19/3/09

¿Y si fuera cierto?


Recuerdo desde muy pequeña que el día del Padre solíamos comer fuera, no exactamente por ser el día del Padre, sino porque a veces era festivo y además el santo de mi abuelo paterno. Siempre que podíamos nos íbamos al pueblo natal de papá, en la costa coruñesa, a pasar el día. Una vez allí él se las ingeniaba para encontrar un puesto o kiosko en el que vendiesen globos de colores. A mí me encantaban. Mi favorito: el rojo. Me pasaba ese día "atada" a un cordel de un globo enorme anudado en mi muñeca de la mano izquierda. Con la derecha me tenía que comer las chuches.

Si bien alguno de esos globos explotaba estrepitosamente por un uso indebido, otros tantos simplemente desaparecían de mi vista volando imparables hacia quién sabe dónde a causa de un descuido o de un nudo mal anudado. Nadie sabía decirme con exactitud dónde acabarían, nadie excepto mi padre que, muy imaginativo, me contaba como si de "un gran secreto" se tratase que, probablemente, estarían en algún lugar allá arriba con el resto de los globos perdidos. Yo me lo creí al principio. Sonaba divertido. Poco a poco ante semejante ocurrencia pensé que mi padre, simplemente, estaba chiflado, y me reía de él.

Vi este video hace un tiempo y pensé ¿y si fuera cierto? ¿y si mi padre tenía razón? Sea como sea, siento haberme reído de él porque está claro que no era el único que creía esto.



15/3/09

Mi "Banco de Sonrisas"


Ya hace dos años..., o sólo hace dos años. Dos años no es nada..., ¿o es mucho tiempo? Supongo que, como casi siempre, depende. Sea mucho o poco no soy consciente de que hayan pasado ya. Pero sí, ya hace dos años. En ese tiempo sucedieron muchas cosas. En el mundo, ahí afuera, por descontado que han pasado. Unas malas y otras, quizá no tantas, buenas. Pasan cada día, cada minuto pasan cosas. También han pasado en mi vida, de las buenas y de las malas, y en las vuestras, seguro, incluso en la de aquellos que no han visto ni una de esas sonrisas que yo regalo/comparto/presto desde entonces.

Mi primera entrada en el blog apareció por aquí en forma de sonrisa. Está en mi mensaje de bienvenida, de hecho ES mi mensaje de bienvenida, ése que está ahí, a la derecha, justo encima de los atardeceres de quita y pon. Aún hoy me pregunto por qué dejé una sonrisa como primer post. Lo normal supongo que sería un "Hola" o un "Quería presentarme y desearos paciencia porque voy a escribir" o nada, simplemente escribir. Pero no, voy yo y regalo una sonrisa. Yo y mis tonterías, yo y mis desvaríos, yo y mis regalos intangibles que tanto me gusta hacer.

No sé cuanto tiempo más repartiré sonrisas. No lo tengo planeado. He aprendido, a base de planes fallidos (o de fallos planificados) a planear lo justo y a muy corto plazo. No, no he dejado de hacer planes, no es eso. No entiendo la vida sin objetivos, sin metas, sin deseos ni sin sueños. Pero sí confieso que, cada día más, intento moderar las expectativas que pongo en las cosas. Por sensatez y por economía sentimental. Duelen menos los errores cuando estás preparada para afrontarlos.

No sé si tiene futuro aquí este Banco de Sonrisas, si la un blog es el sitio más adecuado para tener un banco de estas características. Tampoco sé (vaya, ¡qué derroche de ignorancia el de este post!) si escribiré mucho o poco a partir de este mes de marzo de dos años después. Desconozco el porqué sigo escribiendo aquí, aunque es probable que la respuesta correcta sea la más sencilla: me gusta hacerlo. Eso debe de ser. Y es que a veces a las cosas no hay que darles muchas vueltas. Es cierto que no mejora mi forma de escribir aunque pase más tiempo aquí, pero también lo es que el tiempo resulta más agradable. Así pues, me quedaré por ahora. Mientras yo esté sonará la música y no apagaré la luz nunca, porque a veces la luna mengua y tengo que dejar pistas para que podáis llegar. Mientras esté habrá una sonrisa cada día; y mientras haya algún lunático que se acerque por aquí y asome la nariz, habrá para él una sonrisa. Si un día decido que no hay por qué sonreír, cosa que dudo, os avisaré. Y si eso ocurre, no os preocupéis, también lo haré con una sonrisa.

Hoy, más de dos años después de la primera vez, también os envío una sonrisa, aunque hoy, como entonces, no sepa muy bien el porqué sonrío tanto. Sólo una condición, al fin y al cabo, esto es un banco: mis sonrisas son sonrisas "con intereses". Lo pondré a un tipo nominal bajo, digamos al 2% (por eso de la crisis). Ese 2% es sobre el capital de sonrisas que yo os he cedido durante estos dos años. Ya, sé que son muchas sonrisas, pero no os preocupéis, se admite pagar en cómodos plazos, aunque, eso sí, hay que pagar: no quiero morosos en este banco.

Más vale tarde que nunca, eso dicen, así pues os doy la bienvenida a mi banco de sonrisas, y os doy también las gracias por estar (todavía) ahí, y esto último, tranquilos: es "a fondo perdido". ..

17/2/09

El desván


Cuando era niña tenía un rincón secreto. Ese 'rincón secreto' era conocido por casi todo el mundo, claro, pero en él yo me sentía especialmente feliz. Me pasé en aquel cuartito horas y horas, tardes enteras, sobre todo en invierno, mientras afuera llovía (algo que recuerdo como bastante habitual). Con 8 años obviamente no es que yo tuviese problemas de estrés, pero sí que a veces, y aún a pesar de que me encantaba estar rodeada de mis amigos, me escapaba hasta allí. Me sentaba en cuclillas en el suelo de madera, al lado de aquella preciosa jaula destartalada, para poder estar a solas con mis juguetes favoritos. Revolvía los enormes baúles llenos de objetos de lo más dispares; me vestía con aquellas ropas, que luego usaría para mis disfraces, y que me hacían sentir toda una mujercita; me colocaba los enormes sombreros de la abuela que me tapaban hasta la nariz (ahí nació mi pasión por los sombreros, supongo); leía una y otra vez aquel cuento (ya sin tapas) que me regalara mi abuelo y del que ya me conocía hasta el orden de las ilustraciones. Tuve la suerte de no tener problemas respiratorios, porque la acumulación de partículas en suspensión que había allí arriba yo creo que rozaba los niveles máximos aceptados por la OMS. Mejor, así mi hermano y sus amiguitos no se empeñaban en subir para darme la tarde. Era su excusa, pero yo sabía que no lo hacían mucho porque en realidad les daba miedo subir. ¡Hombres! Podría casi jurar que fue allí donde aprendí a relajarme. Reconozco que es algo que no me resulta fácil hacer, pero cuando lo intento casi siempre cierro los ojos y sigo visitando aquel desván polvoriento, con tan poca luz y tantos recuerdos...

Creo que, de cuando en cuando, nos debemos relajar. Obligatorio. Siempre tenemos prisa. En el trabajo todo es para ayer, por la calle la gente te atropella, literalmente. Hay plazos. Hay que hacer muchas cosas, todo a la vez, y no da tiempo. Yo me refugio en mi soledad cuando siento que las cosas me desbordan, y aquí es donde dejo que vayan surgiendo, a veces queriendo y muchas otras casi sin querer, mis ideas, mis sentimientos y mis pequeñas historias. Se me pasan por la cabeza desordenadamente y acaban componiendo palabras con más o menos un orden lógico (más o menos). Pero hay que saber descansar. Pensar está muy bien, pero a veces satura. Al menos a mí. Entonces hay que concederse una tregua, hacer un paréntesis y dejar de preguntarse cosas para las que, ¡quién sabe!, tal vez ni haya respuestas, y empezar a contestar a todas esas otras preguntas que probablemente sí las tengan pero no nos da la gana de pararnos a pensar en ellas. Preferimos martirizarnos con más y más preguntas, y buscar más y más respuestas, hasta entrar en bucle. Mala cosa. Pues ya está bien. Por mi parte he decidido hoy darme un homenaje y compartir (palabra que me encanta) conmigo primero, y con vosotr@s después, esa lista de preguntas más o menos triviales, o no tanto, más o menos sencillas, o no tanto, para las que sí que tengo ya respuestas. Fue en aquel desván en el que inventé mi "Juego de las preguntas y respuestas". Hoy sigo jugando a eso. Ya no en aquel desván, ha cambiado el escenario, pero lo hago todavía. Es sobre todo como válvula de escape, porque me conozco y sé que, en cuanto me despiste, mi cabeza se despertará de nuevo y me cambiará todas las preguntas. Ahí van:

-Un gesto favorito: una sonrisa.
-Un regalo preferido: un beso.
-Un sonido mágico: el del mar.
-Un paisaje: cualquier atardecer.
-Un libro: El Quijote.
-Una película: Amelie.
-Una palabra: esperanza.
-Un adjetivo: valiente.
-Un animal: delfín.
-Un defecto: la ansiedad.
-Un objeto fetiche: un lápiz.
-Un miedo: al dolor, de cualquier tipo.
-Una virtud: el optimismo.
-Una canción: el tarareo de mi sobrino mientras juega.
-Un deseo: no puedo decirlo, no se cumpliría :)
-Una foto: la tengo pendiente.

