibido lamentarse. Además, en breve empieza otro año, igual de largo, incluso más si es bisiesto, y siempre puedo intentar escribir un guión tipo 12 meses, 12 causas, y cruzar los dedos para no perder el post-it donde lo he apuntado. Es lo bueno de esta época: genera optimismo.

Regresemos a nuestro pasado, cuando eramos niños. En esa mágica edad, en la que casi siempre hay motivos para disfrutar, las Navidades hacen coincidir muchos de ellos: menos días de clase; nieve en muchos lugares para poder jugar/esquiar/caerse (que era lo que hacía yo); visitas a las tiendas de juguetes (reconozco que eso, a mi edad, sí que lo sigo haciendo, me encantan los juguetes) y, sobre todas las cosas, la espera ansiosa e ilusionada de P.N., sus majestades los RRMM o los dos, eso ya va un poco/un mucho en función de la economía familiar.

¿Lo malo de este mes? Quizá se me ocurra algo. A ver, si lo pienso fríamente, sin los adornos navideños emborronándome la realidad, sin las luces parpadeantes que siempre me han estresado un poco, resulta que lo malo es que tal vez en algún lugar, y no tiene que ser muy lejano, no se celebre nada ¿Por qué? pues porque no hay nada que celebrar. Hay gente para la que, nos lo creamos o no, el celebrar la Navidad no está entre sus prioridades. Resulta que están pasando por un mal momento por alguna causa (o varias, que es lo habitual) y les preocupan más otras cosas. Son esas personas que no tienen vacaciones, o trabajo, o luces de colores en casa, o casa, ni regalos, ni dinero, o que no tienen salud, o comida, o familia...etc, así sucesivamente... Y claro, poco tiempo deja eso para pensar en otra cosa.

Alguno de vosotros no me reconocerá escribiendo así, porque suelo hacer gala de un optimismo eterno. No os preocupéis, no he sido abducida, y lo que estoy explicando no va contra el optimismo, pero sí contra la felicidad obligada, impuesta y publicitada a mi alrededor. ¿Por qué? pues porque yo seré feliz cuando me venga en gana y los astros me acompañen, no cuando lo digan unos cuantos anuncios/sacerdotes/asociaciones varias.

No quiero deprimiros (ya, ¡quién lo diría!) pero tenéis que entenderme. Esto es sólo un blog y aquí aparecen sólo mis delirios. Y mirar si es cierto que no quiero deprimiros que, para no dejaros con mal sabor de boca, os doy varias soluciones al problema de injusticia antidemocrática que estamos viviendo en el mes en curso: estamos en el momento ideal para elegir la opción de apadrinar un niño, hacernos socios de Save a Children (o similar), mandar un sms para participar en una donación multitudinaria , comprar un juguete solidario o enviar un abrigo viejo al contenedor de la ropa o la oficina de Cáritas más cercana, eso si es que lo quieren, que a mí la última vez que fui me dijeron que no necesitaban ropa (?). Es lo bueno que tiene diciembre: que tenemos mil formas de sentirnos bien. En fin...

Este mes yo intentaré ser más democrática que el calendario y voy a hacer exactamente lo mismo que el mes de noviembre: quedaré con mis amig@s siempre que pueda y puedan, diré te quieros a quién quiera y quiera escucharlos, repartiré besos y abrazos a diestro y siniestro (dos amigos míos); seguiré echando de menos a los que no estén y claro que iremos toda la pandilla a cenar, pero también fuimos el mes pasado. En definitiva: intentaré ser feliz y hacer felices a los demás. ¿Y en enero? Pues en enero más de lo mismo pero con otro número en el año.

¿Qué planes tenéis vosotr@s para este mes de diciembre? Y si os gusta la Navidad me gustará escucharlo igualmente :)

PD: Quede claro que lo que sí ADORO de este mes es el brillo en los ojos de l@s niñ@s. Será porque me recuerda a los meses de diciembre en los que yo aún pensaba que era éste un mes democrático.

21/11/08

Mentiras sinceras.


¿Compensa ser sincero? Bueno, supongo que sí, pero en la medida justa. Si vas al médico, por ejemplo, dile realmente cuales son tus síntomas, no sea que te trate el dolor de cabeza y a ti lo que te duela sea el tobillo derecho. La sinceridad compensa siempre que te afecte sólo a ti. Si dices: “soy una idiota”, pues bueno, es una pena, pero al fin y al cabo, no haces daño a nadie más con esa afirmación. Cuando recibo currículums, por ejemplo, sé de antemano que el 20% del contenido no debo creérmelo del todo, y no pasa nada, porque en muchos casos no ser sincero compensa. Es así. Y es que la sinceridad no está de moda. Y no hablo de "la verdad", que ya he dejado claro alguna vez que para mí no existe.

Pero mentir es agotador. Para mantener una mentira te verás obligado a inventarte unas cuantas más y tener una memoria prodigiosa para no olvidar ninguna de las que te has inventado. ¡Qué cansino! aún así las personas que conozco mienten, TODAS, todos mentimos, pues claro que sí, porque quien no mienta de los que me leen o dejan comentarios en este blog, que me expliquen el procedimiento para evitarlo. Mentir es mucho más fácil de lo que se cree. Mientes cuando no dices realmente lo que piensas, o lo "disfrazas" para que suene mejor. A ver: cuando pones una excusa a alguien para no ir, para que no venga, para no quedar, ¡¡ZAS!! ¿Qué estás haciendo? pues mentir. Claro, a esto le llamamos excusarse pero ¿qué es, sino, una mentirijilla? aceptada socialmente, eso sí, incluso el que la recibe suele pillar enseguida el desplante, pero hace que se lo cree ¿por qué? pues probablemente por la ley de la compensación: mañana él podrá mentirte sin sentirse un embustero. Es casi un acuerdo no escrito.

Nos hemos acostumbrado a mentir desde bien pequeños, utilizando una mezcla entre fantasia y mala leche, con la finalidad (habitual) de no recibir una bronca de nuestros queridos padres por algo que obviamente hemos hecho nosotros. Si hasta teníamos una canción que animaba las excursiones sobre ese tema ¿la recordáis? aquí está. Y es que la osadía de la infancia es infinita. Intentamos que nuestros progenitores crean que, en realidad, la travesura de turno ha sido obra de unos duendecillos maléficos y juguetones. Sí, es cierto, nosotros estábamos solos en casa pero... ¡los duendecillos son tremendos! ¡Pobres padres! qué admirable paciencia demuestran sabiendo que se la estás jugando y encima tienen que discutir sobre ello, y les desarmas porque en ese breve instante de ira no saben muy bien qué hacer, si reír y admirar tu “astucia” para evitar un marrón, o mandarte vía satélite una zapatilla por los aires.

No se puede ser sincero sin tener "x" problemas diarios. La de cosas que se te pasan por la cabeza y no dices. Como cuando en la panadería te cobran casi 1 euro por una barra de pan poco hecha y te dan ganas de hacerle una foto y llevarla de recuerdo y que hagan con ella bocadillos a 3 euros, que el timo, al menos, incluye jamón; o como cuando intentas averiguar qué señal de tráfico da preferencia de acceso a las aceras a esas cinco adorables ancianitas para que, como cinco elementos tomados de cinco en cinco, transiten por la acera tan anchas... y a lo ancho (y a más anchas las aceras, más ancianitas transitando); o como cuando un vecino llega tres segundos antes que tú al ascensor, te ve en la puerta (tú lo sabes positivamente) pero aún así, en tus narices se cierra la puerta del ascensor, mientras piensas: "¡ya está! ¡ya me he vuelto invisible! Y eso pasa siempre en el peor momento, justo cuando vas cargada con la maldita bolsa del súper que ha llenado la chica de la caja hasta los "no sé cuántos" kgs/litros de capacidad que soporta una bolsa convencional, como si le saliese del sueldo el coste de la bolsita de marras . Pero claro, tampoco es cuestión de montar un pollo. Se te echarían encima la cola de personas (con mucha prisa y poca paciencia) que suele ser la que yo me encuentro en el súper, que digo yo que será por la hora a la que hago la compra, porque de lo contrario, después de los maestros, la profesión con mayores bajas por estrés tendría que ser la de cajer@ de supermercado.

