-El Danubio NO es azul.
-Un diamante NO es para siempre.
-Donde comen dos NO siempre comen tres.
Si quitamos la partícula negativa a estas frases se quedan en sentencias que a casi todos nos suenan. Y del sustantivo sentencia llegamos al verbo SENTENCIAR. Palabra peligrosa. A mi alrededor las personas sentencian constantemente, tajantes, inflexibles, en voz alta, como si el tono les ayudara a tener razón. Yo no voy a ser menos: 'sentencio' y afirmo rotunda que "los extraterrestres NO son verdes". Lo sé porque yo me miro en el espejo y diría que no es el color que me envuelve. Soy extraterrestre, de lo contrario no se explica que no entienda tantas cosas. También podría ser consecuencia de una falta de actividad neuronal, que tampoco lo descarto, por supuesto, pero no lo creo.
Me ha costado decidirme a escribir sobre esto del color de los marcianos, porque puede que caiga en el error de "sentenciar", pero de todos es sabido que es fácil acabar haciendo aquello que solemos criticar. Una servidora no iba a ser una excepción. Intentaré explicarme...
Un sábado, el pasado por ejemplo. Salgo de casa temprano. El ascensor está ocupado (como siempre) así que bajo por las escaleras. Al llegar al portal coincido con quien ocupaba el ascensor. No le conozco de nada. Ni siquiera sé si es mi vecino. La verdad, cuantos más vecinos tengo menos vecinos conozco. Le doy los 'Buenos días', una manía que tengo por las mañanas, y él, como hablándole al ombligo, parece contestarme con un casi inaudible 'Grrr' que interpreto como un saludo. Se me queda cara de póquer. Quizá va a ser que desde hoy los saludos se declaran en la renta. Me voy a la calle. Tengo plaza de garaje cerca pero he dejado el coche fuera porque entrar en él... no pudo ser. Había otro aparcado justo en la entrada y su conductor estaba en paradero desconocido. Sí. Que llame a la grúa, estáis pensando. Pero es que entre que llega y no llega seguro que el individuo se ha ido. Paso. Por tanto dejé el coche fuera. Me subo y me voy a ver a mi madre. Vive muy cerca de mi casa pero tengo que ir en coche si quiero hacer las compras que sí o sí tengo que hacer luego. Yo y mis ideas geniales.
Me dirijo al centro para hacer unas compras. Misión imposible I. Atascos por todas partes. Bueno, por todas menos por una. Hay una manifestación que ha cortado la calle desde donde ni se ve. La escena es la siguiente: municipales cabreados; conductores cabreados; peatones cabreados. El viaje promete. Se oyen los pitidos del silbato del Municipal que está a mi lado, pero lo enmudece un claxon que casi me deja sorda del oído derecho. Del izquierdo se encarga un bebé que ante semejante barullo se pone a llorar con tal intensidad que me río yo de la Caballé. No me extraña. Decido que lo mejor es aparcar en cuanto pueda. Misión imposible II. El parking más cercano está colapsado por un piquete de la manifestación. Como puedo me cambio de carril para ir al otro que tengo próximo. COMPLETO. Cuento hasta 10. No pasa nada. Aún es temprano y en realidad no tengo prisa. Pongo la radio para no oír el ruido exterior. Música, claro, a ver si me relajo un poco. De todos es sabido que amansa a las fieras. Otra sentencia, porque esto no es del todo cierto. Si las fieras oyesen ESO que suena en la radio, acabarían descontroladas, atacando a diestro y siniestro, envueltas en una aborágine brutal de sangre y destrucción. Música como venida del infierno. Opto por cambiar y sintonizo una de noticias. Peor todavía. Que si el PSOE está en decadencia; que si el PP en bancarrota; que si lo de Cristiano Ronaldo nos hunde definitivamente con semejante despropósito financiero; que si la GRIPE A es una pandemia... etc. Me voy mejor a las noticias locales pero no mejora mucho; son noticias resesas: El alcalde que se pelea con su colega del bipartito; la asociación de vecinos "Todos juntos" se cabrea con los del botellón... Uff... Apago la radio.