Los que os asomáis por aquí: ¿queréis subir al desván y compartir conmigo vuestras respuestas? ¿queréis añadir alguna pregunta? Me encantaría. Os conocería un poquito más y dejaré por un momento de hablar de mí, que ya me aburre un poco.

11/2/09

Me rindo

¡Qué vergüenza! Yo me rindo. Supongo que no hoy, pero hoy lo comparto con vosotr@s. Creo que ya hace tiempo que me he rendido a la hora de, al menos, intentar entender que realmente hayan sido meditadas determinadas afirmaciones / declaraciones / sentencias que se realizan en nombre de la religión. Os dejo la última joya:

Javier Lozano Barragán, "ministro" de Salud del Vaticano, en una entrevista al diario La República, respecto a la desconexión de Eluana:

" "¡Detengan ese asesinato!"() "Interrumpir la alimentación y la hidratación de Eluana equivale a un abominable asesinato y la Iglesia no cesará de denunciarlo a gritos", aseguró el purpurado..." "

(supongo que gritando, aunque eso es de mi cosecha)

Pues me alegra que haya declarado semejante estupidez. En mi opinión esto, que parece sacado más bien de un guión cinematográfico que de un periódico, roza peligrosamente lo absurdo. Es la hipocresía del rico. No lo aguanto. Explico el porqué:

me da escalofríos la cifra, y supongo que no está actualizada con el temita de la dichosa crisis, pero se estima que hay aproximadamente 850 millones de personas en nuestro maravilloso planeta azul que se están muriendo de hambre porque desgraciadamente no les llega la alimentación y la hidratación necesaria para seguir vivo. Se habla de ello, se publicita, se nos recuerda; nos llevamos las manos a la cabeza durante cinco minutos, alguna que otra campaña "limpia conciencias", más o menos exitosa, nos despierta de cuando en cuando del sueño del egoísta y nos intenta convencer (algo que entiendo innecesario a estas alturas) de que existe un problema, pero... no hacemos casi nada. Y pongo el casi por no escribir directamente el nada. Es algo con lo que hemos aprendido a "convivir" y por tanto forma parte de nuestra rutina. ¡Qué mala es la rutina! Y es que la rutina nos aborrega.

Algunos estudiosos se atreven a hablar de un "proceso de selección natural". Vaya, suena hasta inteligente, pero no sé si creerme esto. Lo cierto es que en el mundo animal existe desde siempre la mencionada "selección natural" pero siempre pensé que ésta surge en el caso de que se limiten los recursos alimenticios en el hábitat compartido por las especies. Pues algo no me encaja. Nosotros tiramos comida constantemente, hay exceso de producción, pero la acompaña un mal reparto de la riqueza. Es por eso que no me cuela esta teoría.

Pero esto no es importante ahora, al menos no para muchos personajes públicos, incluído el "devoto púrpura". Sí lo es que, de pronto, un país avanzado como Italia entre en crisis institucional porque unos padres quieren que su hija, que hace mucho no disfruta de la vida, se muera. Sí, lo sé, es un tema delicado, pero por favor, relativicemos la importancia de las cosas. Vivimos en la parte más democrática del globo, en la más normativizada, legislada y humanizada. Presumimos de vivir en libertad: no utilicemos la libertad para matar la libertad.

No me voy a extender (más) hoy porque odio escribir sobre cosas tristes, lo sabéis, y yo, que divago con la facilidad con la que una araña reconstruye su tela, os diré que hacía tiempo, mucho, que no me sentía tan perpleja como leyendo estas aseveraciones sobre todo si, a continuación, tengo que "digerir" escenas como ésta otra de aquí abajo, de las que el "hombre púrpura" , indignado y rasgándose las "vestiduras púrpura" por la injusticia del asesinato de Eluana, parece ser no tiene nada que decir ni aportar, ni a gritos ni en silencio. Lamentable. ¿Alguién me lo explica? porque yo... me rindo.

31/1/09

La vida es un circo


He llevado a mi sobrino al circo. Era su regalo de cumpleaños: seis años. Si por mí fuera no habría ido pero es mi sobrino, mi ahijado y mi ojito derecho. No podía negarme. A mí es que no me gusta el circo a pesar de que se parece mucho a la vida. ¿Os habéis fijado alguna vez?

Sí. La vida es un circo. Hay payasos (muchos), domadores de fieras, fieras, equilibristas, enanos... La vida es un circo sin carpa ni red, con espectadores sin invitación e invitados desconocidos, con un aforo ilimitado de visitantes donde es imposible controlar la entrada. La vida es un circo plagado de sorpresas y a mí las sorpresas, para qué mentir, nunca me han gustado. Dicen que el circo es un negocio poco rentable: ¿la vida es poco rentable? pues nos aguantaremos, porque no nos cobran por venir. Por quedarnos sí pero no por venir.

Nunca me ha gustado el circo, ni de niña me gustaba. ¿Por qué? pues porque me daban miedo/pena las fieras, porque los payasos estaban casi siempre tristes y se hacían daño a menudo (o a mí me lo parecía). No me gustaba el circo porque me gustan los animales y allí estaban flacos y sucios y no entendía porque un elefante, animal de cuatro patas, tenía que ponerse en pie sólo porque el domador se empeñaba en hacerlo ponerse en pie. Entonces yo pensaba mirando al domador: "¿Por qué no te pones tú a cuatro patas?". Nunca me ha gustado el circo pero, me guste o no, la vida es un circo.

Me siento payasa últimamente, enana en ocasiones y casi siempre equilibrista, intentando mantenerme a duras penas en ligero equilibrio entre lo que debo y no debo hacer, entre lo que puedo y no puedo esperar, entre lo que logro y lo que espero lograr. La vida es un circo que no cierra por vacaciones, sin horarios infantiles ni días libres por descanso del personal. A veces el domador es domado, el payaso llora más de lo que ríe y el equilibrista pierde el equilibrio. ¡Menudo circo más cutre!

La vida es un circo pero a mí nunca me ha gustado el circo. No me hace gracia ver a un hombre atravesando el fuego, ni a una mujer barbuda siendo el bufón objetivo de mil carcajadas, ni a un enano intentando subirse a un caballo demasiado grande hasta para mí.

Me enseñaron desde muy pequeña a no plantear un problema si antes no he pensado en una posible solución y aquí está mi propuesta: intentar ser los "dueños" del circo, que al fin y al cabo, casi siempre son los que más beneficios sacan del negocio. Pero seré sincera: yo quiero ser propietaria de un circo al estilo "El Circo del Sol" , llenito de magia, colores y belleza, lejos de imitaciones baratas. Desde ya mismo empiezo a ahorrar para comprar acciones.

PD: ¿Os gusta el circo?

14/1/09

Una persona inolvidable


Llevo unos días con problemas de inspiración. No es la primera vez ni será la última. Nos pasa a todos los que escribimos. Bueno, eso creo. Y que quede claro que yo no me considero "escritora", ni siquiera una aspirante a serlo, pero cuando me pongo ante un papel en blanco (siempre escribo sobre papel antes de teclear en el ordenador) he de reconocer que el respeto que le tengo a esto de contar lo que sea: historias, paranoias o poemas, me hace tenerle algo de miedo a las palabras. Entro en el grupo de personas para las que la escritura es más difícil cuanto más te gusta escribir. Sí, es un fastidio.