Aunque no me guste generalizar a veces es preciso hacerlo, y creo cada día más que EN GENERAL no compensa ser sincero, no le demos vueltas. Cuidado, que hay momentos en los que es obligatorio ser sincero. Debemos serlo con las personas a la que queremos y nos quieren, no hay problema si lo hacemos; esa sinceridad es estupenda (y necesaria) porque genera un vínculo de confianza que es imprescindible para que una relación sea mínimamente sólida, y porque creo que las mentiras en estos casos dañan mucho, eso sí, por descontado, más a quien las cuenta que al que las escucha. Pero no nos "desnudemos" siempre y ante todo el mundo (la sinceridad implica no andarse con rodeos ni maquillajes) porque estamos perdidos. Nuestros sentimientos se convierten en algo muy frágil y hacerlo te asegura un resfriado emocional en muy poco tiempo.

Sinceramente, me encanta la sinceridad, pero bien aplicada. Odio cuando la gente, usándola de escudo, te hace daño gratuitamente, y es que de sincero a imprudente hay un paso muy muy pequeño. No os mentiré, no tengo ni idea de porqué estoy escribiendo sobre esto y precisamente hoy, pero creo que es lo de menos. Sinceramente, no importa. Ni estoy de malhumor, ni estoy deprimida, o eso creo, es sólo que últimamente me desconcierta la forma en que las personas te mienten descaradamente, disfrazando esas mentiras de buenas intenciones pero malas artes. Fijaros, es sólo una anécdota: la mentira en la Biblia tiene la misma entidad que el asesinato, el adulterio, la envidia o el no honrar a los padres. ¿Será que la mentira es realmente mucho más grave de lo que nuestra cultura nos hace creer? Sabe Dios :)

Por último, os pido perdón porque (y no os miento) llevo un tiempo intentando desesperadamente resumir desde que alguien me ha recomendado que no escriba tocho-post si quiero mantener el interés (si es que lo tienen) en los lectores de mi blog... pero es que no sé hacerlo. Escribo como hablo, y escribir para mí es conversar en silencio, osea que me temo que a aguantar los tocho-post, el que quiera.

Os dejo una cita del polémico pero "sincero" Dr. House:

" Todo el mundo miente, la única variable es sobre qué"

PD: decidme, de estas mentiras, ¿cuántas no habéis utilizado aún? Leer

11/11/08

Pues ... "no lo sé"


Creo que es una de esas frases que casi nadie tiene en su repertorio de frases favoritas. Yo la he oído escasas veces en mi vida. Muy pocas. Y si alguna vez alguien ha reconocido su ignorancia ante algo, simplemente lo ha hecho disfrazándola con un poco de literatura. Pongo un ejemplo:

Tuve hace años un profesor de Comercio Internacional en la Facultad que usaba mucho en su lugar una expresión que a mí me encanta desde entonces. Cuando alguno de sus alumnos le hacía una pregunta que no sabía contestar él cogía su cuaderno, la apuntaba e inmediatamente decía, tan convincente como convencido: "Lo voy a averiguar." En mi ultimo año de carrera, coincidí con él en una conferencia. Al terminar nos encontramos en una cafetería cercana y charlamos un rato. Entre otras cosas surgió aquella ocasión, en un examen de final de curso, en la que en una pregunta sobre un trabajo presentado en clase sobre exportaciones, que yo no llegué a preparar bien, contesté con un sincero "Lo voy a averiguar". Me puso un cero morrocotudo en la pregunta, por descontado, pero me aprobó el examen y cuando nos cruzábamos en el pasillo de camino a clase, se sonreía y me saludaba. En esa cafetería, y con la confianza que me daba el tener ya su asignatura aprobada, le pregunté si en realidad cada vez que usaba esa frase afirmaba que no sabía la respuesta o era sólo por no "alargar" las clases. Me confesó, divertido: "Sí, era porque ignoraba la respuesta, pero ¿a que suena muchísimo mejor?.... " Creo que tenía razón. Es una forma elegante de reconocer que no se sabe algo. Pero... las hay mucho menos glamourosas. Os cuento:

Ayer he ido a preguntar por un encargo que había hecho ya hace días en una librería y la persona que me atendió no tenía ni idea de lo que le estaba hablando. Era evidente. Aún así miró y remiró durante un buen rato la lista de encargos pendientes, de cajas recibidas y de embalajes cerrados. Claro, a medida que leo lo que escribo intuyo que puede sonar a que soy pelín "desagradecida" y que esta persona sólo intentaba ayudarme. No soy desagradecida, en absoluto. Cierto es que, probablemente, su intención inicial fuese ayudarme. Pero yo insistía: "Volveré en otro momento"; mientras, él miraba y remiraba en las notas y todos los cuadernos que encontraba al alcance de sus manos. Él intentaba ayudarme al principio pero, al final, lo que NO quería era contestarme: "No lo sé, ven por la tarde que está la chica que te atendió". Simplemente no quería "reconocer" que no lo sabía. ¡Qué chorrada! El resumen de esto: estuve allí más de 10 minutos, me fui sin el encargo y sabiendo que tendría que "volver en otro momento".

El problema de no reconocer que no se sabe algo, lo que sea, es que te limita a la hora de mejorar y te impide conseguir algo mucho más importante: APRENDER. Yo quiero aprender; de eso, entre otras cosas, trata la vida. Aprender de muchas personas y muchas cosas. De casi todo el mundo se puede aprender algo. Cierto que puede ser algo malo, pero incluso de lo malo se puede sacar provecho si lo filtramos para la estantería de "NO TOCAR". Me gusta "aprovecharme" de lo que los demás ya saben para aumentar lo que yo sé. Ser selectiva a la hora de aprender es fundamental para mi. No me vale lo de "saber por saber". Cada día compruebo que todo aquél que cree saber de muchas cosas en realidad carece de muchos conocimientos básicos en muchas otras. No se trata de eso. Sólo hay que ser sensato a la hora de recibir información y "apartar la paja del grano".

Es habitual que lo que nos impide aprender no sean las ganas de hacerlo sino la predisposición a que nos enseñen. La capacidad de auto crítica es también algo que no suele abundar entre las personas hoy en día; tal vez sin querer se cae en el error de pensar que por no saber algo no seremos respetados (?) Tonterías. Lo que yo considero haría que no se nos respetase es si llegamos a perder las ganas de mejorar, de evolucionar, de tener cada día un momento para abrir los ojos, aguzar el oído y cerrar la boca un rato. Todo esto requiere cierta dosis de humildad porque implica aceptar nuestras propias limitaciones, y porque estás reconociendo parte de tus carencias. Pero, ¿y qué importa? Pues yo creo que absolutamente nada.

Me gustaría que cuando alguien tuviera que contestar no lo sé lo hiciera así, sin tapujos, ya fuera con esa frase o con una sustituta menos decepcionante, como mi hábil profesor universitario. Nos ahorraría a nosotros mucho tiempo y a ellos muchas explicaciones inconsistentes. A mí decir no lo sé no me provoca urticaria; es más, es mi respuesta más habitual ante muchas preguntas. Pero siempre estoy dispuesta a aprender y así no tener que contestar lo mismo la próxima vez.