He llegado ya a la entrada del parking. Espero unos minutos y hago cola para que me timen por estar allí un ratito. Pero yo hoy me he levantado de buen humor, así pues... no me afecta. No veo sitios libres, aunque lo ponga el rótulo de la entrada; doy un par de vueltas y finalmente sale un coche. Me dispongo a aparcar; rectifico, a intentar aparcar. El mendrugo que lo hizo al lado de la plaza que ha quedado vacía ha dejado el coche en posición 'voy a tocar las narices', entiéndase cruzado. Tras un rato de maniobras de manual y sudor consigo dejarlo medianamente bien, como para poder salir por mi puerta y no por la del copiloto, ayudada por los gramos que he perdido en el intento. Pero estoy tranquila. Total, vivo a 1 km del centro y esta excursión me ha llevado SÓLO 40 minutos.
Subo las escaleras y por fin estoy en la calle. Hace un calor de justicia en la plaza pero la refresca una fuente muy decorativa, pero un chorro algo 'despistado' me da en toda la cara. Bueno, al fin y al cabo tenía calor. Una sonrisa/mueca se dibuja en mi cara. Me voy a comprar la prensa que hay justo frente al 'parking maldito'. El del quiosco de siempre me da el periódico de siempre (ser cliente habitual tiene sus ventajas) Tardo apenas un minuto. Algo que sale bien, menos mal. Pero al irme alguien entra sin ver que salgo y... tropezamos. No sé de quién fue la culpa; yo pido disculpas pero él reza en arameo. Se ha mosqueado. En fin, yo recojo con más esfuerzo que acierto las hojas tamaño imposible del periódico. Sí. Lo habéis adivinado: no es el ABC. No tiene grapas y está hecho un cisco. Pero... no pasa nada.
Llego al súper. Está lleno de gente. Parece que todo el mundo haya decidido ir temprano a comprar (aunque claro, ahora ya no es tan temprano). Un par de cajas de cobro están cerradas. En la cafetería de al lado hay dos chicas charlando con el uniforme del supermercado. Tienen derecho. Están en el descanso. 'Pues tendremos que esperar' pienso. Pero oigo "críticas" de unas señoras porque "tienen vez en la peluquería y llegarán tarde. Inadmisible". Pienso qué tenía que comprar en el súper. Básicamente fruta. Así pues cojo un par de cosas imprescindibles y pago en la caja rápida. Me iré a la frutería de Amalia que siempre la tiene muy rica.
Amalia abre todos los días laborables y su horario es... indefinido. Yo creo que vive en la frutería. Me acerco y la veo tras el escaparate, con sus canas impecablemente peinadas. Me ve llegar y me da los 'Buenos días' con una sonrisa sincera de oreja a oreja. Después de quejarse del calor y sus piernas hinchadas (eso sí, sin perder la sonrisa) piropea mi vestido haciendo que sonría yo, y me ofrece unas deliciosas cerezas del mismo valle del Jerte, fresas de Huelva y unos albaricoques dulces como la miel (palabras textuales). Sé que no me ha mentido porque me da a probar una pieza de cada antes de llenar unas bolsas con la fruta que (por supuesto) me voy a llevar. Le pago, le doy las gracias y me despido de ella con un ¡Hasta el lunes! a lo que me responde 'Si Dios quiere, hija...' .
Yo espero que quiera, Dios o quien sea que decida eso, porque creo que Amalia también es una extraterrestre como yo (y tampoco es verde). Con su sonrisa, su calma y su amabilidad las personas como ella hacen que valga la pena estar aquí, en esta jungla de ruídos, prisas y mal humor en la que habitamos. Me voy contenta de mis compras, a pesar de no haberlas hecho; pienso que hace un día muy bonito, mientras esquivo la moto de un jovencito que no me ha visto (?) en el paso de peatones. Hay quien 'sentencia' que cada día se aprende algo. Yo el sábado he aprendido que es mejor que la vida tenga un ritmo en el que nos quede siempre tiempo para sonreír.
¿Os sentís extraterrestres como yo? aunque sólo sea un poquito...