Supongo que el mes de enero es un mes de velocidad lenta y eso está haciendo de las suyas en mi estado neuronal. Época de rebajas y con el espíritu gris de la crisis mundial económica-política-humanitaria es como si mi cerebro también estuviera en crisis o sintiera que no tengo nada que decir. Suena a solemne tontería: yo, cotorra reconocida y reconocible, ¿callada? Pues sí, para descanso de muchos, porque creo que cuando no se encuentran las palabras adecuadas lo más adecuado es el silencio. Sin embargo no soy especialista en silencios indefinidos porque en esto de escribir me declaro reincidente. Todo lo bueno se acaba, lo siento. Ya estoy aquí de nuevo ¿ Y por qué he salido de mi maravilloso silencio? pues porque se me ha encendido una lucecita. Sí, claro, la de la Luna llena, que es la que me inspira, como podréis suponer, que anteayer estaba inmensa sobre mi ciudad.

En realidad tengo que escribir sobre algo que no quiero olvidar. Un encuentro que tuve la semana pasada. Fue con un buen amigo de mi padre, "de los de juventud" como decía él, de ésos que no ves hace ya muchísimos años pero reconoces de inmediato. Es sorprendente, pero a partir de una edad indefinida (y variable) parece que los mayores no cambian, ¿no creéis? a mí me lo parece.

Pues bien, a este amigo de mi padre le saludé yo porque no me reconocía "sin las trenzas", palabras textuales. Realmente en ese instante caímos en la cuenta de que hacía mucho que no me veía. Nos pusimos al día y al final llegamos al tema más común cuando alguien habla de mi padre: su sentido del humor. Cómo se las ingeniaba para contar un chiste o una historia sin reírse ni despeinarse un pelo mientras provocaba en los demás una carcajada interminable. Evidentemente recuerdo muchas cosas de mi padre, y no todas buenas, que las broncas silenciosas de mi padre eran "de mucho miedo", pero si hay algo que recuerdo con total claridad es cómo él, con el semblante tan aparentemente serio, te podía hacer reír. Era fascinante. Recuerdo que muchas noches de verano me escondía tras la puerta del salón (puntualmente, a las nueve y media una servidora estaba ya acostada, que no durmiendo) y a hurtadillas espiaba las tertulias estilo el club de la comedia que mi padre tenía en casa con sus amigos. Alguna vez me pillaron, recibía religiosamente una bronca, que era leve por haber testigos, y que siempre valía la pena. No me enteraba de mucho, es cierto, pero se lo estaban pasando tan bien que yo, por empatía, creía que también. Maravillosa infancia, ¿verdad?

Pero no es esto todo lo que quiero recordar. Lo que quiero recordar es algo que pasó después, cuando nos despedíamos ya. Ese amigo de mi padre, hombre canoso y cansado, con una mirada entrañable, se giró y me dijo: "¿Sabes lo mejor de tu padre? que fue de esas personas que recordarás siempre... Una persona inolvidable..."

Estoy algo sensible últimamente, para qué mentir, pero esta frase casi me hace llorar. Es precioso que te recuerden así. Al menos a mí me lo pareció. Después de esto me he puesto a pensar en qué recuerdos dejaremos en los demás; si se nos recordará mucho, poco o nada; si la gente que vayamos conociendo puede que un día no recuerden ni nuestro nombre; si hablarán de nosotros con cariño o con odio o simplemente no hablarán. No lo sabremos. Quizá es que ni siquiera es importante. No lo sé. Aunque intentemos hacer las cosas bien hay que ser consciente de que no a todo el mundo le podemos traer buenos recuerdos. Si soy sincera creo que me daría un poco igual la estela que haya dejado en los demás, pero lo que no me gustaría es provocar indiferencia, que alguien hablase de mí y dijese: "Pues yo... no la recuerdo"

Supongo que no tiene mucho fundamento científico esto que voy a decir pero lo cierto es que, si alguien que te ha conocido (y no me refiero al vendedor de la O.N.C.E al que una vez le compré un cupón) no te recuerda apenas es como si esa parte de tu vida fuese una pequeña mentira unilateral. ¿Estáis de acuerdo?

Sé que estaba mejor callada en mi maravilloso silencio. Pero, siempre le podemos echar la culpa a la dichosa Luna llena...

1/1/09

Año Nuevo... ¿en qué?




1-Cuentan que en algún lugar "Próximo" para despedir el año se han cambiado los fuegos artificiales por las bombas reales.

2-Se espera que ETA siga jugando a ser periódicamente una protagonista no invitada con sus mismos métodos trasnochados ocupando minutos en los informativos.
3-Muere el enésimo inmigrante ilegal intentando cruzar la frontera marroquí, línea que separa la supuesta riqueza de la evidente pobreza, en un intento desesperado de escapar de una mala vida, aún enfrentándose a la posibilidad demasiado frecuente de una peor muerte. Ante la desesperanza se hacen muchas locuras.

4-Una cifra "inmoral"de toneladas de residuos sólidos urbanos forman una alfombra gigante frente a la Puerta del Sol de Madrid y en muchas otras plazas de otras ciudades españolas, algo que nos recuerda que la asignatura pendiente en España no es sólo la manida "Igualdad" de sus miembros y miembras, ni la "Educación para la ciudadanía", sino la EDUCACIÓN, así, a secas.

5-Mis queridos osos polares dejarán pronto de llamarse polares. No hay problema. Para no permitir que desaparezcan, en otro gran logro de la especie humana, los convertiremos en nuestros queridos osos zoolares, sino al tiempo...

6-El papa predica a favor de la lucha contra la pobreza desde la opulencia de una "Basiliquita" que tiene cerca de su residencia oficial en el Vaticano y por supuesto sin hablar de dinero, que es muy feo mezclar lo material y lo espiritual.

7-El indigente habitual de mi cajero automático habitual hoy también se ha despertado entre cartones, a saber: cartones "de los de dormir" y cartones "de los de beber"

8-Me he levantado tarde. Cuando me he querido dar cuenta ya estaba comiendo, por supuesto casi sin hambre. Mientras hacía la digestión en el sofá zapeaba distraída, pensando: "esto también me suena del Año Nuevo pasado".

(.......)

Podría seguir hasta llegar a 12, citando tantas circunstancias repetidas como meses tiene el nuevo año que hoy estrenamos. No me apetece. Cada año celebramos el Año Nuevo. Yo creo que más bien a veces deberíamos celebrar que se haya ido el anterior y sigamos existiendo. Lo único realmente nuevo (en mi casa, al menos) son los calendarios. Bueno, eso y que el año pasado no nos desayunamos una crisis "que aún no ha tocado fondo" en pleno inicio de las rebajas de enero. Es cierto que la rutina a veces es una bendición, pero ¿tanta?

Necesito vuestra ayuda: ¿podéis decirme que tiene de NUEVO el año NUEVO?
A pesar de todo y por aguantar mis delirios (que tampoco son nada nuevo) os deseo un FELIZ AÑO 2009 , mis querid@s lunátic@s. Y no, esto no es efecto de una resaca mal curada. Simplemente soy así de aguafiestas :)

25/12/08

En blanco y negro


Mis sueños son en blanco y negro. Os preguntaréis en qué me baso, dado que soñamos (sobre todo) mientras dormimos. Pues en que no recuerdo haber visto un color en ellos, y suelo recordar muchos de mis sueños diarios. No tengo ningún problema con esto. El problema es cuando sigo viendo, ya despierta, mi alrededor en blanco y negro. Es como si de pronto el resto de los colores no existiese. Eso me pasa pocas veces, sí, pero me pasa. Y normalmente ocurre cuando vivo situaciones incomprensibles para mí.

No dejo de preguntarme por qué es tan complicado a veces entender el lenguaje, la conducta, las prioridades y pensamientos humanos (me incluyo). Tal vez es que sea marciana. Que soy algo lunática lo he reconocido siempre, pero ¿marciana? Eso ha sido todo un descubrimiento.