Hace poco tiempo he conocido, a través de comentarios de una persona que lo lee, a Antón Chéjov. Realmente ha sido un descubrimiento. Me gusta su estilo, sus relatos; es un contador de historias maravilloso y me gustan sus mensajes, ocultos o explícitos. Resulta sensato (la sensatez tampoco es una virtud muy extendida). Aquí dejo una de sus frases, contundente y sencilla:

"Los hombres inteligentes quieren aprender; los demás, enseñar."

¿Por qué nos costará tanto reconocer nuestra ignorancia en según qué cosas? No logro entenderlo.

26/10/08

Más cine, por favor...




Me gusta el cine. No quiero decir con eso simplemente que me guste ver una buena película, que eso es obvio que también, pero puedo verla en casa. A mí me gusta IR AL CINE, y verla en una sala inmensa (antes más inmensas que ahora, todo sea dicho) a oscuras, con muchas / pocas personas, pero sintiéndote en la intimidad, con ese sonido envolvente y a veces, quizá, demasiado alto. ¿Os habéis fijado en el volumen de las salas de cine? Yo creo que no cumple la normativa sobre contaminación acústica; sin embargo, siguiendo mi teoría de que casi todo tiene una razón de ser, he llegado a la conclusión de que eso está bien estudiado. Ese volumen endemoniadamente excesivo te libra del plasta de turno al que lo de hablar en el cine, sobre todo desde que la película ha empezado, le motiva más que el hecho en sí de verla.

Los cines cada vez son más cómodos, eso es verdad. Si hasta tienen su huequito para la botella de agua o sustituto líquido que queramos llevar. Pero tanta comodidad quizá también sea un problema. Nos relajamos tanto que nos hace sentir como en casa, y claro, ahí aparece el cinéfilo nervioso-compulsivo que tiene la pierna floja y te va dando toquecitos en la espalda de tu asiento como queriéndote recordar que, aunque te pueda parecer un rollo la peli, es cara la entrada, y es recomendable no quedarse dormida. A mí me dan ganas de darle las gracias cuando se acaba por haberme mantenido alerta todo el tiempo. De paso me gustaría decirle que no era necesario. Nunca me ha pasado eso de ir al cine y no acabar de ver una película (sólo un par de veces, pero porque me había confundido de sala) supongo que por el precio de cada entrada, por la esperanza de “¿ y si al final...?” y, por descontado, porque no están las cosas para tirar el dinero.

La ventaja de estos incidentes es que así también eres consciente de que no estás sola, aunque te pueda parecer que sí. ¿Para qué? Pues para intentar que no se te escape la lagrimita en las escenas tiernas. Eso es lo que peor llevo del cine. Yo, que soy de lágrima fácil, lo paso realmente mal cuando, tras la escena final de algunas películas, se encienden las luces. Intento desesperadamente secarme los chorretones que se han ido acumulando. Misión imposible.

Muchas veces voy sola al cine. No es que no me guste ir acompañada, que me encanta, pero reconozco que no me importa hacerlo sola. ¿Por qué? Pues porque no es fácil encontrar un buen compañero para ir al cine. Tomar un café, ir a cenar, de compras, salir de copas, para eso sí que hay quórum, pero ir al cine ... eso es otra cosa. Para mí Cine = Silencio. Yo hablo mucho, los que me conocen pueden dar fe de que es así. Hablo como un loro si me dejan, pero en el cine me molesta el ruido de la voces humanas que no sea la de los protagonistas.

Echo de menos que haya más cine en el cine. Me explico. Se estrenan muchas películas pero cine, el cine que a mí me lleva a una sala a dejar unos cuantos euros (muchos euros, en mi opinión), ése es cada día más difícil de encontrar. Últimamente he visto verdaderos bodrios, y ni la sala maravillosa ni el sonido envolvente ayudan cuando la peli es un tostón. Sin embargo, también reconozco que alguna de ellas no la olvidaré en la vida. Cinema Paradiso (la vi tres veces); El club de los poetas muertos (la vi cuatro veces); Los puentes de Madison (la vi cuatro veces); Amelié (ni sé cuántas veces la he visto)... hay más, pero como veo que me estoy enrollando, como siempre y para variar, lo dejaré así.

Donde yo vivo, a pesar de ser capital de provincia, solo tenemos 8 salas de cine. Lamentable. Eso implica que la oferta es muy pobre, y por supuesto, comercial. Pocas películas comerciales pasan para mí la barrera de lo soportable. Pero no importa. A mí me gusta ir al cine, y entre mucha tontería, seguro que encuentro alguna joya. La última que me he encontrado ha sido El niño del Pijama de Rayas. La menciono porque, teniendo en cuenta que había leído el libro, y la experiencia me dice que la adaptación de una novela no suele cumplir las expectativas, ésta es totalmente recomendable. Eso sí, si sois de lágrima fácil, cuidado con los chorretones, y por supuesto llenar el bolso de pañuelos. Yo siempre me los olvido.

Me gusta soñar, es una de mis actividades gratuítas preferidas y el cine me ayuda y me enseña a hacerlo. ¿Qué película reciente me recomendáis para esos días (como hoy, domingo) en los que no me importa estar sola y gastar unos cuantos euros por pasar un buen rato?

"Tarde o temprano llega un momento en el que hablar y estar callado es la misma cosa". Cinema Paradiso.

"Sólo al soñar tenemos libertad, siempre fue así, y siempre así será" El club de los poetas muertos.

"Creo que los lugares en que he estado y las fotos que he hecho durante mi vida me han estado conduciendo hacia ti" Los puentes de Madison.

"Cuando un dedo apunta al cielo, el tonto mira el dedo" Amélie.

"La inocencia de los colores, sabores y olores de la niñez desaparecen en la oscuridad de la razón". El niño con el pijama de rayas.

4/10/08

Este otoño se lleva el gris


A mí ese color no me disgusta. Me gustan todos los colores en general, los colores fríos y los cálidos. Este otoño se lleva el gris, al menos eso "dicen" los escaparates.

A veces he pensado que este tema de la moda es algo frívolo, que sólo es un/otro síntoma de "aborregamiento" (palabra no admitida por la RAE pero que me parece muy adecuada) de la especie humana. Aún así, y por una vez, creo que los expertos en moda han acertado. Si oímos las noticias, leemos la prensa, ojeamos una revista un poco seria (si es que aún encontramos alguna que lo sea), o miramos a nuestro alrededor, el gris es el rey. No me refiero al gris de un día nublado que, en un momento dado, hasta puede tener su encanto. Me refiero al gris en las noticias, al gris de tantas muertes absurdas, de tantos sucesos desagradables, al gris del parado, de los hipotecados, de los mileuristas, de los supervivientes y de los que no sobreviven...

El gris a veces deja de ser un nombre para convertirse en un adjetivo, un adjetivo que califica a ese desconocido que te encuentras frente a frente en un portal y ni siquiera te saluda. Tal vez ni te ve. Califica a toda esa gente que mira sin ver, que transita por una calle sin parar la vista en nada o en nadie, que no ven a ese bonito bebé que sonríe en su silla con sus enormes ojos abiertos como queriendo grabar cada imagen, ni a ese perro juguetón que les quiere saludar. Paseantes que no pasean, que no caen en la cuenta de que han terminado de rehabilitar esa pequeña casa en el casco antiguo y ha quedado preciosa, ni que, a un metro de ellos, una anciana mira a su alrededor por si alguien la ayuda a cruzar la calle. No se fía mucho de que usar el paso de peatones, a la velocidad que ella puede alcanzar, sea seguro.

No es nada nuevo que todo esto existe, y no es exclusivo del otoño, pero tal vez el otoño es una estación más reflexiva después del relativo "asueto cerebral" que solemos practicar en el verano. Reconozco que a mí me gusta especialmente esta estación. Los colores del otoño son los ocres, pardos, rojizos y tostados, los colores del otoño son colores cálidos y por eso no entiendo el motivo de que a mi alrededor, mire a donde mire, vea tan a menudo reflejos del gris.

Ahora es cuando yo digo: "tengo una teoría". Será que los colores de los escaparates se han reflejado en las pupilas de los que miran las tendencias de este otoño-invierno y el gris se ha apoderado de sus miradas. Eso es lo que me parece.

He pensado que esta temporada voy a llenar mi armario de colores cálidos para que mi mirada no refleje el gris cuando mire a mi alrededor. No sé si os gusta el otoño, pero tanto si os gusta como si no, intentad que el gris otoño no gane la batalla a colores como el azul cielo, por ejemplo. Intentadlo, al menos, a vuestro alrededor. Arreglar el mundo es algo más complicado.

23/9/08

¿A olvidar se aprende?


RAE: Olvidar…… 2. tr. Dejar de tener en el afecto o afición a alguien o algo. U. t. c. prnl.

Este post, tanto el título como su contenido, es fruto de la “casualidad”, como tantas cosas en la vida que pasan sin esperar, ni por un instante, que eso pueda ser posible. Es fruto de la casualidad pero no por eso es menos importante, por eso creo que yo voy a “centrifugar” sobre ello. El caso es que ayer mismo alguien me ha puesto en un dilema. Me ha preguntado qué haría yo para olvidar a alguien, en concreto me ha dicho: cómo hacer que el corazón haga caso a la cabeza. Menuda preguntita, ¿verdad?

Claro, yo inmediatamente, lo primero en lo que me he puesto a pensar es en por qué esto me lo preguntaba a mí. Parece ser que el motivo de hacerlo es sencillo: yo escribo sobre sentimientos, entonces puedo ayudar a aclarar problemas relacionados con ellos. Me siento halagada por eso, pero sinceramente, creo que me viene grande el desafío.

Yo no puedo resolver problemas del corazón, ojalá tuviera ese don, pero no lo tengo. Bueno, creo que no tengo ninguno. Pero sí que puedo dar mi punto de vista, y como ya se intuye para todo aquel que me vaya conociendo, siguiendo mi criterio de que las contradicciones existen, soy bastante alocada pero muy reflexiva, por lo que me voy a arriesgar.

Escribí un post ya hace un tiempo que precisamente trataba el tema del amor desde el punto de vista de ser un algo regido por el cerebro, y no por el corazón. Se titulaba Amor "cerebral". Era éste. Algunos pueden compartir la idea, otros no estar en absoluto de acuerdo. Yo, con el paso del tiempo, cada vez estoy más segura de que eso es cierto. Pues bien, retomando la idea de ese post, me atrevería a decir que el desamor quizá funcione de una manera muy similar. El desamor también, en el fondo, tiene una base "cerebral", incluso puede que más que el amor, pues en las situaciones de desamor se suelen racionalizar más las cosas. Sin embargo, ¡qué curioso! la persona que me ha hecho la pregunta me dice algo que a mí me descoloca: "puedo olvidar en mi cabeza, pero en mi corazón sigue ahí". ¿Cómo es posible eso? No puede ser. Yo, si no pienso en algo, para mí ya no existe. Si no pienso en un mal momento, no lo recuerdo, por tanto no lo sufro ya. Por eso creo que en realidad es justo al revés: el problema es que se piensa tanto en esa persona perdida que, inconscientemente, la interiorizamos en nuestro cajoncito de los recuerdos y se enquista en nuestro interior para siempre. Mal asunto.

Olvidar a alguien a quién aún queremos es posible pero difícil, porque enamorarse tampoco es una cosa que pase todos los días. Puede haber "encaprichamientos" muy a menudo, "romances" con cierta frecuencia, "ligues express" y relaciones esporádicas más o menos satisfactorias, pero enamorarse... para mí eso es otra cosa. Creo que es duro el desamor porque lleva de la mano sentimientos muy negativos. Uno de ellos, muy doloroso, es el sentirse rechazado: no nos quieren, aunque queremos querer; no nos corresponden; damos mucho y lo damos con toda nuestra fuerza, pero no lo recibimos. Eso es muy duro. Luego está el sentimiento de culpa. Eso es uno de los peores sentimientos. Cuando una relación falla, inmediatamente, buscaremos el culpable. Pues creo que es el primer gran error. No siempre hay un solo culpable, bueno, a veces sí, impepinablemente a veces eso ocurre, pero no siempre, y a nadie le gusta reconocer que la culpa no es sólo del otro, o no es sólo nuestra, y nos amargamos martirizándonos con una culpa que no es nuestra pero nos hemos autoasignado en un papel (poco aprovechable, por cierto) de masoquismo sentimental. Otro problema añadido: el fracaso. Que una relación se acabe lleva consigo una dosis importante de fracaso, directamente proporcional, por supuesto, a la ilusión que hayamos depositado en la misma.

Entonces, se ha acabado una relación, y poco después de sentir que podíamos volar, nos encontramos con el sentimiento cruel de ser unos individuos rechazados, culpables, fracasados y, a la postre, estamos solos. Creo que son motivos más que suficientes para sentirse mal. Por eso a veces dudo de si en el amor, en el desamor, y en todo ese batiburrillo tan inestable en el que se asientan los sentimientos, el problema no es el hecho en sí, sino los "daños colaterales" que le acompañan. ¿Podría ser? No lo sé. Pero si así fuese, quizá lo ideal sería, en buen criterio, minimizar esos daños colaterales, entender que lo que pasa casi siempre es por algún motivo (aunque en principio nos cueste trabajo aceptarlo) y entender que es recomendable asumir que las cosas no siempre saldrán como nosotros deseamos. Es así como nos acercamos a ese momento que, evidentemente, no siempre resulta agradable y que les ha dado por llamar MADUREZ. Sólo la madurez nos permitirá vivir en paz con nuestras limitaciones y aceptar que a veces no elegimos nosotros nuestro futuro, sino que nos viene dado. Eso no implica que nos rindamos, sino que, como maduros que somos, debemos buscar otro camino para llegar a nuestros objetivos en la vida. Es tan importante no perder de vista el qué queremos conseguir como ser capaces de variar el cómo llegar hasta allí. Eso creo yo.

Quisiera ayudar a la persona que me ha preguntado cómo creo yo que podría solucionar su problema, pero ¿qué le digo? En la mayor parte de los casos, un problema no tiene una única solución (porque el origen tampoco es siempre el mismo). Aún así quiero intentarlo, por eso mi consejo sería:

analiza bien el porqué no consigues olvidar y si realmente DEBES hacerlo. Tal vez es que aún tiene arreglo, por eso no consigues "dejar de sentir". Si es así, y la solución está en tu mano, adelante. Ahora bien, si no lo está, si tienes la obligación/necesidad de olvidar, sólo el tiempo ayudará a disipar ese dolor. Ni en mil palabras que yo escriba ni en todos los consejos del mundo encontrarás la solución. Olvidar quizá es imposible. Por suerte o por desgracia nuestro cerebro no funciona como el de los peces. Lo que sí puedes (y debes) es intentar "archivar" su recuerdo para que no sea una presencia constante en tu vida. Yo creo que esto de olvidar se aprende, y es un proceso de reflexión íntimo que sólo nosotros podemos hacer, lo demás es literatura.

Sea como sea, sé que teorizar es muy sencillo, incluso en un tema tan delicado como el amor/desamor es muy fácil hacerlo, pero la práctica ... eso ya es otra cosa.

En esto de los sentimientos una segunda opinión viene muy bien, pero mi visión de las cosas la marca siempre lo que yo he vivido y, sea mucho o poco, evidentemente es sólo mi experiencia. Por eso muchas respuestas a determinadas preguntas las comienzo con un rotundo: no lo sé.