Maldita Navidad. Es probable que estar ociosa, estado habitual en esta época, me esté pasando factura. Desde niña he sido así: cuando mi cuerpo baja el ritmo, mi cabeza y su hermano corazón, invariablemente, entran en una especie de frenética actividad. Resulta agotador, lo reconozco. Quizá es en estas circunstancias cuando debería comenzar una "huelga cerebral" de las que muchos otros hace ya tiempo tienen varios masters, y bien que les va. Pero no puedo. Llevo demasiados años de enfados contínuos con mi cabeza híperactiva y mi corazón hípersensible. Sé que no voy a cambiar, por tanto, ¿para qué engañarme? Es una guerra perdida. En contrapartida, también es justo reconocer que semejantes imperfecciones me han servido en muchas ocasiones para, al menos, tener claras algunas cosas que parece que el resto de la humanidad (inteligente y evolucionada) que me rodea no siempre tiene en cuenta. Concluyo que en parte es bueno esto de sentirme en blanco y negro. De los momentos bajos es de los que realmente he aprendido cosas, tanto de los demás como de mí misma. A veces es un alto precio pero nada es gratis en la vida. Puede ser ésta una conclusión absurda, propia de mi chifladura, que por cierto no tengo claro si es "de manual" o simplemente aún no tiene nombre científico. Pero os dejo aquí alguno de esos aprendizajes forzosos:

-Una sonrisa embellece el rostro. A mí, por supuesto, me gusta estar guapa, por lo que intento llorar lo menos posible pero como necesito hacerlo (por una fuga en el proceso de fabricación) intento que sea a solas y preferiblemente con la luz apagada, así no me veo llorar.

-Una buena conversación es como una buena comida: alimenta el alma, se digiere bien y nunca llega a saciar; las "charletas/sermones/conferencias" son, por el contrario, como una comida a deshora y excesiva: a mí me producen empacho cerebral. Mejor hablar lo justo y parar de cuando en cuando para que nuestro interlocutor no sienta la necesidad de una "siesta" en nuestra presencia.

-Cada día tengo más claro que cuando te acercas mucho a algo dejas de verlo y si te hablan muy alto dejas de entender, por tanto: es muy recomendable ver las cosas con la suficiente perspectiva y hablar en frecuencias bajas.

-Hay algo que hago constantemente: dudar. No me gusta, pero creo que a veces son más peligrosas las certezas... ¿ o no? No lo sé, es una DUDA que tengo.

-Las personas son como son y lo son estén con quién estén. Se pueden adaptar, amoldar, disimular, pero al final se les ve el plumero. Prefiero aceptar eso que convivir eternamente rodeada de (malos) actores.

-Para muchas personas la palabra "escuchar" resulta ser una perfecta desconocida. Es casi seguro que alguien les intentó explicar el significado mientras ellos estaban demasiado ocupados "hablando".

-Es tan importante saber valorar un triunfo como saber enfrentarse a una derrota. Normalmente no sabemos hacerlo porque nos pasamos mucho tiempo aprendiendo a afrontar lo segundo.

-No me da miedo equivocarme. Me asusta, sin embargo, no darme cuenta de que lo estoy haciendo.

-Cuanta más gente conozco, menos conozco a las personas.

Para el que me lea habitualmente sobra decir que podría extenderme hasta el infinito, pero ¡qué demonios! es Navidad, no quiero ser cruel. Así pues, os cedo la palabra. ¿Vosotros también tenéis aprendizajes forzosos que queráis compartir? Ojalá la respuesta sea un sí. Me ahorraría el (seguro carísimo) psicoanalista.

5/12/08

¿Diciembre es racista?


Quizá un poco ¿no? Lo digo por eso de la "blanca" Navidad. Ya, menudo título para un post me he buscado. No es un titular al uso para estas fechas pero, teniendo en cuenta que esto no es un blog con ánimo de lucro, puedo jugar con eso sin arruinar mi reputación (qué palabra más fea) ni disminuir el número de visitas por minuto... venga, por hora.

Estamos en diciembre, último mes del año según nuestro calendario, mes en el que se dan (y si no se buscan) todas las condiciones para que seamos los más felices de nuestro barrio. Es evidente por donde voy ... o no.

Durante estos días es obligatorio ser feliz. No sé dónde está escrito pero resulta que es condición sine qua non para que el mes sea perfecto que tod@s nos queramos, y cuando digo tod@s es TOD@S. Sí, queda incluída la cuñada insoportable, la suegra, el sobrino repipi y el vecino del cuarto ¡sí, sí, ése, el del taladro de los domingos por la mañana! También es obligatorio que los niños luzcan sus mejores sonrisas; las familias tienen que reunirse y comer y beber (aún sin hambre ni sed); hay que regalar a nuestros seres queridos (o no tan queridos); se debe también felicitar a todo el mundo (?¿) sí, se debe desear Felices "Fiestas" ¿ y si el susodicho trabaja esas "Fiestas"? no importa, hay que felicitarle, que no se queje, que peor sería que no trabajase. Estamos en ese momento mágico de "hacer el bien" y ser solidarios, ya seremos unos malvados egoístas el resto del año. A ver si no es razón suficiente el simple hecho de que estemos en Navidad. Claro, alguno se preguntará ¿y si resulta que soy ateo/agnóstico? No importa, tú felicita igual, ¿qué más te da? Pues eso.

Entonces pienso: "Que mes tan poco democrático". Sí, porque resulta que por desgracia (y ya es mala pata) existen personas que no tienen a quién querer estos días, que hay niños que no son capaces de sonreír (sonreír y llorar al mismo tiempo es muy difícil), que hay familias que no se soportan, o incluso hay personas que no tienen a quién felicitar.

Pero sigamos destripando el mes más comercial. Este mes tiene otras características que le adornan: se le reconoce por el frío y las primeras nevadas, los días cortos y noches madrugadoras, las luces de colores, los escaparates excesivos, los árboles verdes de plástico y los Papanoeles rojos inventados por Coca Cola (todos sabemos que el original 'Santa' era verde) Es un mes "de diseño" con decoración de interiores e iluminación de exteriores. Ya que no podemos iluminar nuestras vidas, pues iluminemos nuestras casas, ¿por qué no? ¡hay tanto que celebrar! Sí, diciembre parece un anuncio de IKEA.

Y encima, para más inri (hoy me ha dado por el latín) se acaba un año. ¡Qué bien! y ahora caigo en la cuenta de que no he hecho nada de lo que tenía pensado. Bueno, no importa. Es obligatorio ser feliz= prohibido lamentarse. Además, en breve empieza otro año, igual de largo, incluso más si es bisiesto, y siempre puedo intentar escribir un guión tipo 12 meses, 12 causas, y cruzar los dedos para no perder el post-it donde lo he apuntado. Es lo bueno de esta época: genera optimismo.

Regresemos a nuestro pasado, cuando eramos niños. En esa mágica edad, en la que casi siempre hay motivos para disfrutar, las Navidades hacen coincidir muchos de ellos: menos días de clase; nieve en muchos lugares para poder jugar/esquiar/caerse (que era lo que hacía yo); visitas a las tiendas de juguetes (reconozco que eso, a mi edad, sí que lo sigo haciendo, me encantan los juguetes) y, sobre todas las cosas, la espera ansiosa e ilusionada de P.N., sus majestades los RRMM o los dos, eso ya va un poco/un mucho en función de la economía familiar.

¿Lo malo de este mes? Quizá se me ocurra algo. A ver, si lo pienso fríamente, sin los adornos navideños emborronándome la realidad, sin las luces parpadeantes que siempre me han estresado un poco, resulta que lo malo es que tal vez en algún lugar, y no tiene que ser muy lejano, no se celebre nada ¿Por qué? pues porque no hay nada que celebrar. Hay gente para la que, nos lo creamos o no, el celebrar la Navidad no está entre sus prioridades. Resulta que están pasando por un mal momento por alguna causa (o varias, que es lo habitual) y les preocupan más otras cosas. Son esas personas que no tienen vacaciones, o trabajo, o luces de colores en casa, o casa, ni regalos, ni dinero, o que no tienen salud, o comida, o familia...etc, así sucesivamente... Y claro, poco tiempo deja eso para pensar en otra cosa.

Alguno de vosotros no me reconocerá escribiendo así, porque suelo hacer gala de un optimismo eterno. No os preocupéis, no he sido abducida, y lo que estoy explicando no va contra el optimismo, pero sí contra la felicidad obligada, impuesta y publicitada a mi alrededor. ¿Por qué? pues porque yo seré feliz cuando me venga en gana y los astros me acompañen, no cuando lo digan unos cuantos anuncios/sacerdotes/asociaciones varias.