11/9/08

Son como niños



Son como niños en cuerpos grandes, agotados, menguantes y cercanos a la fecha de caducidad. Como los niños son sorprendentes, aunque ellos ya no se sorprenden de nada. Tienen ramalazos caprichosos y, sobre todo, tienen en común que suelen ser muy tozudos.

Siempre he sentido la necesidad de acercarme a ellos, y cuando lo he hecho casi siempre me han aportado muy buenos momentos, pero en realidad, si exceptuamos mi relación con personas de mi familia, ha habido pocos contactos “reales”. Ahora, por motivos irrelevantes, los visito a menudo. Siempre es lo mismo y sin embargo siempre es distinto. Cuando voy siempre hay algo que me quieren contar. Se pisan unos a otros al hablar, fieles a esas normas no escritas de las mejores tertulias “Made in Spain”: el que pueda, que hable. En este país es más fácil que se acabe el problema del paro a que hagamos "loquesea" con cierto orden. Así pues, desde el principio, se atropellan para contármelo todo: “Que si fulanito hoy no ha comido, y el otro ha montado un pollo porque hacía frío y no cerraban las ventanas”, “que si menganita ha vuelto a perder el bastón, que mira que es pesada con el bastón, ¡si total luego no lo usa, que lo lleva apoyado en el brazo!”.. “que aquella de allí, la rubia teñida (vaya, como para no estarlo con 70 años) es nueva y muy estirada, y que no habla con nadie”. Yo me río y les replico: "¡es que es nueva! hablar vosotras con ella". Absurdo razonamiento. “No, no, es que es una estirada” “y aquella otra no ha parado de cantar en toda la tarde”....

Es un grupo tan heterogéneo como lo es cualquier grupo en cualquier otro sitio en el que se reúnan personas de diferente edades, ideologías, carácteres y procedencia. A mí, en cuanto entro allí, automáticamente se me dibuja una sonrisa. No es un lugar triste, pero tampoco alegre. Yo diría que es neutro: ni frío ni calor. Pero yo al entrar sonrío. Inmediatamente se suele repetir la escena: la mujer del sillón azul, tan pronto me ve, me pide que la saque al patio (me confunde con una auxiliar, supongo) otra me pregunta que cuando la vendrán a recoger, que se quiere ir a casa; un señor me llama Ana (me confunde con su nieta). Y al final de mi recorrido siempre voy a darle un beso a mi “niña” favorita. Se llama María, pero yo la llamo "abuelita", porque es la abuelita: pelo canoso y escaso, semi largo, lo suficiente para recogerlo en un minúsculo moño; las gafitas, pequeñas y redondas, intentan esconder, sin conseguirlo, unos ojos vivarachos y simpáticos, y su cara dibuja la sonrisa amable de abuela de anuncio. Nunca recuerda mi nombre, y me llama Miss Morena. Su hijo, que suele estar allí cuando llego, sonríe, y yo le digo: "¡No me pongas colorada, María” pero eso es puramente anecdótico. Ella es tremendamente cariñosa, y sé que aunque yo fuese cojita y esmirriada, me llamaría Miss Morena. Yo a esta anciana la quiero. Me recuerda cada día que ella tiene 93 años, y que tiene una bisnieta muy guapa (que ya me ha presentado varias veces) y que es muy buena estudiante. Me da siempre muy buenos consejos, y cuando me voy me dice: "Linda, sé feliz, no olvides sonreír, y vuelve mañana, ¿sí?".

Así se pasa la vida en una estancia de unos 100 m2, funcionales y poco acogedores, que ellos llaman “casa” porque muchos no recuerdan ya dónde vivían antes de aquel lugar. En realidad, algunos no recuerdan casi nada. Me doy cuenta cuando estoy allí, cuando miro a mi alrededor, que la vida no son los años que cumplas, sino los momentos que puedas recordar, y cuando apenas recuerdas nada, es cuando la vida ha sido una gran mentira.

Hoy no he podido ir pero cuando vuelva a esa residencia disfrutaré viendo cómo vuelven a criticar por enésima vez el mal gusto de “la de verde” que combina fatal los colores, o lo mal educado que se ha vuelto D. Jacinto “con lo majo que era al principio”. Iré a la residencia (porque geriátrico, a mí personalmente, no sé muy bien el porqué, me suena mal) y estos maravillosos niños en cuerpos grandes agotados y menguantes volverán a sorprenderme.

Me gustaría que se les valorase más, que no se les diera la espalda, que se les devolviera el cariño que muchos de ellos (no todos, que también hay malas personas de 80 años) han ido dando por la vida, y que pudieran contar sus historias a otras personas, como hacen conmigo cada vez que entro. Todos deberíamos tener el derecho a vivir acompañados cuando se acerque el momento de irnos, pero hay muchos que no están allí, en ese salón luminoso de 100 m2, y en el olvido se van apagando sin ni siquiera tener con quien hablar del miedo que sienten en ese momento. Qué pena, ¿verdad?

Ojalá cuando yo sea viejecita haya "vivido" muchos años, y "recuerde" que los he vivido. No me gustaría, pero si tengo que pasar un tiempo en una residencia como ésta, ojalá no confunda un salón más o menos luminoso con lo que un día fue mi hogar. Porque a mí la vejez no me asusta, lo que sí me asustaría sería tener que afrontarla sola y, sobre todo, sin recuerdos.

31/8/08

¿Las bicicletas son para el verano?


Así (aunque sin interrogaciones) titulaba su libro ese artista de personalidad inefable llamado Fernando Fernán Gómez. Claro, y por esa regla de tres, los nórdicos para el invierno. Mentira cochina. Yo el nórdico aún lo tengo puesto, de hecho, no lo he sacado desde el año pasado. Algunos pensaréis que soy friolera, cierto por otro lado, pero es que aquí, en esta esquina del mapa, el sol es tozudo, y este año no le ha dado la gana de mirar hacia nosotros sino con una esquiva sonrisa, ¿ o riéndose de nosotros? No lo tengo claro.

La bicicletas (por suerte) no son para el verano, y los que tenéis bicicleta lo sabéis bien, porque si tienes una y tienes la desgracia de que el verano se identifique sólo por el calendario, se oxidaría la cadena por falta de uso y exceso de humedad, y esto, por suerte, no es así.

Para los veranos son los chiringuitos de playa, las terrazas en los bares, las barbacoas con amigos y las verbenas populares. Respecto a esto último, vivimos en el país del toro y la pandereta, todos lo sabemos, y entre fiestas patronales, culturales, musicales, gastronómicas, religiosas y demás familia podríamos pasarnos todo el mes de agosto de pueblo en pueblo sin que pasara ni un solo día sin acudir a un evento.

Para el verano son también los timos en los baretos de toda la vida, donde un camarero con un contrato basura veraniego te pase la cuenta de 10€ por un tentáculo de un pulpo importado y probablemente duro. Pero para el verano también son otras situaciones mucho más agradables: los reencuentros; con los amigos que ahora viven lejos y regresan con los calores (o fríos) de agosto; con los amigos que siempre vivieron lejos, pero han descubierto el pulpo a 10€ el tentáculo y les parece baratísimo, y para las reuniones familiares. Todos tenemos familia fuera de nuestras ciudades, y en algunos casos, más familia fuera que en nuestra tierra. Para eso es estupendo el verano, aunque a veces nadie te libra de la visita inesperada del primo plasta, pero es que en la vida disfrutar de algo bueno casi siempre conlleva el pago de un pequeño impuesto.