No quiero deprimiros (ya, ¡quién lo diría!) pero tenéis que entenderme. Esto es sólo un blog y aquí aparecen sólo mis delirios. Y mirar si es cierto que no quiero deprimiros que, para no dejaros con mal sabor de boca, os doy varias soluciones al problema de injusticia antidemocrática que estamos viviendo en el mes en curso: estamos en el momento ideal para elegir la opción de apadrinar un niño, hacernos socios de Save a Children (o similar), mandar un sms para participar en una donación multitudinaria , comprar un juguete solidario o enviar un abrigo viejo al contenedor de la ropa o la oficina de Cáritas más cercana, eso si es que lo quieren, que a mí la última vez que fui me dijeron que no necesitaban ropa (?). Es lo bueno que tiene diciembre: que tenemos mil formas de sentirnos bien. En fin...

Este mes yo intentaré ser más democrática que el calendario y voy a hacer exactamente lo mismo que el mes de noviembre: quedaré con mis amig@s siempre que pueda y puedan, diré te quieros a quién quiera y quiera escucharlos, repartiré besos y abrazos a diestro y siniestro (dos amigos míos); seguiré echando de menos a los que no estén y claro que iremos toda la pandilla a cenar, pero también fuimos el mes pasado. En definitiva: intentaré ser feliz y hacer felices a los demás. ¿Y en enero? Pues en enero más de lo mismo pero con otro número en el año.

¿Qué planes tenéis vosotr@s para este mes de diciembre? Y si os gusta la Navidad me gustará escucharlo igualmente :)

PD: Quede claro que lo que sí ADORO de este mes es el brillo en los ojos de l@s niñ@s. Será porque me recuerda a los meses de diciembre en los que yo aún pensaba que era éste un mes democrático.

21/11/08

Mentiras sinceras.


¿Compensa ser sincero? Bueno, supongo que sí, pero en la medida justa. Si vas al médico, por ejemplo, dile realmente cuales son tus síntomas, no sea que te trate el dolor de cabeza y a ti lo que te duela sea el tobillo derecho. La sinceridad compensa siempre que te afecte sólo a ti. Si dices: “soy una idiota”, pues bueno, es una pena, pero al fin y al cabo, no haces daño a nadie más con esa afirmación. Cuando recibo currículums, por ejemplo, sé de antemano que el 20% del contenido no debo creérmelo del todo, y no pasa nada, porque en muchos casos no ser sincero compensa. Es así. Y es que la sinceridad no está de moda. Y no hablo de "la verdad", que ya he dejado claro alguna vez que para mí no existe.

Pero mentir es agotador. Para mantener una mentira te verás obligado a inventarte unas cuantas más y tener una memoria prodigiosa para no olvidar ninguna de las que te has inventado. ¡Qué cansino! aún así las personas que conozco mienten, TODAS, todos mentimos, pues claro que sí, porque quien no mienta de los que me leen o dejan comentarios en este blog, que me expliquen el procedimiento para evitarlo. Mentir es mucho más fácil de lo que se cree. Mientes cuando no dices realmente lo que piensas, o lo "disfrazas" para que suene mejor. A ver: cuando pones una excusa a alguien para no ir, para que no venga, para no quedar, ¡¡ZAS!! ¿Qué estás haciendo? pues mentir. Claro, a esto le llamamos excusarse pero ¿qué es, sino, una mentirijilla? aceptada socialmente, eso sí, incluso el que la recibe suele pillar enseguida el desplante, pero hace que se lo cree ¿por qué? pues probablemente por la ley de la compensación: mañana él podrá mentirte sin sentirse un embustero. Es casi un acuerdo no escrito.

Nos hemos acostumbrado a mentir desde bien pequeños, utilizando una mezcla entre fantasia y mala leche, con la finalidad (habitual) de no recibir una bronca de nuestros queridos padres por algo que obviamente hemos hecho nosotros. Si hasta teníamos una canción que animaba las excursiones sobre ese tema ¿la recordáis? aquí está. Y es que la osadía de la infancia es infinita. Intentamos que nuestros progenitores crean que, en realidad, la travesura de turno ha sido obra de unos duendecillos maléficos y juguetones. Sí, es cierto, nosotros estábamos solos en casa pero... ¡los duendecillos son tremendos! ¡Pobres padres! qué admirable paciencia demuestran sabiendo que se la estás jugando y encima tienen que discutir sobre ello, y les desarmas porque en ese breve instante de ira no saben muy bien qué hacer, si reír y admirar tu “astucia” para evitar un marrón, o mandarte vía satélite una zapatilla por los aires.

No se puede ser sincero sin tener "x" problemas diarios. La de cosas que se te pasan por la cabeza y no dices. Como cuando en la panadería te cobran casi 1 euro por una barra de pan poco hecha y te dan ganas de hacerle una foto y llevarla de recuerdo y que hagan con ella bocadillos a 3 euros, que el timo, al menos, incluye jamón; o como cuando intentas averiguar qué señal de tráfico da preferencia de acceso a las aceras a esas cinco adorables ancianitas para que, como cinco elementos tomados de cinco en cinco, transiten por la acera tan anchas... y a lo ancho (y a más anchas las aceras, más ancianitas transitando); o como cuando un vecino llega tres segundos antes que tú al ascensor, te ve en la puerta (tú lo sabes positivamente) pero aún así, en tus narices se cierra la puerta del ascensor, mientras piensas: "¡ya está! ¡ya me he vuelto invisible! Y eso pasa siempre en el peor momento, justo cuando vas cargada con la maldita bolsa del súper que ha llenado la chica de la caja hasta los "no sé cuántos" kgs/litros de capacidad que soporta una bolsa convencional, como si le saliese del sueldo el coste de la bolsita de marras . Pero claro, tampoco es cuestión de montar un pollo. Se te echarían encima la cola de personas (con mucha prisa y poca paciencia) que suele ser la que yo me encuentro en el súper, que digo yo que será por la hora a la que hago la compra, porque de lo contrario, después de los maestros, la profesión con mayores bajas por estrés tendría que ser la de cajer@ de supermercado.

Aunque no me guste generalizar a veces es preciso hacerlo, y creo cada día más que EN GENERAL no compensa ser sincero, no le demos vueltas. Cuidado, que hay momentos en los que es obligatorio ser sincero. Debemos serlo con las personas a la que queremos y nos quieren, no hay problema si lo hacemos; esa sinceridad es estupenda (y necesaria) porque genera un vínculo de confianza que es imprescindible para que una relación sea mínimamente sólida, y porque creo que las mentiras en estos casos dañan mucho, eso sí, por descontado, más a quien las cuenta que al que las escucha. Pero no nos "desnudemos" siempre y ante todo el mundo (la sinceridad implica no andarse con rodeos ni maquillajes) porque estamos perdidos. Nuestros sentimientos se convierten en algo muy frágil y hacerlo te asegura un resfriado emocional en muy poco tiempo.

Sinceramente, me encanta la sinceridad, pero bien aplicada. Odio cuando la gente, usándola de escudo, te hace daño gratuitamente, y es que de sincero a imprudente hay un paso muy muy pequeño. No os mentiré, no tengo ni idea de porqué estoy escribiendo sobre esto y precisamente hoy, pero creo que es lo de menos. Sinceramente, no importa. Ni estoy de malhumor, ni estoy deprimida, o eso creo, es sólo que últimamente me desconcierta la forma en que las personas te mienten descaradamente, disfrazando esas mentiras de buenas intenciones pero malas artes. Fijaros, es sólo una anécdota: la mentira en la Biblia tiene la misma entidad que el asesinato, el adulterio, la envidia o el no honrar a los padres. ¿Será que la mentira es realmente mucho más grave de lo que nuestra cultura nos hace creer? Sabe Dios :)

Por último, os pido perdón porque (y no os miento) llevo un tiempo intentando desesperadamente resumir desde que alguien me ha recomendado que no escriba tocho-post si quiero mantener el interés (si es que lo tienen) en los lectores de mi blog... pero es que no sé hacerlo. Escribo como hablo, y escribir para mí es conversar en silencio, osea que me temo que a aguantar los tocho-post, el que quiera.

Os dejo una cita del polémico pero "sincero" Dr. House:

" Todo el mundo miente, la única variable es sobre qué"

PD: decidme, de estas mentiras, ¿cuántas no habéis utilizado aún? Leer

11/11/08

Pues ... "no lo sé"


Creo que es una de esas frases que casi nadie tiene en su repertorio de frases favoritas. Yo la he oído escasas veces en mi vida. Muy pocas. Y si alguna vez alguien ha reconocido su ignorancia ante algo, simplemente lo ha hecho disfrazándola con un poco de literatura. Pongo un ejemplo:

Tuve hace años un profesor de Comercio Internacional en la Facultad que usaba mucho en su lugar una expresión que a mí me encanta desde entonces. Cuando alguno de sus alumnos le hacía una pregunta que no sabía contestar él cogía su cuaderno, la apuntaba e inmediatamente decía, tan convincente como convencido: "Lo voy a averiguar." En mi ultimo año de carrera, coincidí con él en una conferencia. Al terminar nos encontramos en una cafetería cercana y charlamos un rato. Entre otras cosas surgió aquella ocasión, en un examen de final de curso, en la que en una pregunta sobre un trabajo presentado en clase sobre exportaciones, que yo no llegué a preparar bien, contesté con un sincero "Lo voy a averiguar". Me puso un cero morrocotudo en la pregunta, por descontado, pero me aprobó el examen y cuando nos cruzábamos en el pasillo de camino a clase, se sonreía y me saludaba. En esa cafetería, y con la confianza que me daba el tener ya su asignatura aprobada, le pregunté si en realidad cada vez que usaba esa frase afirmaba que no sabía la respuesta o era sólo por no "alargar" las clases. Me confesó, divertido: "Sí, era porque ignoraba la respuesta, pero ¿a que suena muchísimo mejor?.... " Creo que tenía razón. Es una forma elegante de reconocer que no se sabe algo. Pero... las hay mucho menos glamourosas. Os cuento:

Ayer he ido a preguntar por un encargo que había hecho ya hace días en una librería y la persona que me atendió no tenía ni idea de lo que le estaba hablando. Era evidente. Aún así miró y remiró durante un buen rato la lista de encargos pendientes, de cajas recibidas y de embalajes cerrados. Claro, a medida que leo lo que escribo intuyo que puede sonar a que soy pelín "desagradecida" y que esta persona sólo intentaba ayudarme. No soy desagradecida, en absoluto. Cierto es que, probablemente, su intención inicial fuese ayudarme. Pero yo insistía: "Volveré en otro momento"; mientras, él miraba y remiraba en las notas y todos los cuadernos que encontraba al alcance de sus manos. Él intentaba ayudarme al principio pero, al final, lo que NO quería era contestarme: "No lo sé, ven por la tarde que está la chica que te atendió". Simplemente no quería "reconocer" que no lo sabía. ¡Qué chorrada! El resumen de esto: estuve allí más de 10 minutos, me fui sin el encargo y sabiendo que tendría que "volver en otro momento".

El problema de no reconocer que no se sabe algo, lo que sea, es que te limita a la hora de mejorar y te impide conseguir algo mucho más importante: APRENDER. Yo quiero aprender; de eso, entre otras cosas, trata la vida. Aprender de muchas personas y muchas cosas. De casi todo el mundo se puede aprender algo. Cierto que puede ser algo malo, pero incluso de lo malo se puede sacar provecho si lo filtramos para la estantería de "NO TOCAR". Me gusta "aprovecharme" de lo que los demás ya saben para aumentar lo que yo sé. Ser selectiva a la hora de aprender es fundamental para mi. No me vale lo de "saber por saber". Cada día compruebo que todo aquél que cree saber de muchas cosas en realidad carece de muchos conocimientos básicos en muchas otras. No se trata de eso. Sólo hay que ser sensato a la hora de recibir información y "apartar la paja del grano".

Es habitual que lo que nos impide aprender no sean las ganas de hacerlo sino la predisposición a que nos enseñen. La capacidad de auto crítica es también algo que no suele abundar entre las personas hoy en día; tal vez sin querer se cae en el error de pensar que por no saber algo no seremos respetados (?) Tonterías. Lo que yo considero haría que no se nos respetase es si llegamos a perder las ganas de mejorar, de evolucionar, de tener cada día un momento para abrir los ojos, aguzar el oído y cerrar la boca un rato. Todo esto requiere cierta dosis de humildad porque implica aceptar nuestras propias limitaciones, y porque estás reconociendo parte de tus carencias. Pero, ¿y qué importa? Pues yo creo que absolutamente nada.

Me gustaría que cuando alguien tuviera que contestar no lo sé lo hiciera así, sin tapujos, ya fuera con esa frase o con una sustituta menos decepcionante, como mi hábil profesor universitario. Nos ahorraría a nosotros mucho tiempo y a ellos muchas explicaciones inconsistentes. A mí decir no lo sé no me provoca urticaria; es más, es mi respuesta más habitual ante muchas preguntas. Pero siempre estoy dispuesta a aprender y así no tener que contestar lo mismo la próxima vez.

Hace poco tiempo he conocido, a través de comentarios de una persona que lo lee, a Antón Chéjov. Realmente ha sido un descubrimiento. Me gusta su estilo, sus relatos; es un contador de historias maravilloso y me gustan sus mensajes, ocultos o explícitos. Resulta sensato (la sensatez tampoco es una virtud muy extendida). Aquí dejo una de sus frases, contundente y sencilla:

"Los hombres inteligentes quieren aprender; los demás, enseñar."

¿Por qué nos costará tanto reconocer nuestra ignorancia en según qué cosas? No logro entenderlo.

26/10/08

Más cine, por favor...




Me gusta el cine. No quiero decir con eso simplemente que me guste ver una buena película, que eso es obvio que también, pero puedo verla en casa. A mí me gusta IR AL CINE, y verla en una sala inmensa (antes más inmensas que ahora, todo sea dicho) a oscuras, con muchas / pocas personas, pero sintiéndote en la intimidad, con ese sonido envolvente y a veces, quizá, demasiado alto. ¿Os habéis fijado en el volumen de las salas de cine? Yo creo que no cumple la normativa sobre contaminación acústica; sin embargo, siguiendo mi teoría de que casi todo tiene una razón de ser, he llegado a la conclusión de que eso está bien estudiado. Ese volumen endemoniadamente excesivo te libra del plasta de turno al que lo de hablar en el cine, sobre todo desde que la película ha empezado, le motiva más que el hecho en sí de verla.

Los cines cada vez son más cómodos, eso es verdad. Si hasta tienen su huequito para la botella de agua o sustituto líquido que queramos llevar. Pero tanta comodidad quizá también sea un problema. Nos relajamos tanto que nos hace sentir como en casa, y claro, ahí aparece el cinéfilo nervioso-compulsivo que tiene la pierna floja y te va dando toquecitos en la espalda de tu asiento como queriéndote recordar que, aunque te pueda parecer un rollo la peli, es cara la entrada, y es recomendable no quedarse dormida. A mí me dan ganas de darle las gracias cuando se acaba por haberme mantenido alerta todo el tiempo. De paso me gustaría decirle que no era necesario. Nunca me ha pasado eso de ir al cine y no acabar de ver una película (sólo un par de veces, pero porque me había confundido de sala) supongo que por el precio de cada entrada, por la esperanza de “¿ y si al final...?” y, por descontado, porque no están las cosas para tirar el dinero.

La ventaja de estos incidentes es que así también eres consciente de que no estás sola, aunque te pueda parecer que sí. ¿Para qué? Pues para intentar que no se te escape la lagrimita en las escenas tiernas. Eso es lo que peor llevo del cine. Yo, que soy de lágrima fácil, lo paso realmente mal cuando, tras la escena final de algunas películas, se encienden las luces. Intento desesperadamente secarme los chorretones que se han ido acumulando. Misión imposible.

Muchas veces voy sola al cine. No es que no me guste ir acompañada, que me encanta, pero reconozco que no me importa hacerlo sola. ¿Por qué? Pues porque no es fácil encontrar un buen compañero para ir al cine. Tomar un café, ir a cenar, de compras, salir de copas, para eso sí que hay quórum, pero ir al cine ... eso es otra cosa. Para mí Cine = Silencio. Yo hablo mucho, los que me conocen pueden dar fe de que es así. Hablo como un loro si me dejan, pero en el cine me molesta el ruido de la voces humanas que no sea la de los protagonistas.

Echo de menos que haya más cine en el cine. Me explico. Se estrenan muchas películas pero cine, el cine que a mí me lleva a una sala a dejar unos cuantos euros (muchos euros, en mi opinión), ése es cada día más difícil de encontrar. Últimamente he visto verdaderos bodrios, y ni la sala maravillosa ni el sonido envolvente ayudan cuando la peli es un tostón. Sin embargo, también reconozco que alguna de ellas no la olvidaré en la vida. Cinema Paradiso (la vi tres veces); El club de los poetas muertos (la vi cuatro veces); Los puentes de Madison (la vi cuatro veces); Amelié (ni sé cuántas veces la he visto)... hay más, pero como veo que me estoy enrollando, como siempre y para variar, lo dejaré así.