La "estrella" por excelencia del verano: los viajes. Aunque actualmente ya se viaje en cualquier fecha, la mayoría seguimos teniendo en verano las vacaciones más largas, y por tanto es cuando te decides por fin a hacer ese viaje soñado. Te pasas el año esperando ese momento, que tantos días has estado preparando sobre un mapa, trazando rutas, eligiendo dónde dormir ( o no dormir, según se tercie), dónde comer, qué ver. Te ves la información que te dan en las agencias de viajes, algún documental en la TV, si te coincide que lo haya, y consultas por Internet, porque la red tiene información sobre casi todo lo que puedes necesitar, lo he comprobado. De hecho, acabas de preparar el viaje virtual de tal manera que te piensas muy seriamente si vale la pena gastarte los 1000 euros +10% de imprevistos en que te saldrá finalmente la salsa porque, realmente, ya lo has visto todo. Pero, no has estado allí, y eso ... no es lo mismo.

Siempre resulta inevitable relacionar el verano con los excesos: exceso de sol, exceso de comida (tapeo, maldito tapeo) exceso de bebida, exceso de dormir, exceso de no dormir, exceso de gastos, exceso de todo. Días largos y noches calurosas (unas más que otras) y las feromonas desbocadas. Dicen que en el verano, debido al periodo vacacional, se presentan más demandas de separación que durante el resto del año, pero también es sabido que, supongo que en virtud de la ley de la compensación, surgen nuevas parejas a la luz de la luna, bajo los rayos del sol, en tumbonas de piscinas, o cines al aire libre... El verano es un nombre propio y tiene de apellido romance. Eso creo yo.

Para el verano también son (en mi caso) los mejores recuerdos de mi infancia. Tengo recuerdos de niña, con una claridad casi irreal, de las comidas en la aldea, con mis tíos y mis primos, y los primos de mis primos. Aquí en Galicia casi todos tenemos una “aldea” de la que proceden nuestras familias, creo que el símil más adecuado en el resto de España es “el pueblo”. Recuerdo los fines de semana en la aldea, con descubrimientos mil, excursiones (expediciones para nosotros) que siempre eran al mismo sitio pero cada día llamábamos de forma distinta (no podía ser que siempre conquistaras el mismo reino). Recuerdo paseos y chapuzones por los ríos de aguas heladas en los que hoy supongo sería incapaz de sumergir una pierna ni hasta el tobillo, pero entonces hacía cabriolas durante horas hasta que mi madre me sacaba de allí, temblando como una vara, mientras yo protestaba diciendo: “¡Si no tengo frío!”. Íbamos porque mi padre era un “consumado pescador” según todo el mundo decía. Mamá también lo confirma. Siempre dice que a ella “la pescó”. Recuerdo las comidas bajo el fresco de un pinar al lado de la playa de arenas ardientes, comidas semifrías en un tupperware (coloquialmente "taper") y bebidas frías en neverita, con hormigas y arena gratinando casi todo. ¡Qué rico estaba!

Para el verano son muchas cosas buenas y muchos buenos momentos. También los ha habido malos, pero esos no los pienso recordar. Ya sabéis, he puesto en funcionamiento el filtro purificador.

Este verano no he hecho nada especial, pero ha sido especial, y, aunque no ha hecho calor, yo no he sentido frío. ¿Vosotros habéis pasado un buen verano? Yo, decididamente, sí.

15/8/08

Contradicciones


Me gustaría entender por qué la vida es muy a menudo, por no decir constantemente o casi siempre, un cúmulo de contradicciones. Yo misma tengo que confesar que a veces me siento ante situaciones en las que reacciono de forma contradictoria. No me gusta, pero no consigo evitarlo. No quiero pensar que sea un defecto insuperable, sino más bien una especie de “desequilibrio irracional”.

Recuerdo muchos detalles de mi vida y tengo normalmente buena memoria. A veces podría reproducir conversaciones enteras prácticamente sin miedo a equivocarme, al menos no en el contenido, ya no digo por supuesto en las palabras. Recuerdo lugares donde he estado con todo lujo de detalles, en habitaciones de hotel de una noche recuerdo hasta el color de sus cortinas, como si hubiese fijado en mi cabeza esa imagen, como si fotografiase un instante. Si me concentro a veces “escucho” un recuerdo, el sonido de una calle, o la conversación de una pareja a mi lado. Recuerdo las risas en el parque y aquel perro cruzando la calle. Es cierto, totalmente cierto, no estoy mintiendo. Sin embargo hay episodios, períodos, momentos, que se han borrado totalmente. Qué contradicción, ¿no? Pero creo que eso es el resultado de tener a mano siempre un “filtro purificador” que yo misma he inventado y que utilizo para acabar con los malos recuerdos. Agradezco a mi cabeza tener memoria selectiva, me ayuda mucho a la hora de minimizar los efectos de los momentos malos en mi vida.

¿Más contradicciones? Me río mucho, sin embargo no es difícil hacerme llorar. Intento ser comprensiva siempre, y a menudo no entiendo nada. Creo que ya hay pocas cosas que me puedan sorprender y cada día algo o alguien lo hace. Me gusta dormir pero duermo poquísimo. Necesito oír sonidos a mi alrededor sin embargo adoro el silencio. Disfruto si estoy rodeada de amigos pero busco la soledad con frecuencia diaria, para estar un ratito yo sola conmigo misma. Cada día que pasa es más fuerte la certeza de que "casi todo" es incierto. Soy muy ordenada pero mi cabeza a veces es un revoltijo. Si alguien que quiero se enfada conmigo, tenga yo la culpa o no, le pido perdón. A veces unos minutos se me hacen eternos y un día se me pasa volando. Si me necesitan insisto en que me llamen, pero yo no llamo a nadie cuando lo necesito. Tendría que aprender a callarme y sin embargo a menudo tengo la sensación de que me callo lo más importante. Soy muy detallista, sin embargo me olvido con una facilidad espantosa de felicitar los cumpleaños. Tan pronto siento que no puedo hacer más como al minuto siento que no estoy haciendo nada. Conozco muchísima gente pero sé que me encantaría conocer a un montón de personas.

No sé muy bien el motivo por el cual hoy me ha dado por escribir sobre esto. Tal vez tan sólo lo hago por la "necesidad" de escribir. Confieso que a veces escribo por no poder hablar. Hablo para que me escuchen y eso no siempre lo consigo. Yo sí escucho, me gusta hacerlo, porque sobre todo me sirve de ayuda para luego escribir. Quizá escribir siempre es el motivo de casi todo. Me gustaría que me contarais qué contradicciones de las que yo he puesto compartís conmigo o aportarais alguna nueva para unirla a mis mil paranoias. Y prometo no utilizar con ellas el “filtro purificador”.

10/7/08

Dime la verdad...

Una de las frases que más he oído durante mi infancia, casi siempre en boca de mis padres fue “¡Dime la verdad!”. Cuando me veían demasiado mohína, demasiado enfadada, e incluso cuando estaba demasiado alegre me preguntaban: "¿Qué te pasa?" e inmediatamente después, apostillaban: “Pero dime la verdad”. Me daba mucho coraje. ¿Por qué estaban dando por supuesto que iba a mentir? Era un verdadero misterio para mí. Nunca he sido mentirosilla, al menos no conscientemente. De esta etapa creo que aprendí dos cosas:

-los padres, casi invariablemente, y quizá por una cuestión hereditaria, no se fían demasiado de sus hijos.

-lo mejor para evitar discusiones “estériles” es decir la verdad..