Donde yo vivo, a pesar de ser capital de provincia, solo tenemos 8 salas de cine. Lamentable. Eso implica que la oferta es muy pobre, y por supuesto, comercial. Pocas películas comerciales pasan para mí la barrera de lo soportable. Pero no importa. A mí me gusta ir al cine, y entre mucha tontería, seguro que encuentro alguna joya. La última que me he encontrado ha sido El niño del Pijama de Rayas. La menciono porque, teniendo en cuenta que había leído el libro, y la experiencia me dice que la adaptación de una novela no suele cumplir las expectativas, ésta es totalmente recomendable. Eso sí, si sois de lágrima fácil, cuidado con los chorretones, y por supuesto llenar el bolso de pañuelos. Yo siempre me los olvido.

Me gusta soñar, es una de mis actividades gratuítas preferidas y el cine me ayuda y me enseña a hacerlo. ¿Qué película reciente me recomendáis para esos días (como hoy, domingo) en los que no me importa estar sola y gastar unos cuantos euros por pasar un buen rato?

"Tarde o temprano llega un momento en el que hablar y estar callado es la misma cosa". Cinema Paradiso.

"Sólo al soñar tenemos libertad, siempre fue así, y siempre así será" El club de los poetas muertos.

"Creo que los lugares en que he estado y las fotos que he hecho durante mi vida me han estado conduciendo hacia ti" Los puentes de Madison.

"Cuando un dedo apunta al cielo, el tonto mira el dedo" Amélie.

"La inocencia de los colores, sabores y olores de la niñez desaparecen en la oscuridad de la razón". El niño con el pijama de rayas.

4/10/08

Este otoño se lleva el gris


A mí ese color no me disgusta. Me gustan todos los colores en general, los colores fríos y los cálidos. Este otoño se lleva el gris, al menos eso "dicen" los escaparates.

A veces he pensado que este tema de la moda es algo frívolo, que sólo es un/otro síntoma de "aborregamiento" (palabra no admitida por la RAE pero que me parece muy adecuada) de la especie humana. Aún así, y por una vez, creo que los expertos en moda han acertado. Si oímos las noticias, leemos la prensa, ojeamos una revista un poco seria (si es que aún encontramos alguna que lo sea), o miramos a nuestro alrededor, el gris es el rey. No me refiero al gris de un día nublado que, en un momento dado, hasta puede tener su encanto. Me refiero al gris en las noticias, al gris de tantas muertes absurdas, de tantos sucesos desagradables, al gris del parado, de los hipotecados, de los mileuristas, de los supervivientes y de los que no sobreviven...

El gris a veces deja de ser un nombre para convertirse en un adjetivo, un adjetivo que califica a ese desconocido que te encuentras frente a frente en un portal y ni siquiera te saluda. Tal vez ni te ve. Califica a toda esa gente que mira sin ver, que transita por una calle sin parar la vista en nada o en nadie, que no ven a ese bonito bebé que sonríe en su silla con sus enormes ojos abiertos como queriendo grabar cada imagen, ni a ese perro juguetón que les quiere saludar. Paseantes que no pasean, que no caen en la cuenta de que han terminado de rehabilitar esa pequeña casa en el casco antiguo y ha quedado preciosa, ni que, a un metro de ellos, una anciana mira a su alrededor por si alguien la ayuda a cruzar la calle. No se fía mucho de que usar el paso de peatones, a la velocidad que ella puede alcanzar, sea seguro.

No es nada nuevo que todo esto existe, y no es exclusivo del otoño, pero tal vez el otoño es una estación más reflexiva después del relativo "asueto cerebral" que solemos practicar en el verano. Reconozco que a mí me gusta especialmente esta estación. Los colores del otoño son los ocres, pardos, rojizos y tostados, los colores del otoño son colores cálidos y por eso no entiendo el motivo de que a mi alrededor, mire a donde mire, vea tan a menudo reflejos del gris.

Ahora es cuando yo digo: "tengo una teoría". Será que los colores de los escaparates se han reflejado en las pupilas de los que miran las tendencias de este otoño-invierno y el gris se ha apoderado de sus miradas. Eso es lo que me parece.

He pensado que esta temporada voy a llenar mi armario de colores cálidos para que mi mirada no refleje el gris cuando mire a mi alrededor. No sé si os gusta el otoño, pero tanto si os gusta como si no, intentad que el gris otoño no gane la batalla a colores como el azul cielo, por ejemplo. Intentadlo, al menos, a vuestro alrededor. Arreglar el mundo es algo más complicado.

23/9/08

¿A olvidar se aprende?


RAE: Olvidar…… 2. tr. Dejar de tener en el afecto o afición a alguien o algo. U. t. c. prnl.

Este post, tanto el título como su contenido, es fruto de la “casualidad”, como tantas cosas en la vida que pasan sin esperar, ni por un instante, que eso pueda ser posible. Es fruto de la casualidad pero no por eso es menos importante, por eso creo que yo voy a “centrifugar” sobre ello. El caso es que ayer mismo alguien me ha puesto en un dilema. Me ha preguntado qué haría yo para olvidar a alguien, en concreto me ha dicho: cómo hacer que el corazón haga caso a la cabeza. Menuda preguntita, ¿verdad?

Claro, yo inmediatamente, lo primero en lo que me he puesto a pensar es en por qué esto me lo preguntaba a mí. Parece ser que el motivo de hacerlo es sencillo: yo escribo sobre sentimientos, entonces puedo ayudar a aclarar problemas relacionados con ellos. Me siento halagada por eso, pero sinceramente, creo que me viene grande el desafío.

Yo no puedo resolver problemas del corazón, ojalá tuviera ese don, pero no lo tengo. Bueno, creo que no tengo ninguno. Pero sí que puedo dar mi punto de vista, y como ya se intuye para todo aquel que me vaya conociendo, siguiendo mi criterio de que las contradicciones existen, soy bastante alocada pero muy reflexiva, por lo que me voy a arriesgar.

Escribí un post ya hace un tiempo que precisamente trataba el tema del amor desde el punto de vista de ser un algo regido por el cerebro, y no por el corazón. Se titulaba Amor "cerebral". Era éste. Algunos pueden compartir la idea, otros no estar en absoluto de acuerdo. Yo, con el paso del tiempo, cada vez estoy más segura de que eso es cierto. Pues bien, retomando la idea de ese post, me atrevería a decir que el desamor quizá funcione de una manera muy similar. El desamor también, en el fondo, tiene una base "cerebral", incluso puede que más que el amor, pues en las situaciones de desamor se suelen racionalizar más las cosas. Sin embargo, ¡qué curioso! la persona que me ha hecho la pregunta me dice algo que a mí me descoloca: "puedo olvidar en mi cabeza, pero en mi corazón sigue ahí". ¿Cómo es posible eso? No puede ser. Yo, si no pienso en algo, para mí ya no existe. Si no pienso en un mal momento, no lo recuerdo, por tanto no lo sufro ya. Por eso creo que en realidad es justo al revés: el problema es que se piensa tanto en esa persona perdida que, inconscientemente, la interiorizamos en nuestro cajoncito de los recuerdos y se enquista en nuestro interior para siempre. Mal asunto.

Olvidar a alguien a quién aún queremos es posible pero difícil, porque enamorarse tampoco es una cosa que pase todos los días. Puede haber "encaprichamientos" muy a menudo, "romances" con cierta frecuencia, "ligues express" y relaciones esporádicas más o menos satisfactorias, pero enamorarse... para mí eso es otra cosa. Creo que es duro el desamor porque lleva de la mano sentimientos muy negativos. Uno de ellos, muy doloroso, es el sentirse rechazado: no nos quieren, aunque queremos querer; no nos corresponden; damos mucho y lo damos con toda nuestra fuerza, pero no lo recibimos. Eso es muy duro. Luego está el sentimiento de culpa. Eso es uno de los peores sentimientos. Cuando una relación falla, inmediatamente, buscaremos el culpable. Pues creo que es el primer gran error. No siempre hay un solo culpable, bueno, a veces sí, impepinablemente a veces eso ocurre, pero no siempre, y a nadie le gusta reconocer que la culpa no es sólo del otro, o no es sólo nuestra, y nos amargamos martirizándonos con una culpa que no es nuestra pero nos hemos autoasignado en un papel (poco aprovechable, por cierto) de masoquismo sentimental. Otro problema añadido: el fracaso. Que una relación se acabe lleva consigo una dosis importante de fracaso, directamente proporcional, por supuesto, a la ilusión que hayamos depositado en la misma.