Hoy creo que quizá no es exactamente así. Sigo pensando que los padres, por norma general, no se fían de sus “cachorrillos”  por un inevitable conflicto generacional. No creo que eso pueda ni deba cambiar pero respecto a que lo mejor es decir siempre la verdad, de eso no estoy ya tan segura. Es más, tengo severas dudas. Me explico:

En mi entorno (personal, laboral, familiar...) cada día compruebo que la verdad es incómoda e incomoda a algunas personas. Cuando alguien me pide “mi” opinión acerca de lo que sea, desde algo trivial (el color de un vestido, o un corte de pelo, pasando por el modelo de un coche nuevo) y llegando a algo más delicado (como un cambio de pareja o de trabajo) yo voy y obedientemente doy “mi” opinión. Me la han pedido pues la doy. Y curiosamente, y también antes de dar mi respuesta, a veces vuelvo a oír, haciéndome regresar a mi más tierna infancia: “¡Pero dime la verdad!”. Me veo a mí misma como viviendo un Déjà Vu . Y siempre, irremediablemente, mi primer pensamiento es “Ya la hemos liado”. Pienso eso. Por dos cosas:

- Porque muchas personas todavía creen que la verdad es única, y yo cada vez tengo más claro que eso no es así. Nadie tiene en su poder (y me incluyo) la verdad absoluta.

- Porque (normalmente) también he confirmado que casi en el 90% de los casos que mi respuesta / opinión / verdad guste o no es algo directamente proporcional a que se ajuste o no a lo que mis interlocutores quieran escuchar.

Es por eso que poco a poco he ido llegando a la conclusión de que la verdad es incómoda. La sinceridad en muchos casos no garantiza nada. Resulta confuso por tanto decidir cuál es la forma más correcta de actuar. Quizá todos deberíamos disponer de una bola mágica que nos guiara a la hora de hacer frente a semejante proceso de adivinación a la hora de tener la osadía de ser lo suficientemente valientes como para basar nuestra vida y nuestras relaciones en intentar “siempre” ir con la verdad por delante.

Como reconozco que entre los numerosos defectos que me adornan está la osadía por ahora seguiré con ese criterio. Eso no impide que me pregunte muy a menudo: ¿Realmente merece la pena decir siempre la verdad?

20/6/08

Perder el tiempo


RAE: Perder: 2. tr. Desperdiciar, disipar o malgastar algo.

“Perder el tiempo” es una expresión de tantas que usamos cada día o con cierta frecuencia y el verbo perder es un verbo “antipático”. Los verbos, desde ya hace algún tiempo, los clasifico en “simpáticos” y “antipáticos”. Tonterías mías, una de tantas. El verbo perder es claramente antipático. No me gusta. Pero si a eso le unimos en su predicado el sustantivo tiempo, una de las cosas más valiosas que tenemos, el resultado es, además de antipático, desastroso.

Nos empeñamos en perder el tiempo, una y otra vez, a veces inconscientemente, a veces a propósito. Nos paramos, reflexionamos y nos decimos un pelín cabreados: “Qué manera más tonta de perder el tiempo” pero seguimos con el inútil ejercicio del zapping, rascándonos la barriga o contando los coches rojos que pasan por la calle.

Mal que me pese reconozco que, aunque me fastidie perder el tiempo sin más, es decir, en hacer NADA, también me gusta perder el tiempo en tonterías diversas. A saber:

-en confirmar que la pareja de palomas que siempre me encuentro a las mañanas al subir la persiana de mi cuarto, escondida en un bajo en alquiler que hay frente a mi casa, sigue ahí, dándose "piquitos" (nunca mejor dicho). Como curiosidad: ¿sabíais que las palomas son fieles a su pareja toda la vida? ¿de ahí vendrá la expresión: "Son una pareja de tortolitos"? Intentaré averiguarlo.

-en ver como el perro de la vecina corretea detrás de una hoja que el viento se empeña en no dejar en paz, y el perro se empeña en que se pare de una maldita vez, que ¡ya está bien con la hoja!

-en pensar qué sueño he tenido anoche que sé (o creo) que fue bonito, pero no recuerdo del todo ni cómo fue, ni dónde era, ni quienes estaban... pero que era bonito seguro.

-en recrearme durante largo rato en no ver ni oír nada más que el agua del mar, en mi playa favorita, desierta, tal y como me gustaba que estuviera cuando siendo niña mi padre me llevaba con nuestra perrita de entonces (Perla se llamaba) porque sólo cuando estaba vacía me dejaba llevarla.

-en escuchar a mi sobrino contarme la última “aventura interestelar” que ha inventado con el muñeco nuevo de nombre impronunciable para mí.

-leer la prensa a solas en esa cafetería que apenas pisaría si no fuese ideal para usarla de biblioteca.

-planificar todos esos viajes que no estoy segura de poder hacer algún día, pero que sí sé que, de llegar a hacerlos, cumpliría un sueño.

-parar el coche (prometo que es habitual) a un lado de la carretera, porque desde allí, esa carretera por la que paso todos los días, consigo ver el mar, y descubro mil colores en los que se convierte el cielo a medida que cae el sol. Es tan irreal que, si no fuera porque suena la radio, pensaría que estoy dormida.

Y así, hasta el infinito…

Sí, pierdo el tiempo en esas tonterías y me encanta hacerlo. Me demuestro a mí misma que hasta los verbos que yo considero antipáticos igual no lo son tanto, que las cosas no siempre son lo que inicialmente puedan parecer. “Desengañarme” de ciertas cosas que parece que en principio son obvias es algo con lo que cada día disfruto más. ¿¡¡Seré idiota!!?

Me confirmo en la idea de que "perder el tiempo" en estas cosas no es sino una forma como otra cualquiera de "ganar en vida".
¿Con qué disfrutáis vosotros cuando os proponéis "perder el tiempo" como yo?

15/6/08

Amor "cerebral"


He estado informándome sobre algo que me ronda en la cabeza hace un par de días, conscientemente, tal vez me ronda hace ya tiempo y no he caído en la cuenta.

Queremos con el corazón y pensamos con la cabeza, ¿no? Eso es al menos lo que todo el mundo dice o piensa aunque no lo diga. Yo tenía dudas y al final he estado “hurgando” en las entrañas del maravilloso mundo de internet para poder tener información sobre esto. Se confirma lo que creía: pensamos con la cabeza y queremos con la cabeza.

Hay muchos artículos sobre este tema. Al ser de “ciencias” siempre he estudiado que en el caso de los humanos las actividades de nuestro cuerpo y los sentimientos tienen un origen cerebral. El corazón, en un tándem perfecto con los pulmones, se limita a bombear sangre y oxigenar así todo nuestro cuerpecito para que no falle ningún órgano. Aunque pueda parecer poco poético es la única (e importantísima, por supuesto) tarea del músculo más importante del cuerpo humano.

Para algunos investigadores "todo lo que somos está en el cerebro" donde surge la inteligencia, creatividad, autoestima y también la emoción. Así, el amor se genera en su parte basal, lo cual se comparte con algunos animales. Por tanto: nadie puede decirnos que, ante determinados sentimientos, debemos tener en cuenta que hay que pensar con la cabeza y no con el corazón, porque eso ya lo hacemos aunque no queramos. El problema es que el cerebro (que no es infalible) nos puede enviar señales erróneas y entonces se dispara la posibilidad de equivocarnos en ese mundo complejo de los sentimientos.

En definitiva, que si queremos ser sinceros tendremos que declararnos diciendo: “Te quiero con todo mi cerebro” en lugar del “ Te quiero con todo mi corazón” al que estamos tan acostumbrados. Eso, por más que queramos, no puede ser. ¡Vaya! y yo escribiendo poesías todo el día hablando del corazón..Tendré que cambiar mis registros poéticos.

Respeto a la ciencia pero prefiero seguir pensando que cuando el corazón bombea más rápido de lo normal es porque hay algo inexplicable, etéreo, maravilloso y mágico que genera esa sensación y no porque mi cerebro me envía determinados impulsos nerviosos que provocan esas taquicardias. Seré una ilusa toda mi vida, pero ¿y lo que disfrutaré?

PD: Parece que el "estado de enamoramiento" es un autoengaño constante. Digo yo: ¿Qué sabrán estos científicos locos?

""(...) Cuando las personas se enamoran pierden la capacidad de criticar a sus parejas pues el enamoramiento “desactiva” la zona del cerebro que controla el juicio social y de la evaluación de los individuos. El amor es una emoción que tiene sus bases en el cerebro, específicamente en el sistema límbico y la corteza. Las neuronas que generan este estado emocional son las mismas que se activan cuando disfrutamos el placer de alimentarse o cuando jugamos compulsivamente(...) "" ...etc

6/6/08

Cosas que “no quiero” hacer en la vida

Normalmente a casi todos nosotros nos llega un momento en la vida en la que nos proponemos “muy seriamente” qué cosas queremos hacer mientras el Dios griego Chronos nos dé la oportunidad de disfrutar de su presencia. Yo no voy a mentir, muchas veces he empezado la lista de todos esos objetivos, ilusiones, metas o sueños que me gustaría alcanzar, pero he detectado que, inevitablemente e invariablemente, esa lista crece tanto y tanto con el paso del tiempo, que no me queda más remedio que dar una vuelta a este planteamiento, y he decidido que es mejor coger un “atajo” . Sí, lo reconozco, voy a hacer trampas, porque me he puesto a pensar que dado que quiero/deseo/espero tantas cosas de la vida resultará más breve escribir sobre lo que “no” quiero hacer (recursos del artista le llamarían los pintores, ahorro lingüístico le llamo yo) y eso es lo que quiero reflejar en este post. Creo que la inmensa mayoría de nosotros no nos tomamos el tiempo suficiente para analizar todo aquello que no queremos hacer, o al menos, que nos gustaría poder evitar. Se me quedará algo atrás (seguro) pero ahí va:

No quiero ni “aspiro” a ser perfecta, ni siquiera a parecerlo, porque la perfección es relativa, suele depender de lo que signifique para los demás, y por eso sería una tarea poco gratificante. Prefiero asimilar mi propia imperfección y buscar en las personas con las que me cruzo en la vida puntos en común, ahí tal vez encuentre a mis amigos.

No quiero buscar la felicidad, sería algo así como reconocerla perdida, y a su vez sería reconocer que existe, y sinceramente, ni lo sé ni lo quiero saber. Me conformo con pensar que en este preciso instante tengo a mi alcance “momentos” más o menos largos y más o menos frecuentes en los que yo me siento “bien” conmigo y con el mundo. ¿Para qué aspirar a más?

No quiero regalar ni mi amor ni mi alegría. No soy tacaña, nada tiene que ver con un defecto de generosidad. Sí puedo llegar a compartirlos, pero no quiero quedarme vacía si alguien se adueña de ambas cosas, que ya me ha pasado alguna vez. La experiencia me ha demostrado que un regalo de este tipo, a veces, por el simple hecho de ser algo gratuito, pierde valor ante los ojos de los demás, y creo que es de los regalos más valiosos que tenemos.

No quiero entristecerme porque la vida no sea siempre “a color”, es más, hay una amplia gama de mezcla de blancos y negros muy hermosos. Ocultaré la tristeza, la transformaré, la disfrazaré con sonrisas, como hace el arco iris. Como todo el mundo sabe, el Sol no brilla en los días grises, y es cuando el arco iris es más intenso, pero no es su labor pintar el azul del cielo. Habrá días grises, pero sólo tenemos que esperar a que el viento haga su trabajo y aleje las nubes, no tenemos que llorar mientras eso ocurre. No, no quiero llorar por todo.

No quiero hacer daño gratuitamente o conscientemente, ni quiero pasarme la vida haciendo reproches ante situaciones que a mí no me agraden. Será mejor asumirlas y evitar que vuelva a ocurrir. Una vez se ha roto un vaso, ¿por qué nos empeñamos en buscar quién lo tiró? Si ya está roto, lo mejor será buscar la manera de que no vuelva a pasar.

Simplemente y en resumen, no aspiro a ser lo que no soy, ni a dar lo que no tengo, ni a esperar lo que creo que me merezco, porque prefiero tener “aspiraciones realizables”, y así todo lo que venga a mayores será como una especie de superávit sentimental. Y no busco demasiado, por si no sé dónde buscar...

Tengo curiosidad: ¿qué "no" queréis hacer vosotros? Quizá esto no tiene sentido, y es que yo soy efectivamente una lunática y nadie se ha planteado así las cosas. No quiero parecer una lunática, pero si lo parezco, tampoco hago daño a nadie... ¿o sí?

20/5/08

Decepciones

Reconozco que soy defectuosa. He tardado mucho tiempo en reconocer y aceptar mis defectos. Ahora mismo no es que esté contenta de serlo pero sí que me alegra darme cuenta de que tampoco es un drama. Cuando tienes quince años te sientes una especie de "monstruito" antisocial e inadaptado. Ya no.

Cuando autoanalizamos nuestro comportamiento (y de analizar sé yo un rato) la inmensa mayoría de nosotros somos benévolos. En realidad a veces los defectos los disfrazamos y les llamamos manías, que suena como “menos malo”. Sin embargo el diccionario lo dice bien clarito. Ambas cosas no tienen nada que ver:

-Defecto: Imperfección en algo o en alguien.

-Manía: Extravagancia, preocupación caprichosa por un tema o cosa determina.

Es lo malo de empeñarse en leer el significado de las palabras. A veces nos llevamos verdaderas sorpresas. Tengo que evitar esta “manía” de buscar el significado oficial de las cosas.

Soy defectuosa y no estoy orgullosa pero desde que lo asumo todo va mejor. Es algo indiscutible que cuando nos damos a conocer la mayoría de nosotros nos adornamos para hacer sentir a los demás, al menos en el primer acercamiento, que realmente vale la pena hacerlo. No creo que sea malo. Somos individuos sociales por naturaleza, Buscamos la aceptación en los otros. Luego, con más información, ya decidiremos si nos interesa o no continuar. Sólo entonces seremos honestos y seremos “de verdad nosotros”. Lo malo es toda esa gente que se pasa la vida disfrazada.

Yo soy como soy. Puedo no “desnudarme” tal cual soy al principio y es porque sé que, en realidad, a no todo el mundo que se cruza en mi camino le interesa “conocerme”. Pero no puedo pensar en disfraces diarios. Sería muy cansado buscar el adecuado para cada momento. Me consta que hay personas que lo hacen. ¡Dios, es admirable! Decepcionante, pero admirable.

A veces las personas nos decepcionan con sus disfraces. A todos nos ha pasado. Y todo esto, aunque lo pueda parecer, no es un delirio (?) sino una reflexión que he hecho ya hace algún tiempo pero que no había traído hasta aquí.

Me entristece cuando alguien me decepciona pero no siempre me duele. Bueno, en realidad no duele la decepción, sino la forma en la que las personas suelen hacerlo.

Esto me sirve también para entender que debemos asumir que somos tantos en el mundo que es imposible que todos cumplan nuestras expectativas, que con todos nos llevemos bien.  Personalmente con llevarme medianamente bien conmigo misma y con un grupito más o menos amplio, más o menos reducido, me llega y me doy por satisfecha. Quizá hasta consiga alcanzar pequeños momentos de felicidad.

Soy defectuosa pero no más que la mayoría por eso no me importa que la gente se dé cuenta. Lo que no quisiera es “decepcionar” a nadie. Si lo hago, porque a veces es inevitable, que al menos no haga daño con ello.

La gente que me ha decepcionado suelen tener algo en común y es el gran defecto del egoísmo. Sé perdonar muchos otros defectos pero ése no. Me parece uno de los más absurdos. Ser egoísta para mí es como ver sin mirar o escuchar sin entender: no sirve para nada. Pero como siempre digo ésta es sólo mi imperfecta opinión.