Entonces, se ha acabado una relación, y poco después de sentir que podíamos volar, nos encontramos con el sentimiento cruel de ser unos individuos rechazados, culpables, fracasados y, a la postre, estamos solos. Creo que son motivos más que suficientes para sentirse mal. Por eso a veces dudo de si en el amor, en el desamor, y en todo ese batiburrillo tan inestable en el que se asientan los sentimientos, el problema no es el hecho en sí, sino los "daños colaterales" que le acompañan. ¿Podría ser? No lo sé. Pero si así fuese, quizá lo ideal sería, en buen criterio, minimizar esos daños colaterales, entender que lo que pasa casi siempre es por algún motivo (aunque en principio nos cueste trabajo aceptarlo) y entender que es recomendable asumir que las cosas no siempre saldrán como nosotros deseamos. Es así como nos acercamos a ese momento que, evidentemente, no siempre resulta agradable y que les ha dado por llamar MADUREZ. Sólo la madurez nos permitirá vivir en paz con nuestras limitaciones y aceptar que a veces no elegimos nosotros nuestro futuro, sino que nos viene dado. Eso no implica que nos rindamos, sino que, como maduros que somos, debemos buscar otro camino para llegar a nuestros objetivos en la vida. Es tan importante no perder de vista el qué queremos conseguir como ser capaces de variar el cómo llegar hasta allí. Eso creo yo.

Quisiera ayudar a la persona que me ha preguntado cómo creo yo que podría solucionar su problema, pero ¿qué le digo? En la mayor parte de los casos, un problema no tiene una única solución (porque el origen tampoco es siempre el mismo). Aún así quiero intentarlo, por eso mi consejo sería:

analiza bien el porqué no consigues olvidar y si realmente DEBES hacerlo. Tal vez es que aún tiene arreglo, por eso no consigues "dejar de sentir". Si es así, y la solución está en tu mano, adelante. Ahora bien, si no lo está, si tienes la obligación/necesidad de olvidar, sólo el tiempo ayudará a disipar ese dolor. Ni en mil palabras que yo escriba ni en todos los consejos del mundo encontrarás la solución. Olvidar quizá es imposible. Por suerte o por desgracia nuestro cerebro no funciona como el de los peces. Lo que sí puedes (y debes) es intentar "archivar" su recuerdo para que no sea una presencia constante en tu vida. Yo creo que esto de olvidar se aprende, y es un proceso de reflexión íntimo que sólo nosotros podemos hacer, lo demás es literatura.

Sea como sea, sé que teorizar es muy sencillo, incluso en un tema tan delicado como el amor/desamor es muy fácil hacerlo, pero la práctica ... eso ya es otra cosa.

En esto de los sentimientos una segunda opinión viene muy bien, pero mi visión de las cosas la marca siempre lo que yo he vivido y, sea mucho o poco, evidentemente es sólo mi experiencia. Por eso muchas respuestas a determinadas preguntas las comienzo con un rotundo: no lo sé.

11/9/08

Son como niños



Son como niños en cuerpos grandes, agotados, menguantes y cercanos a la fecha de caducidad. Como los niños son sorprendentes, aunque ellos ya no se sorprenden de nada. Tienen ramalazos caprichosos y, sobre todo, tienen en común que suelen ser muy tozudos.

Siempre he sentido la necesidad de acercarme a ellos, y cuando lo he hecho casi siempre me han aportado muy buenos momentos, pero en realidad, si exceptuamos mi relación con personas de mi familia, ha habido pocos contactos “reales”. Ahora, por motivos irrelevantes, los visito a menudo. Siempre es lo mismo y sin embargo siempre es distinto. Cuando voy siempre hay algo que me quieren contar. Se pisan unos a otros al hablar, fieles a esas normas no escritas de las mejores tertulias “Made in Spain”: el que pueda, que hable. En este país es más fácil que se acabe el problema del paro a que hagamos "loquesea" con cierto orden. Así pues, desde el principio, se atropellan para contármelo todo: “Que si fulanito hoy no ha comido, y el otro ha montado un pollo porque hacía frío y no cerraban las ventanas”, “que si menganita ha vuelto a perder el bastón, que mira que es pesada con el bastón, ¡si total luego no lo usa, que lo lleva apoyado en el brazo!”.. “que aquella de allí, la rubia teñida (vaya, como para no estarlo con 70 años) es nueva y muy estirada, y que no habla con nadie”. Yo me río y les replico: "¡es que es nueva! hablar vosotras con ella". Absurdo razonamiento. “No, no, es que es una estirada” “y aquella otra no ha parado de cantar en toda la tarde”....

Es un grupo tan heterogéneo como lo es cualquier grupo en cualquier otro sitio en el que se reúnan personas de diferente edades, ideologías, carácteres y procedencia. A mí, en cuanto entro allí, automáticamente se me dibuja una sonrisa. No es un lugar triste, pero tampoco alegre. Yo diría que es neutro: ni frío ni calor. Pero yo al entrar sonrío. Inmediatamente se suele repetir la escena: la mujer del sillón azul, tan pronto me ve, me pide que la saque al patio (me confunde con una auxiliar, supongo) otra me pregunta que cuando la vendrán a recoger, que se quiere ir a casa; un señor me llama Ana (me confunde con su nieta). Y al final de mi recorrido siempre voy a darle un beso a mi “niña” favorita. Se llama María, pero yo la llamo "abuelita", porque es la abuelita: pelo canoso y escaso, semi largo, lo suficiente para recogerlo en un minúsculo moño; las gafitas, pequeñas y redondas, intentan esconder, sin conseguirlo, unos ojos vivarachos y simpáticos, y su cara dibuja la sonrisa amable de abuela de anuncio. Nunca recuerda mi nombre, y me llama Miss Morena. Su hijo, que suele estar allí cuando llego, sonríe, y yo le digo: "¡No me pongas colorada, María” pero eso es puramente anecdótico. Ella es tremendamente cariñosa, y sé que aunque yo fuese cojita y esmirriada, me llamaría Miss Morena. Yo a esta anciana la quiero. Me recuerda cada día que ella tiene 93 años, y que tiene una bisnieta muy guapa (que ya me ha presentado varias veces) y que es muy buena estudiante. Me da siempre muy buenos consejos, y cuando me voy me dice: "Linda, sé feliz, no olvides sonreír, y vuelve mañana, ¿sí?".

Así se pasa la vida en una estancia de unos 100 m2, funcionales y poco acogedores, que ellos llaman “casa” porque muchos no recuerdan ya dónde vivían antes de aquel lugar. En realidad, algunos no recuerdan casi nada. Me doy cuenta cuando estoy allí, cuando miro a mi alrededor, que la vida no son los años que cumplas, sino los momentos que puedas recordar, y cuando apenas recuerdas nada, es cuando la vida ha sido una gran mentira.

Hoy no he podido ir pero cuando vuelva a esa residencia disfrutaré viendo cómo vuelven a criticar por enésima vez el mal gusto de “la de verde” que combina fatal los colores, o lo mal educado que se ha vuelto D. Jacinto “con lo majo que era al principio”. Iré a la residencia (porque geriátrico, a mí personalmente, no sé muy bien el porqué, me suena mal) y estos maravillosos niños en cuerpos grandes agotados y menguantes volverán a sorprenderme.

Me gustaría que se les valorase más, que no se les diera la espalda, que se les devolviera el cariño que muchos de ellos (no todos, que también hay malas personas de 80 años) han ido dando por la vida, y que pudieran contar sus historias a otras personas, como hacen conmigo cada vez que entro. Todos deberíamos tener el derecho a vivir acompañados cuando se acerque el momento de irnos, pero hay muchos que no están allí, en ese salón luminoso de 100 m2, y en el olvido se van apagando sin ni siquiera tener con quien hablar del miedo que sienten en ese momento. Qué pena, ¿verdad?

Ojalá cuando yo sea viejecita haya "vivido" muchos años, y "recuerde" que los he vivido. No me gustaría, pero si tengo que pasar un tiempo en una residencia como ésta, ojalá no confunda un salón más o menos luminoso con lo que un día fue mi hogar. Porque a mí la vejez no me asusta, lo que sí me asustaría sería tener que afrontarla sola y, sobre todo, sin recuerdos.